Economía

Buenos negocios, antídoto ante la mala política internacional

En opinión de Santiago Iñiguez, presidente de IE University, lo que puede vertebrar mejor una sociedad global es formar empresa y generar trabajo.

Santiago Iñiguez de Onzoño, presidente de IE University, de España.

Economía Por: Portafolio

Por qué las empresas y los buenos negocios pueden ser el mejor antídoto para la mala política internacional es el tema del nuevo libro de Santiago Iñiguez de Onzoño, decano de IE Business School y presidente de IE University, de España. En otras palabras, se trata de dar herramientas para enfrentar una economía con Donald Trump a bordo.
Iñiguez estuvo hace pocos días en Bogotá para participar en el World Business Ideas (Wobi), que reunió a especialistas internacionales de los negocios.

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¿Cuál es el mensaje principal que trajo?

Defiendo un modelo de empresario y de emprendedor cosmopolita, porque en un entorno global, en el cual a pesar de los retos actuales de la amenaza proteccionista, del populismo y del nacionalismo, vivimos una globalización que es irreversible. En primer lugar por los millennials; las nuevas generaciones que tienen voluntad de continuar con ese proceso de integración global; segundo, por el impacto de la tecnología, que nos interconecta, y tercero, por el auge del espíritu emprendedor y la creación de empresas.

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De manera que a pesar de estas amenazas que, a veces nos preocupan de lo que pueda suceder en Estados Unidos, en Europa con el Brexit, en América Latina o en España, se ha dado un gran salto en las últimas tres décadas hacia la globalización y los nuevos directivos tienen ese marcado perfil cosmopolita.

¿Qué caracteriza ese perfil?

Para tener éxito en el mundo de los negocios o del emprendimiento hace falta en primer lugar ser competente. Yo lo suelo denominar con las 3C:

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La primera C es de ‘competencia’, lo cual requiere de una permanente preparación, de formación continuada. Esta es una profesión clínica en la cual hace falta actualizar conocimientos y habilidades, como pasa en otras, volver a prepararse.

La segunda C es la de ‘Cultivados’. El empresario en el futuro está llamado a ser no un técnico, sino un líder de personas, y las humanidades y el conocimiento de la sociología, de las distintas culturas forman a un mejor directivo, a un emprendedor que simplemente tiene conocimiento técnico. A veces no le damos importancia a lo que se puede aprender de la literatura o del arte para resolver problemas, por ejemplo de gestión o riesgos financieros; sin embargo, la capacidad de observación de un arquitecto o un artista puede ayudar a percibir matices, aspectos más concretos y a tomar mejores decisiones.

La tercera C es de ‘Comprometidos’. Ser conocedores y conscientes del impacto social de su actividad. Las conquistas que se han realizado en términos de derechos dentro del entorno profesional y de la sostenibilidad; la relación entre la empresa, la sociedad y las instancias políticas son irreversibles y hacen del empresario un arquitecto de las estructuras sociales.

Es decir que no se trata solo de ser bueno para conseguir dinero.

Sin duda. Parece algo irónico, pero los grandes empresarios y emprendedores no le han dado tanta importancia a ganar dinero, sino a transformar el mundo. Las ganancias vienen con el tiempo.

¿Las universidades están brindando esa formación?

La universidad tiene que transformar a los jóvenes en ciudadanos cosmopolitas y por tanto el objetivo no puede ser solo preparar técnicos, sino darles formación en valores, humanidades, en visión del mundo, que les permita desarrollarse como personas. Por eso, la oferta de algunos empresarios de Silicon Valley, por ejemplo, de becar jóvenes para que no vayan a la universidad sino que aprendan un oficio, es engañosa; en el fondo lo que persiguen es tener recursos baratos.

Muchos emprendedor esexitosos abandonaron la universidad.

Cierto, algunos lo hicieron, pero la gran mayoría no. Estudiaron humanidades. Y es curioso porque si hacemos la estadística de Silicon Valley y de otros países, no todos son los técnicos o los tecnólogos que tenían la idea o el producto, sino que se han formado en humanidades, pero han sabido entender la tecnología y a lo mejor se han asociado con el especialista.

¿Qué hay de su nuevo libro?

El título del que está a punto de salir trata de por qué las empresas y los buenos negocios pueden ser el mejor antídoto para la mala política internacional. Se trata de una colección de ensayos y casos prácticos de cómo las compañías en un entorno antiglobal o de populismo, nacionalismo o de barreras arancelarias, encuentran vías para internacionalizarse a través de la tecnología, la creación de alianzas estratégicas y de apertura de subsidiarias.

¿Son herramientas para afrontar la economía con Trump a bordo?

Sí, por ejemplo, y ver cómo muchas empresas de China y América Latina se pueden internacionalizar con independencia de que haya una amenaza, que tampoco se ha sustanciado, para ser sinceros. Hay mucha palabrería y anuncios, y poca implementación de medidas, afortunadamente. Estoy convencido de que los buenos empresarios encuentran las vías para soslayar o superar esos obstáculos de carácter legal, político, regulatorio o incluso cultural, porque al final lo que puede vertebrar mejor una sociedad global es hacer buenos negocios, crear empresas y generar puestos de trabajo.

Hay autores que afirman que el crecimiento ilimitado es una falacia, ¿usted qué opina?

Sin duda, hemos vivido con el espejismo del crecimiento ilimitado, una vez más, porque ya había existido. Conforme la economía crece nos sentimos seguros, lo cual es bueno, pero se instala el espejismo de que eso es imparable, sostenible, y no nos damos cuenta, como pasaba ya en la Biblia, en los sueños de José, sobre las vacas gordas y las vacas flacas, que etapas de crecimiento exagerado tienen también fases de ajuste casi en la misma proporción. Lo ideal es diseñar estrategias para las empresas de crecimiento sostenible, razonable y justificable.