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Economía

'Arauca es un paraíso por descubrir'

El departamento quiere mostrar una nueva cara y enseñarle al mundo que no son una zona de violencia, sino de música y fauna. 

Río Arauca

En los últimos años esto ha cambiado en un ciento por ciento, la gente puede venir sin ningún temor y disfrutar de la vida en el Llano.

DANILO SARMIENTO / EL TIEMPO

POR:
Portafolio
julio 03 de 2018 - 04:19 p.m.
2018-07-03

En Arauca, los cantos de sus vaqueros resuenan por los extensos caminos del Llano que se recorren a diario en los hatos ganaderos. Es una mañana calurosa en la finca Campoalegre, ubicada en las afueras de la capital del departamento, en donde algunos chigüiros revolotean por los campos y decenas de aves surcan el cielo.

En esas mismas grandes sabanas, la estela destructiva de la guerrilla de las Farc y el bloque Vencedores de Arauca de las autodefensas mantuvieron atemorizados por años a estos llaneros, quienes todavía ruegan que así como los anteriores se fueron, los guerrilleros del Eln no siembren más terror en sus tierras.

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La finca de don Henry García, un viejo vaquero de cotizas y sombrero de cuero, es uno de esos territorios en donde a diario imploran ese deseo y sueñan con que Arauca no siga siendo vista como una zona de peligro, sino como un paraíso por descubrir.

La de Henry es una las iniciativas que se unieron para intentar darle un cambio a lo que se conoce de Arauca como territorio acosado por la violencia, por lo que traza una ruta que le diga a Colombia que son música, fauna, atardeceres y gente que les da la mano con nobleza a sus camaritas (amigos).

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A golpe de galope, don Henry dirige a los turistas, a quienes les va enseñando en ese inmenso llano la belleza de Arauca. La estrategia, apoyada por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo (Usaid), el Ministerio de Relaciones Exteriores y ejecutada por Acdi Voca, empezó a mediados del 2017 con el trabajo de emprendedores araucanos y acompañamiento de la Fundación Creata.

Es consciente de que el Eln aún tiene injerencia en la zona, pero insiste en que los procesos de paz han menguado el conflicto que se vivía antes. “En los últimos años esto ha cambiado en un ciento por ciento, la gente puede venir sin ningún temor y disfrutar de la vida en el Llano”, asegura.

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“Aaay, gira, gira, ganadito, con la huella del cabrestero, pega la nariz al suelo, olvida tu comedero”, canta fuerte don Henry en un rincón de la finca, mientras hace memoria de los cantos llaneros que le enseñó su padre y el pasado diciembre la Unesco declaró patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, uno de los motivos por los cuales este vaquero dice que las personas deben vivir esa experiencia.

Al adentrarse en la finca, el caballo en el que se pasea atraviesa lentamente pequeños cuerpos de agua formados en medio de bosques de guamos. Ahí aparece un cementerio en ruinas, donde se cuentan historias de ultratumba como la bola de fuego, para que los visitantes se lleven algo de los mitos de Arauca.

Mientras el sol arrecia en la finca, el camino a caballo continúa por una extensa sabana en donde se vislumbra una familia de venados a simple vista y las golondrinas se posan sobre los árboles y el cielo, marcando el comienzo del verano.

Al avanzar suena a lo lejos un sonido que va y vuelve en el llano, el retumbar del cacho de un toro es el llamado para que los vaqueros retornen al rancho, donde se tiene todo dispuesto para que el visitante viva un día como uno más de ellos.

“Mi esperanza es que la gente pierda el miedo y venga tranquila. Quiero que ellos vivan la experiencia llanera, echarle maíz a la gallina, ordeñar las vacas, ver el inmenso campo”, cuenta don Henry.

PUEBLO DE CANTOS

Conscientes del potencial inexplorado en turismo de Arauca, ese recorrido a caballo también lo acompañan John Álvarez, Diego Pride y Vanesa Cifuentes, guías de pajareo de Arauca Birding.

Los jóvenes van al ritmo de don Henry y señalan con los binoculares ejemplares de algunas de las más de 400 especies de aves que se pueden encontrar en los llanos araucanos. En uno de los charcos aparecen unos imponentes corocoros, bebiendo agua y estirando sus largas alas rojizas para luego maravillar a los turistas que los ven alzar vuelo.

En la casa, durante un descanso, se encargan de ‘echar cachos’ (cuentos llaneros). Luego se alista la cancha de bolas criollas, un juego tradicional de esa región.

Al caer la tarde, de vuelta al casco urbano de Arauca, John dirige el grupo a Clarinetero, límite entre Colombia y Venezuela, para dar un paseo por un brazo del río que lleva el nombre del departamento y en donde se forma la isla Esperanza. La zona también es hábitat de delfines rosados.

Son alrededor de tres horas de caminata por un bosque que bordea el río. Estos jóvenes hacen realidad lo que para muchos era una aventura peligrosa por el temor a las Farc, que operaban en la zona pero, tras el proceso de paz, se atrevieron a gozar de la naturaleza de su departamento sin ningún tipo de dificultad.

“Desde hace cinco años todo está más tranquilo en Arauca; había presencia guerrillera, y por eso la gente no salía a aventurarse a alguna vereda. Ahora, con el proceso de paz y el desarme de las Farc, uno sale y no hay ningún inconveniente. La gente respira más tranquilidad y se puede caminar con toda la paciencia del mundo”, cuenta el pajarero.

Son decenas los cantos de aves que se van escuchando, y una bandada de pájaros picotea en el agua en busca de pescados para comer. El sonido de las gaviotas cuando se lanzan al río es uno de los que se escuchan, y al otro lado el copete rojizo de un pájaro carpintero en un árbol le da esplemdor a Arauca.

Garzas, águilas veraneras, monjitas, loros, mirlas, canarios, gabanes, hormigueros y araucos –el pájaro tradicional de la región– hacen del paseo un verdadero concierto en el recorrido.

Cuando empezó Arauca Birding, hace alrededor de dos años, la comunidad solo los veía como unos pajareros, pero por la dedicación de los jóvenes, que también liberan especies en cautiverio y recomiendan hacer el recorrido en las mañanas, los vecinos de los lugares aledaños a los que transitan ‘se metieron en el cuento’ y adecuaron un sitio para contemplar el río fronterizo y el trabajo de los pescadores. “La gente se da cuenta de que Arauca está cambiando, y es una oportunidad para apoyar los procesos y consolidarlos”, cuenta John.

OLOR A CACAO

Al día siguiente, los caminos de Arauca conducen hacia a Arauquita, una tierra cacaotera. Desde ese municipio se navega en canoa por el río unos 15 minutos, hasta que unos inmensos bambúes dan la bienvenida a Kakaua. El proyecto de los profesores y esposos Gerardo Olave y Jazmín Comas exalta todas las formas de uso del cacao. “Somos un pueblo que quiere echar para adelante”, dice Gerardo al ofrecer una taza de chocolate, y comienza un recorrido por la finca cacaotera que busca fabricar con diferentes productos a base de este fruto.

En un recorrido de dos horas se repasa el proceso productivo del cacao, la elaboración de dulces con el fruto y el aprovechamiento de residuos, con los que hacen artesanías. Para la pareja, este proyecto, en el que empezaron sin nada, es una forma de mostrar que en el departamento se puede generar desarrollo.

“Por más actores violentos, cuando haya proyectos que unen a las comunidades no va a haber ningún peligro, porque estamos luchando para salir del abandono y el atraso. Con esto se construye paz y se acaba ese estigma de que hay guerrilla desde que se pisa el departamento de Arauca”, manifiesta Gerardo.

Con ellos coincide Elizabeth Agudelo, productora de granos de cacao de calidad que ha sido galardonada en el Salón del Chocolate de París. En su finca Villa Gaby, también en Arauquita, la tradición de cultivar el fruto fue enseñada por su padre, y ella heredó esa pasión.

En Villa Gaby, una finca reconocida por cacaoteros en el mundo, se hace un recorrido de diez estaciones llamado la ‘ruta del cacao’, en el que se tiene la oportunidad de fabricar su propio chocolate al finalizar el proceso. El cacao de esta finca es uno de los baluartes de Arauca, pese a que su familia sufrió el desplazamiento por el constante acecho de las Farc con bombas en la estación de policía de Arauquita, pues vivían en diagonal a esta y la cercanía era una amenaza.

Aunque los años de guerra fueron difíciles, Elizabeth cuenta que vivir en estos espacios es muestra de reconciliación. “Cuando me dicen que en Arauca hay guerrilla, yo respondo que Arauca es cacao. A nosotros nos deberían condecorar por sobrevivir a eso, pero, a pesar de todo, seguimos haciendo patria y estamos en tiempos buenos”, dice la cacaotera, cuyo chocolate está entre los 10 mejores de Colombia y en la lista de los primeros 50 del mundo.

CRISTIAN ÁVILA JIMÉNEZ
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO

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