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Finanzas

Estado de emergencia

Han pasado ya varios días desde que tuvo lugar el fortísimo terremoto que causó a su vez el poderoso tsunami que devastó buena parte de la costa nororiental de la isla de Honschu en Japón.

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marzo 15 de 2011 - 05:00 a.m.
2011-03-15

La tragedia, descrita como la peor en el país del sol naciente desde la Segunda Guerra Mundial, ha dejado un extenso saldo de pérdidas, tanto materiales como humanas. A medida que descienden las aguas y las mareas vuelven a su ritmo normal, un macabro espectáculo aparece en las playas niponas por cuenta de los miles de personas que el océano devoró y ahora devuelve a tierra firme. Mientras eso sucede, la angustia de las autoridades se divide en dos frentes. De una parte, la atención a cerca de medio millón de damnificados que lo perdieron todo o casi todo entre los efectos del sismo y de las aguas. De otra, la emergencia causada por el daño ocurrido en al menos tres reactores nucleares de la planta de Fukushima, que perdieron sus sistemas de enfriamiento con el movimiento de tierra que suspendió el fluido eléctrico y ahora amenazan con producir una catástrofe radioactiva comparable a la de Chernóbil, en Rusia, hace varias décadas. Dependiendo de cómo se resuelva la situación, el balance de lo sucedido podrá ser más o menos grave, al igual que las esperanzas de rápida recuperación en la que es la tercera economía más grande del mundo. Y es que sin desconocer la trascendencia de lo ocurrido, ni el dolor de los familiares que perdieron a sus seres queridos, lo cierto es que la base productiva japonesa salió relativamente indemne, en un primer momento. Es cierto que el terremoto obligó a la suspensión del servicio de trenes durante unas horas, aparte de afectar a algunas terminales aéreas, pero las grandes fábricas o los centros urbanos más importantes recibieron un impacto menor que en otras ocasiones en que el subsuelo también se estremeció con reciedumbre. Bajo el escenario de que la emergencia nuclear tiene una solución feliz, viene ahora una etapa de reconstrucción de las comunidades afectadas, mientras la inmensa mayoría del Japón regresa rápidamente a la normalidad. No obstante, si la emisión de gases radioactivos tiene lugar, el panorama es más complejo, entre otras razones porque el presupuesto requerido para sortear la crisis será mucho mayor, debido al desplazamiento de cientos de miles de personas y la necesidad de acciones de mitigación para manejar la nube tóxica que incluso podría llegar a otros países. Todo lo anterior tendría otras implicaciones. Para comenzar, porque el abastecimiento de energía podría verse limitado, lo cual no sería bien recibido por el sector manufacturero. Pero quizás más compleja es la falta de espacio fiscal que tiene el Gobierno nipón, ante la presencia de una elevada deuda pública que, lejos de disminuir, ha aumentado y podría sobrepasar los límites de lo razonable. Dicho de otra manera, las réplicas del terremoto podrían alcanzar a los mercados financieros, lo cual ayuda a entender por qué la bolsa de Tokio tuvo ayer un descenso del 5 por ciento. Esa incertidumbre se ha transmitido al resto del mundo. Aparte de los temores con respecto al adecuado suministro de petróleo por cuenta de la compleja coyuntura en Libia, ahora vienen las inquietudes sobre la capacidad de reacción de la nación oriental en medio de una catástrofe de marca mayor. Nadie pone en duda, por supuesto, que –tal como lo ha hecho durante siglos– al final la perseverancia japonesa acabará triunfando, pero las dudas tienen que ver con lo que puede suceder en los próximos meses y no en los años que vienen. Los eventos citados han servido para recordarle a los analistas en todas las latitudes que la reactivación de la economía global es particularmente frágil. De tal manera, una crisis política sorpresiva o un desastre natural tienen la posibilidad de ser determinantes para la marcha de un mundo que está experimentando una transformación fundamental, en la medida en que los países en desarrollo avanzan más rápido que las sociedades más ricas. Pero ese relevo en el liderazgo no quiere decir que se pueda ignorar la suerte de las sociedades industrializadas y los episodios en Japón son una prueba más de que el planeta, al fin de cuentas, es uno solo para todos sus habitantes. HELGON

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