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Finanzas

Inflación ensombrecería el crecimiento de China

El Gobierno chino enfrenta una tarea compleja en la búsqueda de un balance entre crear empleos y red

POR:
marzo 14 de 2011 - 11:53 p.m.
2011-03-14

 

Si puede hacerse alguna generalización sobre los observadores de China es que son un grupo optimista. Analizan datos gubernamentales, cuadros de uso de energía y producción fabril, y encuentran muchos motivos para sonreír. China puede crecer un 10 por ciento anual eternamente.
Las calles de Pekín ofrecen un oportuno contacto con la realidad. Ahí los economistas pueden encontrar muchas pruebas de que China podría estar aproximándose a los límites de su capacidad de crecimiento sostenible. La inflación es una de las fuerzas que alarman a la población, un fenómeno que no difiere mucho del que inspiró los levantamientos en Medio Oriente.
China está preocupada por una serie de protestas locales. Las restricciones impuestas a Internet y a los medios extranjeros han sido implacables. Pero es la creciente concentración del primer ministro Wen Jiabao en la inflación lo que funciona como advertencia para quienes están habituados a no escuchar más que buenas noticias sobre este país. Los riesgos de un recalentamiento están a la vista.
La economía puede encontrarse en un momento clave y peligroso en que los aumentos de los precios al consumidor y de los activos pueden afectar un desempeño impresionante. Eso no significa que China esté a punto de desplomarse, sino que ya no puede dar su auge por sentado.
Entre las autoridades chinas hay altos funcionarios talentosos. La cuestión es si los efectos colaterales de años de crecimiento explosivo se están acumulando con excesiva rapidez. Entre los desafíos que China debe abordar se encuentran la desaceleración del crecimiento, el aumento del costo del petróleo y los alimentos, el dinero que fluye desde Occidente, una creciente brecha entre ricos y pobres y las exigencias de mayor apertura.
La inflación es la preocupación más inmediata. Wen asegura que la contendrá en momentos en que el incremento de los precios de la vivienda y los alimentos aumenta la indignación pública. Es probable que en febrero se haya excedido por casi un punto porcentual el objetivo de inflación para este año, y un creciente porcentaje de los 1.300 millones de habitantes de China no está contento al respecto.
Para un Partido Comunista obsesionado por la estabilidad social, la inflación es un peligro claro y concreto. Lo que no es evidente es que los funcionarios chinos lo entiendan. Si lo hicieran, estarían anunciando grandes aumentos de la moneda del país, por lo menos para contener las expectativas inflacionarias.
Esa medida no se ha instrumentado, por lo menos no todavía. En un discurso de la semana pasada, Wen tampoco fijó un objetivo de crédito para los bancos. Eso deja a los funcionarios en la situación de revolver su caja de herramientas administrativas en busca de opciones, que son pocas. Se descuenta que habrá más incrementos de las tasas de interés, pero China carece de un mercado de bonos funcional con el que generar el efecto multiplicador que hace que la política monetaria sea tan eficaz en lo relativo a contener la inflación.
China se encuentra en un lugar difícil y sin precedentes. Tiene que equilibrar la necesidad de desacelerar los riesgos de un recalentamiento, mantener el crecimiento lo más cercano posible al 8 por ciento para crear empleo y limitar la contaminación.
CONDICIONES SOCIALES
A pesar de todo lo que se habla de planes quinquenales, China va improvisando sobre la marcha. Su ascenso difiere del de Europa y Estados Unidos. Aparte de la magnitud, la internacionalización de las finanzas crea problemas de control con los que las potencias occidentales no tienen que luchar. Las políticas de liquidez que se instrumentan desde Washington hasta Fráncfort y Tokio impulsan los valores de los bienes raíces chinos. Mientras estos crecen, van emergiendo barrios precarios en ciudades como Pekín y Shanghái. Los trabajadores migrantes y una juventud urbana carente de dinero se ven presionados para encontrar viviendas que puedan pagar.
Un yuan subvaluado no ayuda. Las reservas de 2,8 billones de dólares de China constituyen el efecto colateral más notable del modelo de capitalismo de estado del país. Acumula una creciente cantidad de deuda estadounidense para mantener una paridad cambiaria competitiva. Si bien por ahora ha sido exitosa, la política tiene tres aspectos negativos: aumenta de forma excesiva la oferta de dinero, genera tensiones comerciales y prolonga la adicción a las exportaciones.
Reequilibrar la economía local sería más fácil si la economía mundial fuera sólida. Una crisis financiera llevó a China a abrir las compuertas fiscales a partir de 2008 con un plan de estímulo de 4 billones de yuanes (609.000 millones de dólares). En 2010, los nuevos préstamos excedieron el límite de 7,5 billones de yuanes.
Lo que preocupa a los escépticos en relación con China es cómo se van a desarrollar las cosas cuando se detenga la música proverbial. La calidad del crecimiento tiene tanta importancia como su ritmo. Hace falta una enorme inversión para sostener la expansión económica, pero una parte demasiado grande va a parar a gigantes nacionales cuyo rendimiento podría no materializarse nunca. ¿China se encamina a una crisis de crédito impago?
Nadie puede decirlo con certeza. Pero el desafío de la creciente inflación china complica las cosas. Significa que el abordaje gradual que impulsa Pekín no funcionará esta vez. El peligro, dicen economistas como Glenn Maguire, de Société Générale SA en Hong Kong, es que la inflación puede llegar al 10 por ciento para el tercer trimestre. Eso afectaría mucho a la población y alimentaría el descontento social.
China ha afirmado que no tolerará ni la más mínima protesta. También advierte a los periodistas extranjeros respecto de la cobertura de esos actos y los acusa de causar problemas, lo que no difiere mucho de la actitud de los gobernantes desde Egipto hasta Libia. El último capítulo de la llamada Revolución de Jazmín consiste en que la gente manifiesta su frustración caminando por las grandes ciudades chinas los domingos.
Culpar a los medios rara vez es una señal prometedora. Sugiere que un gobierno se preocupa más por lo superficial que por lo básico. China tiene que redoblar sus esfuerzos por solucionar la causa de la tensión, no los síntomas.
La población china quiere menos inflación, más transparencia gubernamental y mayor equidad. Las autoridades quieren culpar a los mensajeros. No es un buen presagio, a juzgar por los indicadores económicos.
WILLIAM PESEK
Bloomberg

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