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Finanzas

Las máscaras de Gadafi

A mediados del 2004, las agencias internacionales de prensa desplegaron toda clase de titulares para informar lo que, apenas ayer, resultaba imposible a la luz de la lógica y de la ética: EE. UU. restablecía relaciones diplomáticas con el dueño de Libia, Muamar El Gadafi, uno de los más feroces padres del terrorismo moderno. Un viraje tal, que los 236 canonizados por Juan Pablo II, tendrán un vocero más aquí en la tierra, nos apuntó, con ácido humor, un amigo ateo.

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marzo 02 de 2011 - 05:00 a.m.
2011-03-02

Aparentemente, así, terminaban para Libia 24 años de soportar aislacionismo con sus consecuentes sanciones económicas y el repudio casi universal. Alcanzamos a pensar que comenzaba una eterna luna de miel de Gadafi con Occidente y sólo restaba comportarse como una consorte fiel. La dote que le obligaban a aportar era su renuncia pública a continuar sus programas de desarrollo de destrucción masiva química, biológica y nuclear. La UE confesó estar de plácemes por cuanto significaba la coronación de Romano Prodi, quien, como presidente de su Comisión, se lo había propuesto como meta prioritaria de su gestión. Gadafi simulaba ser amigo de la velocidad y, por eso, no perdió tiempo y, a los pocos días visitó a Bruselas con una carta en la mano de indiscutible trascendencia: su solicitud de ingreso, sin condiciones, al Proceso de Barcelona, nacido en 1995, cuyo objetivo consistía en mantener vivo un foro permanente entre la UE y los países árabes de la Cuenca del Mediterráneo, más Israel. Según los entendidos, este último paso tendría, entre otros logros, un triple resultado: reconocimiento implícito del Estado hebreo, respeto a los Derechos Humanos y compromiso de instaurar una economía de mercado antes del 2010. Pero como la política es el arte de hacer posible lo imposible, se requirió que la ONU, primero suspendiera las sanciones contra Libia, luego que el Gobierno de Trípoli garantizara indemnizar a las víctimas de los atentados contra el avión de la Pan Am en Escocia, en 1988, y a la bomba que pusiera contra otro en Nigeria. Por simple constancia histórica, en nombre de Gadafi, su jefe de gabinete, Saleh Bashir, declaró que “jamás hemos fomentado un solo acto de terrorismo, siempre lo hemos condenado y fuimos los primeros en emitir una orden de captura contra Bin Laden”. Gadafi se puso de moda aprovechando la amnesia e inocencia occidental; por ejemplo, el Canciller alemán mostró su interés en visitarlo, ojalá no mucho después de que lo hiciera Chirac, al igual que ya lo habían hecho con calculado sentido de la oportunidad Berlusconi, Aznar y Blair. En efecto, el menú que Libia ofrecía despertaba el apetito de los poderosos: se calculaba la pronta triplicación de la producción de sus 1,2 millones de barriles diarios de petróleo, la liberalización de su economía, la privatización de la banca y de gran parte de sus empresas públicas e, inclusive, algunos hablaban de la privatización del crudo. Con el reingreso de Gadafi al banquete de los opulentos volvía a reafirmarse la tesis, según la cual, en estas cosas de la política la verdad y lo falso, lo bueno y lo malo, son valores más que relativos. Es decir, seguía vigente la tesis Karl Popper. Hoy, con 67, el tirano de Libia ha vuelto a demostrar que en eso del llamado ‘orden internacional’ todo termina siendo un cambiante baile de máscaras. "Con el reingreso de Ga- dafi al banquete de los opulentos volvía a rea- firmarse la tesis, según la cual, en estas cosas de la política la verdad y lo falso, lo bueno y lo malo, son valores más que relativos".consignajme@hotmail.com *Ex ministro delegatarioADRVEG

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