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Finanzas

La riqueza de activos de Japón

Entre el coro de voces pesimistas sobre el agravamiento de la crisis japonesa, causado por la terrible secuencia terremoto-tsunami-accidente nuclear, introduciré una consideración optimista.

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marzo 29 de 2011 - 05:00 a.m.
2011-03-29

Después de tener en cuenta la desafortunada confluencia de factores que pondrían a peligrar la estabilidad de cualquier país, enfatizaré la riqueza de activos de este pueblo admirable que le ayudarán a sobrellevar esta, destacando entre ellos el capital social, en parte, desarrollado como respuesta a una historia secular de calamidades naturales. Desde antes, Japón venía sumido en una crisis similar a la que lo afectó en los 90, la que con fatídico déjà vu también tuvo un carácter keynesiano y fue agravada por el terremoto de Kobe, en 1995. En efecto, la explosión de la burbuja financiera e inmobiliaria, dejó inmersa a la economía japonesa en una depresión que, tal como lo describe el concepto keynesiano de trampa de liquidez (de no respuesta a la manipulación monetaria de la tasa de interés), resultó resistente a toda la batería de instrumentos de política. Ante esta frustración, el nobel Krugman publicó un libro (The Return Of DePression Economics) proponiendo la generación monetaria de expectativas inflacionarias como remedio a la posposición del gasto por los consumidores en una deflación. A pesar de varios conatos y signos de reactivación (2004-7), la economía japonesa no ha logrado recuperar su senda previa de crecimiento, ni siquiera el nivel de la segunda parte de los años 80 después del Plaza Accord (1985) que los obligó a revaluar el yen; mucho menos la de la edad de oro del crecimiento capitalista que presenció su milagro, llevada a su fin por el colapso de Bretton Woods (como preámbulo a la inestabilidad de la economía global creada por la volatilidad de los descontrolados flujos de capital) y el shock petrolero de principios de los 70 que como ahora, contribuyen con la inflación de alimentos a inflación de costos en presencia de una demanda deprimida. Y si bien no fue afectada por la crisis financiera internacional en el grado que lo fueron EE. UU. y la UE, gracias a que no entró en la medida de estos en la espiral de derivados (supuestamente respaldada por la titularización de hipotecas en el mercado subprime americano) y a la persistencia del crecimiento chino (su demanda por maquinaria y equipo), la calamidad reciente le cae a la economía japonesa sin haber logrado superar su crisis de demanda agregada a pesar de los esfuerzos tanto por el lado monetario como por el fiscal. Precisamente estos esfuerzos contribuyen a una de las complicaciones más severas que se adicionan a la situación de los 90, la magnitud del déficit fiscal y la deuda pública (la mayor de los países desarrollados: 2 veces el PIB). Como se comentó en una columna anterior sobre la crisis europea, los mercados financieros le sostienen altos niveles de deuda a economías que consideran van a tener la capacidad de generar los recursos para repagarla, de manera que al percibir una inconsistencia entre el exceso actual del gasto y el ingreso futuro (como la de Grecia, Irlanda y Portugal, o Argentina hace una década), le encarecen los recursos en la medida del riesgo implicado por ella. Procesos en los que una espiral expectativas-estrategias (como los credit default swaps) puede adquirir una dinámica y unas consecuencias que resulten haciendo una economía no viable. La complicación fiscal interactúa entonces con la de las expectativas de los mercados, las que en conjunción con la destrucción de la infraestructura y su impacto sobre el tejido productivo y el funcionamiento económico, pueden generar secuencias perversas de desvalorización de los activos –destrucción de riqueza– contracción del gasto ante una calamidad, que complican la situación descrita. En efecto, tanto la inversión (deprimida por el exceso del valor de reposición de los activos sobre su valor en bolsa, como lo destacó Tobin siguiendo a Keynes) como el consumo (erosionado por el efecto riqueza en reversa como lo destacó Fisher), van a ser seriamente afectadas por procesos como el ejemplificado por la destrucción ($290 billones) que resultó de la caída del Nikkei (6%) en la bolsa de Tokio. Destrucción, impacto y efecto sobre los mercados constituyen otra complicación adicional a la situación de los 90. Por una parte, un programa de inversión en infraestructura pudiera convertirse en un factor de recuperación de la demanda, como lo muestra la estabilidad del crecimiento chino durante la crisis, en la cual, mientras los gobiernos occidentales se endeudaban para financiar (acrobacias de) financistas (que así caen siempre parados), el chino concentró el gasto en inversión pública. Sin embargo, con lo que vemos, que en gran medida los mercados financieros tienen la sartén por el mango para la recuperación japonesa, la deuda preexistente crea serias limitaciones de oferta y de demanda. Esto, cuando la responsabilidad fiscal está siendo enaltecida por los mercados, incluso opacando el buen juicio económico hasta ocultar que una caída del gasto privado como la que tuvo lugar en EE. UU. –como resultado de la crisis–, lo que requiere no es un ajuste fiscal coordinado internacionalmente, sino un programa de reactivación, desde luego responsable fiscalmente; y cuando la mencionada inflación de costos puede llevar a bancos centrales atemorizados por las presiones inflacionarias a profundizar la depresión con una política monetaria restrictiva (adecuada para la situación opuesta de excesiva demanda); todo esto mientras el BC japonés se ha visto forzado a inyectar $65 billones frente a pérdidas que más que duplicaran los daños de Kobe ($100 billones). Por otra parte, dicha disrupción del funcionamiento económico, ejemplificada por la suspensión de la producción en Toyota, está afectando redes productivas internacionales en sectores de alta tecnología, un mecanismo de transmisión real de la crisis japonesa, a la que se suma la transmisión financiera, a la cual el G-7 ha salido al paso anunciando intervenciones para prevenir la volatilidad del yen. ¿Cómo ser optimista ante semejante panorama? Japón tiene un nivel de capital humano de tal calidad y sofisticación que le permite mantener un liderazgo productivo y tecnológico frente a otros países desarrollados y emergentes en varios sectores industriales de alta tecnología, y mantener su posición como proveedor de bienes de capital (sólo disputada por Alemania). Aun así, una de las lecciones del milagro japonés es que el capital social, es decir, la disciplina, responsabilidad, confianza y solidaridad de un pueblo, que se traducen en esa ética del trabajo y un funcionamiento social favorable al desarrollo, es tan importante para este como el capital tecno-productivo, y científico-tecnológico. Esperemos que todos estos activos tranquilicen a los mercados financieros y les faciliten a los banqueros su tarea de distinguir un país que ofrece estas garantías de otros que carecen de tales activos. HELGON

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