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Finanzas

Turismo / Tesoros escondidos en el corazón de Buenos Aires

Cada domingo, miles de personas abarrotan la pequeña plaza Dorrego, en el barrio bonaerense de San T

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marzo 04 de 2011 - 10:15 p.m.
2011-03-04

 La plaza, que ocupa apenas un cuarto de cuadra, se convierte cada semana en uno de los mayores atractivos de Buenos Aires. Ubicada en la confluencia de las calles Humberto Primo y Defensa, la plaza Dorrego se llamó durante años plaza del Comercio, ya que era parada obligada de las carretas que transportaban mercancías desde la plaza de Mayo hacia el sur de la ciudad.

En noviembre de 1970, anuncios en la prensa porteña sirvieron para convocar la primera edición de la conocida Feria de San Telmo: “¿Quiere vender sus cosas viejas? Hágalo en una plaza”.

Con sólo 30 puestos, que dos meses después se multiplicaron hasta los alcanzar los 260 actuales, nació este mercado de antigüedades, según recuerda el arquitecto José María Peña, uno de sus creadores.

El evento ayudó a redescubrir el barrio de San Telmo, que actualmente figura en todas las guías sobre Buenos Aires y es una cita obligada para turistas y amantes del coleccionismo.

JOYAS CON HISTORIA

La estricta reglamentación que rige en la feria únicamente permite vender artículos antiguos que pertenecieron a alguna casa de la ciudad, por lo que acudir a la plaza Dorrego los domingos es una buena forma de conocer el pasado de la capital argentina, comenta Eduardo Vázquez, director del Museo de la Ciudad de Buenos Aires, la entidad a cargo del mercado.

La mayoría de los objetos en venta proceden de finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, una época de auge en Buenos Aires, cuando las clases medias y acomodadas importaban artículos y mobiliario de Europa.

“Los argentinos, a partir de 1890, viajaban mucho y traían mucho”, ilustra el arquitecto Peña.

Entre los muchos tesoros que han pasado por San Telmo, el creador de la feria recuerda algunos casos insólitos, como el de una lámpara francesa art nouveau de tres hongos de los que funcionaba solamente uno, y que meses después de ser vendida en San Telmo fue portada de un catálogo de Sotheby’s porque sólo había dos piezas documentadas en el mundo.

El director del Museo de la Ciudad recuerda también la anécdota de un comerciante que vendió un jarrón art nouveau roto después de año y medio y al poco tiempo el mismo objeto apareció restaurado en una subasta de Christie’s.

UN TRABAJO AMAÑADOR

Cuando hay vacantes, los vendedores optan a un puesto en el mercado mediante un sorteo y son los mismos solicitantes los que realizan la rifa para que la elección sea transparente.

Una vez obtenida, la plaza es vitalicia, pero quedan lugares disponibles cada tres o cuatro meses. En el último sorteo, a finales de 2010, se inscribieron cerca de 600 personas.

Teresa Gargiulo ingresó hace 37 años en el mercado para vender “las cosas que sobraban” en su casa y desde hace 23 regenta un puesto donde únicamente vende botones -algunos de las décadas de los años 20, 30 y 60- de los más variados materiales, como nácar, metal o azabache.

“Si fuera por mí, estaría todos los días”, asegura Gargiulo, que únicamente falta a su cita en la plaza si está enferma o llueve, y que el resto de la semana vende en uno de los muchos negocios de antigüedades que han florecido en el barrio de San Telmo.

En una esquina de la plaza, Viviana Hojman ofrece en su puesto, desde 1988, “todo lo que sea papel”: propaganda de los años 30 y 40, páginas de diarios sobre política y material sobre tango y peronismo, entre otros temas.

Todo lo expuesto es “original, absolutamente original”, presume, y confiesa sonriente que gracias a la feria solucionó la “depresión de los domingos”.

Cada tres meses, todo cambia de lugar en la plaza Dorrego para que siempre parezca que se expone por primera vez y la Feria de San Telmo siga siendo “uno de los polos turísticos más fuertes” de Buenos Aires.

Cada época trae sus propias joyas

José María Peña explica las transformaciones que han registrado las preferencias de los compradores en estos 40 años de feria: en los años 70, recuerda, lo que más se vendía eran los tarros de lechero, mientras que en tiempos más recientes los visitantes adquieren “lo que brilla”, como fuentes, juegos de té o cafeteras. Algunos de los comerciantes viven exclusivamente de la feria, y varios de los puestos están especiali-

zados en un sector concreto y tienen clientela fija, aunque a veces pasa un mes que no venden.

EFE

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