Internacional

El mundo occidental desconfía del juego de influencia de China

A los gobiernos les preocupan los esfuerzos de Pekín para moldear la opinión sobre su sistema autoritario.

El Gobierno chino ejerce un gran control sobre las acciones que llevan a cabo sus estudiantes y emigrantes.

Internacional Por: Portafolio

El intento de Malcolm Turnbull de parafrasear al presidente Mao la semana pasada no fue sólo un ejemplo ligeramente ridículo de teatro político. También marcó un importante punto de inflexión en un debate de ya varias décadas sobre cómo el mundo occidental debería responder al ascenso de China.

(Lea: Estados Unidos declarará a China como 'competidor estratégico'

“¡Aodaliya renmin zhan qi lai! El pueblo australiano se ha puesto de pie”, les dijo el primer ministro del país a los periodistas en un mandarín pésimo en un eco deliberado de la declaración de Mao en 1949 de que el pueblo chino se había puesto de pie, poniéndole fin a un siglo de humillación a manos de los agresores colonialistas.

(Lea: Unión Europea y China incómodas con la reforma tributaria de Trump

Turnbull defendía nuevas leyes australianas redactadas este mes que están diseñadas para limitar la influencia de los gobiernos extranjeros y que tienen un objetivo particular en mente: el Partido Comunista Chino (PCCh).

(Lea: Conversaciones económicas entre EE. UU. y China se han estancado

Con sólo una breve pausa después de la masacre de Tiananmen en 1989, la mayoría de las democracias desarrolladas se han relacionado con China desde finales de la década de 1970 con la creencia de que el país se integraría al orden global liderado por EE. UU. y se volvería más como ellos.

Pero esas suposiciones ahora se están tambaleando ya que el mundo occidental se ha dado cuenta demasiado tarde de que China no tiene intención de abrir su sistema político. Al mismo tiempo, existe una creciente inquietud por los esfuerzos de Pekín para moldear la forma en que los países occidentales ven su modelo autoritario.

Apenas en las últimas dos semanas, los servicios de inteligencia de Alemania y Nueva Zelanda han advertido públicamente sobre la amenaza del espionaje chino y las operaciones de influencia en sus países. En Washington, el miércoles pasado, el Congreso estadounidense celebró una audiencia para analizar el ‘largo brazo de China’.

“Los intentos del Gobierno chino de orientar, comprar o coaccionar la influencia política y controlar la discusión de temas ‘sensibles’ son omnipresentes y plantean serios desafíos para EE. UU. y nuestros aliados”, aseguró Marco Rubio, presidente de la comisión ejecutiva del congreso sobre China.

Mientras el mundo se ha obsesionado con las acusaciones de interferencia rusa en las elecciones estadounidenses durante el último año, las operaciones más extendidas de China han recibido mucha menos atención, hasta hace poco.

“Las operaciones chinas son más sutiles, son menos específicas y tienen que ver más con el desarrollo de influencia a largo plazo que las operaciones rusas”, Asegura Christopher Johnson, exjefe del departamento para China de la Agencia Central de Inteligencia y ahora miembro del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington.
“Pero estamos comenzando a darnos cuenta de que China pretende poner presión socialista sobre nosotros en lugar de volverse más como nosotros”.

Aparte del espionaje tradicional, en las que participan la mayoría de los países, las operaciones de influencia de China están dirigidas por un brazo poco discutido del partido gobernante conocido como el Departamento de Trabajo del Frente Unido.

Incluyen esfuerzos para cooptar o subvertir una amplia gama de actores, desde políticos hasta medios de comunicación y universidades, aunque se dirigen principalmente a la diáspora china, la cual se estima en 60 millones de personas en todo el mundo.

Los expertos que estudian el Frente Unido dicen que el principal objetivo de estas operaciones es aislar, marginar y atacar las amenazas percibidas al Partido Comunista por parte de disidentes chinos, activistas de derechos humanos y de la democracia en el exterior, defensores de la independencia del Tíbet y representantes de Taiwán.

Pero en los últimos años el objetivo se ha expandido y ahora comprende esfuerzos para convencer a las élites occidentales y al público en general de la legitimidad del Partido Comunista y su derecho a gobernar China.

En la primera línea de esta lucha se encuentra Australia, un viejo aliado de EE. UU. y socio crucial de la seguridad en Asia, pero cuya economía basada en los productos básicos depende de China. El jefe de espionaje de Australia advirtió recientemente sobre una amenaza “sin precedentes” mayor que cuando los soviéticos penetraron el gobierno durante la Guerra Fría.

En esa lucha previa, la Unión Soviética trató de influir en las élites y el discurso occidentales con el encanto de su ideología utópica. Pero el partido comunista chino tiene algo mucho más seductor para las democracias capitalistas: el tamaño y la promesa de su economía en expansión.

“El partido bajo Xi Jinping cree que está enfrascado en una ‘huayu zhanzheng’, o una ‘guerra discursiva’, con Occidente, que cree que goza de hegemonía mediática y debe ser desafiado”, destaca David Shambaugh, director del programa de política para China de la Universidad George Washington.

Él estima que China gasta entre US$10.000 millones y US$12.000 millones al año en una amplia gama de esfuerzos de ‘poder blando’, desde campañas tradicionales de cabildeo y relaciones públicas, hasta formas más clandestinas de desarrollo de influencias.

La Organización de Inteligencia de Seguridad Australiana (ASIO, por sus siglas en inglés) ha rastreado al menos 6,7 millones dólares australianos en donaciones políticas a los dos principales partidos políticos de sólo dos multimillonarios chinos que gozan de estrechos vínculos con Pekín.

Este tema irrumpió en la agenda política con la renuncia de Sam Dastyari, una estrella en ascenso en el Partido Laborista que usó las donaciones de uno de los multimillonarios para liquidar algunas de sus deudas personales. Más tarde asistió a una conferencia en la que hizo un llamamiento para que Australia respetara los reclamos territoriales de China en el Mar del Sur, una posición contraria a la de su propio partido.

La ASIO también ha identificado a unos 10 candidatos políticos a niveles estatal y local que cree que tienen vínculos estrechos con los servicios de inteligencia de China, según informes de medios australianos.

Las agencias de inteligencia occidentales creen que esto es parte de una campaña más amplia de Pekín para insertar agentes de influencia en los niveles más elevados de las democracias en todo el mundo.

En un caso reportado por primera vez por el FT, un miembro nacido en China del parlamento de Nueva Zelanda pudo servir en el selecto comité parlamentario del país para asuntos exteriores, defensa y comercio a pesar de haber pasado 15 años entrenando y trabajando en la inteligencia militar china.

Los políticos de ambos lados del pasillo han sido reticentes a la pregunta de cómo Jian Yang logró tener una carrera política tan exitosa, manteniendo secreto su historial. En contraste con Australia, los políticos y la élite empresarial de Nueva Zelanda parecen menos dispuestos a criticar abiertamente las acciones de Pekín por temor a ofender a un socio comercial.

Pero el trabajo del Frente Unido de China va más allá de la influencia en los gobiernos antípodas. “El partido comunista chino busca suprimir la disidencia entre su diáspora en países de todo el mundo”, resalta Rory Medcalf, jefe del colegio de seguridad nacional de la Universidad Nacional de Australia. “Utiliza varios métodos para lograr sus objetivos: donaciones políticas, control de los medios de comunicación en chino, movilización de grupos comunitarios y de estudiantes; y participación en actividades coercitivas que involucran a los representantes del PCCh e incluso a funcionarios consulares”.

Junto con los incentivos del compromiso económico y el acceso al mercado, Pekín también usa palos. A los periodistas extranjeros, políticos, empresarios y académicos que se les considera ‘hostiles’ hacia China se les niegan las visas, son atacados por los medios estatales y por troles profesionales en internet y en ocasiones son atacados por piratas informáticos chinos.

Las familias de los estudiantes chinos y los emigrantes recientes a menudo son amenazados por agentes de seguridad de China si se considera que se salen de la línea en el extranjero.

Uno de los multimillonarios chinos que presuntamente hizo donaciones a Dastyari es Huang Xiangmo, fundador de una compañía de desarrollo inmobiliario en Shenzhen quien se mudó a Sídney con su familia en 2011. Hasta hace poco era presidente del Consejo Australiano para la Reunificación Pacífica de China.

Además de donar a la política, Huang ayudó a financiar un centro de estudios enfocado en China en la Universidad Tecnológica de Sídney, de la cual Bob Carr, un exministro de Relaciones Exteriores de Australia, es su director. Huang dimitió como presidente del consejo asesor del Instituto de Relaciones Chino-Australianas cuando algunos académicos cuestionaron si se estaba convirtiendo en portavoz de la propaganda.

Los defensores de estas iniciativas dicen que Pekín simplemente quiere “contar bien la historia de China” y que no actúa de manera diferente a los países occidentales. El Gobierno estadounidense apoya a las organizaciones que financian grupos prodemocráticos, mientras que los grupos de estudio radicados en Washington tienen afiliados que promueven una visión mundial de EE. UU.

Pero este argumento ignora el hecho de que la mayoría del trabajo del Frente Unido se lleva a cabo de forma encubierta.

“El trabajo del Frente Unido del Partido Comunista es muy diferente de los esfuerzos occidentales para ejercer influencia. Existe un grado de planificación a largo plazo y coordinación central entre empresas públicas y privadas que las democracias ni siquiera pueden imaginar”, explica Gerry Groot, experto en el Departamento de Trabajo del Frente Unido de la Universidad de Adelaida.

Los esfuerzos conservan una ‘negación plausible’ mediante el uso de sociedades y organizaciones independientes cuyas acciones de hecho están determinadas por Pekín.
La investigación de la ASIO sobre la interferencia política china y el asunto de Dastyari indujeron al Gobierno de Turnbull a reformar las leyes de espionaje y de influencia extranjera. Los proyectos de ley prohibirían las donaciones políticas extranjeras y obligarían a los cabilderos a revelar cuándo están trabajando para entidades extranjeras.

Pekín ha reaccionado con enojo ante las nuevas leyes y la presentación de informes públicos sobre el extenso trabajo del Frente Unido en el país.

Estos informes de prensa “fueron sacados de la nada y están llenos de la mentalidad propia de la guerra fría y de sesgo ideológico, y reflejan una típica histeria anti-China y paranoia”, decía la embajada china en Australia. Los informes “vilipendiaron sin escrúpulos la comunidad china en Australia con prejuicios raciales, que a su vez han empañado la reputación de Australia como una sociedad multicultural”.

Otros en Australia — que tiene una larga y difícil historia con las relaciones raciales — han acusado al Gobierno de avivar la xenofobia en busca de una ventaja.

Pero los sinólogos y algunos miembros de la comunidad chino-australiana argumentan que ignorar el trabajo del Frente Unido de Pekín puede tomarse como una forma de racismo inverso, ya que las personas más afectadas por estas operaciones son los ciudadanos australianos de origen chino.

Muchos de los 1,2 millones de personas en Australia que se identifican como chinos han estado allí por varias generaciones y un gran porcentaje de ellos llegó procedente del sudeste asiático, de la democracia taiwanesa o abandonó Hong Kong y China continental para escapar de la represión. Algunos de ellos están profundamente perturbados por los intentos de Pekín de infiltrarse en sus organizaciones comunitarias y culpan al Gobierno chino de crear las condiciones para la sospecha pública de sus comunidades.

“Muchos en la comunidad china reciben con agrado esta nueva legislación, que claramente apunta a las acciones de Gobiernos extranjeros en lugar de individuos o comunidades”, destaca Feng Chongyi, profesor asociado de la Universidad Tecnológica de Sídney quien fue detenido en China por agentes de la seguridad del estado durante 10 días en abril debido a su investigación académica sobre la política china. “Si el Gobierno chino no está interfiriendo en la política australiana, entonces ¿por qué está tan preocupado y tan desesperado por demostrar que esto es propaganda contra China?”.