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La rivalidad entre EE. UU. y China moldeará el siglo XXI

El creciente poder económico y político de Pekín le plantea grandes retos a Occidente.

Guerra comercial

Internacional Por: Javier Acosta

China es una superpotencia emergente. EE. UU. es la actual superpotencia. La posibilidad de que ocurran destructivos enfrentamientos entre los dos gigantes parece potencialmente ilimitada. Sin embargo, las dos potencias también están íntimamente entrelazadas. Si no mantienen relaciones razonablemente cooperativas, tienen la capacidad de causar estragos no sólo mutuos, sino a nivel mundial.

China es un rival de EE. UU. en dos dimensiones: poder e ideología. Esta combinación de atributos puede evocar el choque con las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría contra la Unión Soviética. China es, por supuesto, muy diferente. Pero también es potencialmente mucho más potente.

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El creciente poder de China, tanto económico como político, es evidente. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), su producto interno bruto (PIB) per cápita en 2017 fue del 14% de los niveles de EE. UU. a precios de mercado y del 28% a paridad de poder adquisitivo (PPA), un aumento frente al 3% y al 8%, respectivamente, de 2000.

Sin embargo, dado que la población de China es más de cuatro veces mayor que la de EE. UU., su PIB en 2017 fue del 62% de los niveles de Estados Unidos a precios de mercado y del 119% a PPA.

Supongamos que, para 2040, China lograra un PIB relativo per cápita del 34% a precios de mercado y del 50% a PPA. Esto implicaría una desaceleración dramática de la tasa que está alcanzando (una caída de alrededor del 70% de la tasa desde 2000, a partir de 2023). La economía de China sería entonces casi dos veces más grande que la de EE. UU. a PPA y casi un 30% más grande a precios de mercado.

El punto de referencia del 34% que he elegido es el del Portugal actual. Es difícil imaginar que China, con sus vastos ahorros, su motivada población, sus enormes mercados y su gran determinación, no logre la relativa prosperidad de Portugal. Esto todavía lo dejaría mucho más pobre, en relación con EE. UU., que Japón o que Corea del Sur, las economías del este asiático de rápido crecimiento del pasado.

El tamaño importa. Es bastante improbable que la economía global de China no termine siendo mucho más grande que la de EE. UU., incluso si, en promedio, los individuos estadounidenses continúan siendo mucho más prósperos que los chinos. China ya es también un mercado de exportación más importante que de los estadounidenses para un sinnúmero de importantes países, particularmente en el este de Asia.

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Además, China está gastando casi la misma proporción del PIB en investigación y desarrollo (I + D) que los principales países de altos ingresos. Éste es un impulsor de la innovación china, de la cual recientemente fui testigo durante una visita a la sede de Alibaba en Hangzhou. Y, lo que es más, la combinación de su tamaño económico con una tecnología en avance está convirtiendo a China en una potencia militar cada vez más formidable.

Estados Unidos puede quejarse al respecto. Pero no tiene el derecho moral para hacerlo. La autodefensa es un derecho de las naciones universalmente aceptado.

También lo es el derecho a desarrollarse. EE. UU. puede refunfuñar cuanto quiera acerca del robo chino de la propiedad intelectual. Pero toda nación que ha luchado por lograr la convergencia económica, incluyendo sin duda a EE. UU. en el siglo XIX, ha aprovechado las ideas de los demás y las ha desarrollado.

La idea de que la propiedad intelectual es sacrosanta también es errónea. La innovación es la que es sacrosanta. Los derechos de propiedad intelectual ayudan y perjudican ese esfuerzo. Se debe lograr un equilibrio entre los derechos que son demasiado estrictos y los que son demasiado permisivos. EE. UU. puede intentar proteger su propiedad intelectual. Pero cualquier idea que afirme que el país tiene el derecho de –o puede– impedir que China innove en la creación de su camino hacia la prosperidad, es una locura.

China también es un contendiente ideológico de los estadounidenses en dos dimensiones. Tiene lo que pudiera llamarse una economía de mercado planificada. También cuenta con un sistema político antidemocrático. Desafortunadamente, los recientes fracasos de economías de altos ingresos del mercado libre han aumentado el brillo de la primera dimensión. La elección de Donald Trump, un admirador del despotismo, ha fortalecido el atractivo de la segunda.

Estados Unidos –alguna vez se habría dicho– también tiene el beneficio de contar con aliados poderosos y comprometidos. Desafortunadamente, Trump está librando una guerra económica en contra de ellos. Si la decisión de atacar a Corea del Norte condu jera a la devastación de Seúl y de Tokio, las alianzas militares estadounidenses llegarían a su fin. Una alianza tampoco puede ser un pacto suicida.

Gestionar la competencia entre estas dos superpotencias va a ser difícil. Graham Allison, de la Universidad de Harvard, es fatalista en su libro Destined For War (destinado a la guerra), en el cual expresa que el conflicto entre el poder en ascenso y el poder actual es casi inevitable. Una ‘guerra caliente’ entre las potencias nucleares pudiera parecer relativamente improbable.

(La guerra comercial de Trump). 


Pero la fricción a gran escala y, por lo tanto, el final de la cooperación necesaria en las relaciones económicas sí parece probable. No está claro cómo pueden resolverse los actuales conflictos en materia de comercio. La cooperación en relación con la gestión de los bienes comunes globales ya se ha derrumbado, dado el rechazo de la administración Trump de la idea misma del cambio climático.

El futuro de China depende de China. Pero las relaciones del Occidente con China dependen de él. Estados Unidos está en lo correcto al insistir en que China cumpla con sus compromisos. Pero EE. UU. y el resto de Occidente también deben hacerlo. China no se sentirá obligada a cumplir con las reglas acordadas cuando cualquier país que trate estas reglas con desprecio lo presione.

China, en cualquier caso, no representa la verdadera amenaza. Esa relación seguramente se puede controlar.

La amenaza es la decadencia del Occidente, incluyendo a EE. UU.: la prevalencia de la extracción de rentas como una forma de vida económica; la indiferencia ante el destino de gran parte de su ciudadanía; el papel corruptor del dinero en la política; la indiferencia ante la verdad; y el sacrificio de la inversión a largo plazo por el consumo privado y público.

De hecho, es una tragedia que la mejor manera que pudimos encontrar para escapar de una crisis financiera fue a través de políticas monetarias que corrían el riesgo de promover nuevas burbujas. Podemos ser mejores que esto.

Occidente puede y debe vivir con una China que se encuentra claramente en ascenso. Pero debiera hacerlo siendo fiel a los mejores instintos de su propia naturaleza. Si ha de lidiar con este giro de la rueda de la historia, lo primero que debe hacer es mirarse a sí mismo.

Martin Wolf