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Lucha contra el sexismo en Brasil impacta la política presidencial

La misoginia y la violencia contra las mujeres han dado forma a las campañas.

Brasil

Internacional Por: Portafolio

Cuando una congresista de izquierda fue descrita como demasiado fea para ser violada, el estómago de Manuela D’Ávila se revolvió. El orador era Jair Bolsonaro, el congresista brasileño de extrema derecha y candidato presidencial.

Ese sentimiento sólo empeoró en marzo, después del asesinato al estilo ejecución de Marielle Franco, una concejala de Río de Janeiro, un crimen que muchos atribuyen al hecho de que ella era una activista lesbiana negra.

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“Ésta es la violencia política a la que las mujeres estamos sometidas”, asegura D’Avila, periodista y candidata presidencial del Partido Comunista para las elecciones de octubre. D’Ávila, una legisladora del estado sureño de Rio Grande do Sul, tiene como objetivo cambiar las cosas impulsando la presencia de las mujeres en el mundo sexista de la política brasileña.

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“La desigualdad de género es brutal en Brasil”, resalta D’Avila. Su camiseta proclama ‘lucha como una niña’, un eslogan de la campaña y una referencia a las mujeres brasileñas que tienen que luchar por muchas cosas en la vida, incluyendo el derecho a evitar las actitudes chovinistas.

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El hecho de que se pueda presentar como candidata a la presidencia a los 36 años de edad y con una hija de dos años le da un atisbo de esperanza de que “la política puede cambiar”. Si fuera elegida, agrega, sería una señal de algo “verdaderamente rebelde”.
La campaña para la presidencia es una de las más impredecibles en años y es notable por el aparente rechazo de las elites políticas establecidas del país.

No obstante, la política y la sociedad siguen siendo dominadas por los hombres. Aunque las mujeres representan el 52% del electorado de Brasil, su lugar en la política “ha seguido una tendencia a la baja”, deja claro D’Avila.

La representación femenina en puestos ministeriales disminuyó de un 25,6% en 2014 a un 4% el año pasado, según un informe de la Unión Interparlamentaria y las Naciones Unidas.

En el mismo estudio, Brasil ocupó el puesto 153 entre 193 países en términos del número de mujeres en la legislatura, con sólo uno de cada 10 escaños en el Congreso.
Las cuotas de acción afirmativa contemplan que al menos el 30% de los candidatos de cada partido deben ser mujeres, pero la política sigue siendo un “proceso muy misógino”, señala Danusa Marques, profesora de género y política en la Universidad de Brasilia.

Ella sostiene que esto fue lo que sucedió con Dilma Rousseff, la primera mujer presidenta de Brasil, que asumió el cargo en 2011 pero fue separada del cargo en 2016. “Nunca es fácil” que una mujer alcance la presidencia, considera, y mucho menos que pueda mantenerse en el cargo por un tiempo prolongado.

Incluso si los brasileños están hartos de su clase política, de las 17 personas en la actual carrera por la presidencia, sólo tres son mujeres. D’Ávila, a pesar de estar decidida a enfrentarse con el establecimiento político brasileño, está respaldada por sólo el 2% del electorado, de acuerdo con los sondeos tomados sobre la intención de los votantes.

El favorito, encabezando la mayoría de las encuestas de opinión por un amplio margen, es el popular expresidente Luis Inácio Lula da Silva. Sin embargo, recientemente enviado a prisión por cargos de corrupción, sus esperanzas de participar en las elecciones han recibido un golpe, lo que podría darle un impulso inesperado para D’Ávila.

Algunos observadores políticos creen que ella tiene una oportunidad en la carrera presidencial si es presentada por Lula da Silva como una candidata que una la izquierda. De hecho, la candidata D’Avila ha sido vista en público con Lula da Silva en varias ocasiones y ha descrito la sentencia contra él como injusta.

Otros que anhelan elegir a una mujer a la presidencia han puesto sus esperanzas en Marina Silva, la candidata ambientalista de centro izquierda, quien está participando en su tercera campaña presidencial y ganó 22 millones de votos hace cuatro años. Si Lula da Silva estuviera fuera de carrera, sería la segunda en las encuestas detrás del excapitán del ejército, Jair Bolsonaro.

Como mujer de raza negra, Silva, quien habla suavemente, representa dos grupos que están pobremente representados en política. Era analfabeta durante el período cuando trabajó como recolectora de caucho en el Amazonas hasta la edad de 16 años y llegó a ser senadora y ministra del Medio Ambiente, antes de romper con Lula da Silva y desafiar a Rousseff en dos elecciones presidenciales.

“La mayoría de las mujeres sufren por obtener el reconocimiento adecuado por su trabajo”, ha dicho Silva. Las mujeres reciben un ingreso que es tres cuartas partes del de los hombres, según el Instituto Nacional de Estadísticas de Brasil, y con los años ella se ha convertido para muchos en una voz de esperanza en la política brasileña.

Siendo una cristiana evangélica quien se ha casado dos veces y tiene cuatro hijos, comenzó su carrera política en la década de 1980 trabajando junto a Chico Mendes, el ambientalista brasileño que ayudó a los caucheros a combatir a los rancheros que intentaban despejar los bosques y que fue asesinado por sus esfuerzos.

Entre los temas políticos, “no hay nada más sensible que la deforestación del Amazonas”, apunta ella. Con poca infraestructura partidaria respaldándola y con escaso acceso a tiempo de publicidad en televisión, Silva enfrentará nuevamente una difícil batalla contra las maquinarias de los partidos políticos establecidas en Brasil.

Pero ella hace frente a quienes dicen que es una “mujer demasiado débil” para aspirar a la presidencia. “Sé lo que es contraer malaria cinco veces, hepatitis tres veces y leishmaniasis”, indica cada vez en su defensa.

“También sé lo que es trabajar como empleada doméstica y costurera. Por todo esto, soy la política que ha vivido la fragilidad de la gente frágil en este país”.

Andres Schipani y Lucinda Elliott