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Henry Kissinger: ‘Estamos en un período muy, muy grave’

El gran consejero de la diplomacia estadounidense habla sobre Putin, el nuevo orden mundial y el significado de Trump.

Henry Kissinger

Internacional Por: Portafolio

No fue difícil convencer a Henry Kissinger para que nos reuniéramos. A pesar de que ya tiene 95 años y se mueve muy lentamente, el gran consejero de la diplomacia estadounidense tiene ganas de hablar. Constantemente viaja para reunirse con personajes de la talla del ruso Vladimir Putin y el chino Xi Jinping con tanto fervor como cuando jugaba al ajedrez mundial como el maestro de la diplomacia de Richard Nixon. Le encanta estar donde haya acción.

Sin embargo, persuadirlo para que diga lo que realmente piensa es otra cosa. Kissinger es para la claridad geopolítica lo que Alan Greenspan fue para la comunicación monetaria: un oráculo cuya visión sólo es equiparable a su opacidad. Mi misión es sacarlo de su zona de confort. Quiero saber qué piensa realmente del presidente Donald Trump.

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El momento es perfecto. Nos encontramos almorzando el día después de que Trump se reuniera con Putin en Helsinki, una cumbre que los dirigentes de la política exterior estadounidense considera que pasará a la historia como un punto bajo en la diplomacia estadounidense. Trump había hecho lo impensable al apoyar las afirmaciones de inocencia de Putin en cuanto al sabotaje electoral sobre la palabra de las agencias de inteligencia de su país.

Posteriormente, Trump intentó deshacer de manera poco convincente lo que dijo en Helsinki al insistir en que quiso decir que “no veía razón por la cual Rusia no estuviera detrás” de la injerencia, en lugar de “por la cual Rusia estuviera detrás” de ella. Pero es demasiado tarde para eso. El New York Daily News publicó el estridente titular: “Franca Traición” junto a una caricatura de Trump disparándole en la cabeza al Tío Sam mientras toma de la mano a Putin. No podría haber mejor momento para intentar sacar a Kissinger de su postura délfica.

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Llego uno o dos minutos antes de la cita. Kissinger ya está sentado. Su figura recuerda la de un gnomo sentado en la mesa de un rincón en un comedor medio vacío. Un bastón está apoyado contra la pared lateral. (Se rompió un ligamento hace unos años). “Discúlpame si no me levanto”, dice Kissinger con su áspero acento alemán. Estamos en el Jubilee, un restaurante francés a la vuelta de la esquina del apartamento de Kissinger en el centro de Manhattan. Está apenas a unas pocas cuadras de Kissinger Associates, la consultoría geopolítica que les cobra a sus clientes enormes sumas para escuchar lo que supongo que son sus opiniones sin ambages.

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La geopolítica pesa mucho sobre Kissinger. Como uno de los arquitectos del acercamiento de la guerra fría con China y la distensión con la Unión Soviética, Kissinger ahora explora un mundo en el que China y Rusia desafían el orden mundial de EE. UU., a menudo en colaboración.

Pero al decano de la diplomacia de la guerra fría le interesa el futuro tanto como el pasado. Este año Kissinger escribió un aterrador artículo sobre la inteligencia artificial para The Atlantic Monthly, en el que comparó la humanidad de hoy con los incas antes de la llegada de la viruela y los españoles. Instó a la creación de una comisión presidencial sobre la inteligencia artificial. Si no comenzamos a tomar esas medidas pronto, en poco tiempo descubriremos que comenzamos demasiado tarde”, concluyó.

¿Qué pensó Kissinger sobre la cumbre de Helsinki? Su respuesta es indecisa. “Fue una reunión que debía llevarse a cabo. Durante varios años yo la propuse. Ha estado sumergida bajo los problemas internos de EE. UU. Sin duda es una oportunidad perdida. Pero creo que hay que volver a algo. Mira a Siria y Ucrania. Es una característica particular de Rusia que la convulsión en casi cualquier parte del mundo la afecta, le da una oportunidad y también la percibe como una amenaza. Esas convulsiones continuarán. Me temo que se van a acelerar”.

Kissinger se embarca en una disquisición sobre la tolerancia “casi mística” de Rusia al sufrimiento. Su punto clave es que Occidente asumió erróneamente, en los años antes de que Putin se anexara Crimea, que Rusia adoptaría el orden basado en las reglas occidentales. La Otan malinterpretó el profundamente arraigado anhelo de respeto de Rusia. ¿Quiere decir que provocamos a Putin?, le pregunto. “No creo que Putin sea un personaje como Hitler”, responde Kissinger. “Él sale de Dostoievski”.

Siento que estoy perdiendo la batalla para hacerle hablar de Trump; o no detecto su mensaje oculto. ¿Está diciendo que estamos subestimando a Trump, que Trump podría estar haciéndonos el inadvertido servicio de tranquilizar al oso ruso? Una vez más, Kissinger hace una pausa antes de responder.

“No quiero hablar mucho sobre Trump porque en algún momento debería hacerlo de una manera más coherente que ésta”, responde Kissinger. Pero usted está siendo coherente, le digo. Por favor, no se detenga. De nuevo hay una pausa. “Creo que Trump puede ser uno de esos personajes en la historia que aparece de vez en cuando para marcar el final de una era y forzarla a renunciar a sus viejas pretensiones. No necesariamente quiere decir que él sepa esto, o que esté considerando una gran alternativa. Puede que sea sólo un accidente”.

Sé que le ha dado informes a Trump. También se ha reunido con Putin en 17 ocasiones. Él informa del contenido de esas reuniones a Washington, me dice. Intento una ruta diferente. ¿Con quién compara a Trump en la historia?, le pregunto. Esto tampoco tiene éxito. Kissinger se lanza a hablar del panorama general de la salud de la diplomacia europea. No puede encontrar un líder que lo emocione, con la posible excepción del francés Emmanuel Macron. “Aún no puedo decir si es efectivo porque acaba de comenzar, pero me gusta su estilo”, dice Kissinger. “Entre otros estadistas europeos, Angela Merkel es muy local. Me cae bien personalmente y la respeto, pero no es una figura trascendente”.

No puedo evitar la sensación de que Kissinger está intentando decirme algo, pero que soy demasiado literal para interpretarlo. Como un jugador de dardos con los ojos vendados, intento varios lanzamientos diferentes. ¿En qué se convertiría Alemania si Trump retirara a EE. UU. de la Otan? A Kissinger le gusta esa pregunta, pero se niega a dar probabilidades. “En la década de 1940, los líderes europeos tenían un claro sentido de la orientación”, apunta. “Ahora, en su mayoría, sólo quieren evitar problemas”.

Pero no están haciendo muy buen trabajo, lo interrumpo. “Es cierto”, resalta Kissinger con una sonrisa críptica. “Un eminente alemán me dijo recientemente que siempre solía traducir la tensión con EE. UU. como una forma de alejarse del país, pero que ahora le teme más a un mundo sin EE. UU.”.

Entonces, ¿podría Trump estar asustando al resto del mundo occidental para que pueda valerse por sí mismo? “Sería irónico que eso surgiera de la era de Trump”, responde Kissinger. “Pero no es imposible”. La alternativa, añade Kissinger, no es muy atractiva. Un mundo occidental dividido por el Océano Atlántico convertiría a Europa en un “apéndice de Eurasia”, que estaría a merced de China que quiere restaurar su papel histórico como el Imperio Chino y ser “el principal asesor para toda la humanidad”.

Parece que Kissinger considera que China está en vías de lograr su meta. Mientras tanto, EE. UU. se convertiría en una isla geopolítica, flanqueada por dos océanos gigantes y sin un orden reglamentado que defender.

Kissinger se muestra más circunspecto sobre la inteligencia artificial, un tema, según el mismo admite, que todavía está intentando resolver. Pero le preocupan las consecuencias desconocidas de la guerra autónoma, un mundo en el que se requiera que las máquinas tomen decisiones éticas. “Todo lo que puedo hacer en los pocos años que me quedan es plantear estos problemas”, considera. “No digo que tengo las respuestas”.

No tengo idea de cómo Kissinger tomará mi próxima pregunta. ¿El poder es un afrodisíaco? “¿Cuál fue esa palabra?”, me pregunta Kissinger. “Afrodisíaco”, le repito. Estoy citando la famosa frase de Kissinger que expresó en el apogeo de su carrera cuando todavía era un hombre soltero. A finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, era tan conocido por su picante calendario de citas como por los asuntos de Estado. “Ciertamente diría que ser capaz de tomar decisiones tiene una dimensión que no tienes en la vida ordinaria”, responde con un atisbo de sonrisa. Ésa fue una respuesta sutil, le digo. “Sí dije eso”, responde. “Pero cuando digo estas cosas, tienen más la intención de establecer tu inteligencia que el propósito de tu vida. Y es verdad hasta cierto punto. Se basa en la observación”.

Llegó el café. El mío es un expreso doble. Kissinger toma té de menta. Decido hacer un último intento de lograr mi meta. Hemos estado hablando durante casi dos horas. Si hay una crítica recurrente de Kissinger, le indico, es que hace todo lo posible para preservar el acceso a las personas en el poder a expensas de no hablar claro en público. ¿No es ahora el momento más adecuado para quemar uno o dos puentes? Kissinger parece desanimado. “Me tomo eso en serio y mucha gente, buenos amigos, me han insistido sobre eso”, apunta. “Podría ocurrir en algún momento”. No hay tiempo como el presente, le digo con una risa nerviosa.

“Claramente es la dirección en la que voy”, responde. “¿A ti te queda claro?” Más o menos, le respondo. A usted le preocupa el futuro. Sin embargo, usted cree que existe una posibilidad no trivial de que Trump podría asustarnos accidentalmente para que reinventemos el orden reglamentado que solíamos dar por sentado. ¿Es ése un resumen justo? “Creo que estamos en un período muy, muy grave para el mundo”, responde. “He dirigido innumerables cumbres, así que no aprendieron la forma en que llevaron a cabo la reunión de Helsinki de mí”.

Es evidente que no va a dar más detalles. Le pregunto qué período compararía con el presente. Kissinger habla sobre su experiencia como soldado estadounidense en la segunda guerra mundial, inmediatamente después de recibir su ciudadanía. También recuerda lo que en primer lugar trajo al joven refugiado alemán a estas costas. Después de que Alemania se anexara Austria en 1938, a los judíos en la ciudad natal de Kissinger les dijeron que no salieran de sus casas. Sus padres se fueron a EE. UU. cuando pudieron. “Había toque de queda y soldados alemanes por todas partes”, explica. “Fue una experiencia traumática que nunca he podido olvidar”.

Afuera ha empezado a caer una especie de diluvio bíblico durante nuestro almuerzo. Un paraguas pasó literalmente volando por la ventana. Ayudo a Kissinger a atravesar el fuerte aguacero para llegar a su coche. El conductor lo toma del otro brazo. Se tambalea. Me doy cuenta de que, de forma poco cortés, he estado interrogando a un hombre que casi me dobla la edad. “El Dr. Kissinger lleva días esperando este almuerzo”, resalta el camarero después de que regresé para pedir prestado un paraguas. Eso es bueno, creo, aunque me temo que mis preguntas sobre Trump pueden haberle quitado el apetito.

Edward Luce