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Internacional

Arrogancia, unilateralismo y declive de la diplomacia estadounidense

Al desaprovechar el poder blando de EE. UU., Trump ha reducido la capacidad de su país para lograr sus objetivos.

Mike Pompeo

El secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, ha llevado una línea dura.

Bloomberg

POR:
Portafolio
junio 01 de 2018 - 08:55 p.m.
2018-06-01

Rex Tillerson resultó ser un desafortunado secretario de Estado estadounidense. Basándonos en las pruebas hasta el momento, su sucesor Mike Pompeo resultará ser un irreflexivo representante de los intereses globales del país. Agreguemos los altibajos resultantes de la obsesión ególatra del presidente Donald Trump y obtendremos como resultado el final de la diplomacia estadounidense.

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Tillerson sabía poco sobre asuntos de Estado; toda una vida en la industria petrolera no le proporcionó una comprensión de las mareas geopolíticas de esta época. Su prometida reforma del Departamento de Estado se convirtió en un éxodo de diplomáticos de primera línea. Él nunca se ganó la confianza de Trump. De vez en cuando, era capaz de contener al Presidente, pero era más frecuentemente menoscabado por las tormentas de Twitter provenientes de la Casa Blanca.

(Lea: El exorbitante costo del unilateralismo de Trump

Pompeo está personalmente más cerca de Trump, tal vez porque él meticulosamente imita las debilidades del presidente. Ambos se imaginan que EE. UU. puede hacer lo que quiera, donde quiera y cuando quiera, una suposición desplegada por Pompeo en su estrategia relacionada con los esfuerzos nucleares de Irán.

Ninguno de los dos se pregunta, y mucho menos responde, la pregunta en el centro de todos los cálculos diplomáticos: “¿Y después qué?”.

(Lea: EE. UU. amenaza a empresas europeas que hagan negocios con Irán

En la medida en que las acciones de la administración tienen un tema recurrente, es proporcionado por una serie de iniciativas unilaterales destinadas a demostrar el poder estadounidense. Esas iniciativas han tenido el efecto contrario: han debilitado la capacidad de Washington para promover sus intereses.

Cada vez que EE. UU. rechaza sus compromisos internacionales - ya sea en cuanto al comercio, al cambio climático o a Irán - invita a los aliados a que se alejen y a que busquen nuevos amigos, y a los adversarios a que refuercen su ventaja.

Trump, como sabemos, rara vez piensa más allá del instantáneo impacto de sus declaraciones y tuits. Él quiere causar revuelo. Las probables consecuencias de cualquier decisión o declaración dadas son deliberadamente ignoradas. Sus asesores se jactan de que este enfoque “disruptivo” ha acabado con una serie de históricos atascaderos.
Mudar la embajada estadounidense en Israel a Jerusalén, destruir el acuerdo nuclear con Irán y ofrecer una reunión cumbre al presidente de Corea del Norte, Kim Jong-un, se califican de “puntos de inflexión”.

¿Con qué propósito? Cuando los visitantes extranjeros a la Casa Blanca preguntan cómo piensa la administración proceder - la pregunta “¿y después qué?” - se encuentran con miradas perdidas. Al parecer, cambiar radicalmente las cosas es suficiente.

El Presidente pensará en qué hacer después, bueno, después. No se realiza tan siquiera un cálculo aproximado de cómo otros pudieran responder ante una política. Nadie puede acusar a Trump de ser un jugador de ajedrez.

Pompeo utilizó su primer discurso para exponer lo que él describió como una estrategia en relación con Irán. Fue más bien una lista de demandas presentada a Teherán. Las exigencias fueron mucho más allá del tema nuclear, llegando a casi todas las dimensiones de la política iraní. Al final, casi esperábamos que el secretario de Estado añadiera que Irán debía renunciar al islamismo y convertirse al cristianismo.

Algunos de los objetivos son ampliamente compartidos. El régimen en Teherán es represivo y desestabilizador de la región. Un diplomático, sin embargo, hubiera considerado la brecha entre lo deseable y lo posible. Como ocurre la mayoría de las veces, las naciones están obligadas a tratar con otras naciones tal y como son.

La arrogancia - Irán tiene que hacer lo que Washington diga, o atenerse a las consecuencias - se une a la ausencia de medios para lograr los objetivos de la administración. Trump puede amenazar con sanciones, pero ya ha perdido el apoyo de la comunidad internacional. Los europeos desafiarán el régimen de sanciones estadounidenses donde les sea posible. Rusia y China lo ignorarán. Por su parte, Israel y Arabia Saudita continuarán presionando por el lanzamiento de una guerra contra Irán. Yo dudo que la base de votantes de Trump quiera que comience otra conflagración en el Medio Oriente.

Los mismos impulsos inspirados por el ego explican la farsa de la reunión de Trump con Kim, la cual a veces parece que va a celebrarse y a veces no. El Presidente ofreció las conversaciones sin pensar en un resultado alcanzable.

John Bolton, su asesor de seguridad nacional de línea dura, cubrió la falta de objetivos concretos al decir que EE. UU. solamente aceptaría la completa rendición del programa nuclear por parte de Corea del Norte. El Presidente luego se mostró sorprendido cuando luego Kim Jong-un se ofendió.

Bolton se cuenta entre quienes piensan que EE.UU. tiene el poder de hacer lo que le viene en gana. Las demandas de Pompeo de una sumisión por parte de Irán equivalen a la comparación establecida por Bolton entre la Corea del Norte de Kim y la Libia del fallecido Muamar el Gadafi.

El problema es que los tiranos no votan conscientemente a favor de su propio fin. Nadie puede estar seguro de la postura de negociación de Kim si - como debiéramos esperar - se lleva a cabo una reunión. Pero una cosa es cierta: Pyongyang no va a entregar su arsenal nuclear en el futuro cercano.

Al predecesor de Trump, Barack Obama, a veces se le critica por haberse apartado del rol de liderazgo estadounidense. En parte él estaba reconociendo la realidad de los cambios en el poder global; pero también hubo momentos en los que estuvo demasiado dispuesto a ignorar la “Pax Americana”. El análisis en la Casa Blanca de Obama con excesiva frecuencia generó parálisis.

Al mirar más allá de las escandalosas amenazas y de la grandilocuencia es obvio que la Casa Blanca de Donald Trump ha convertido la moderación en retirada. Al desaprovechar el poder blando estadounidense, él ha reducido su capacidad para lograr sus objetivos.

Y, también al plantear su postura de beligerante unilateralismo, él ha persuadido tanto a aliados como a adversarios de que el momento de Estados Unidos ya es cosa del pasado. Lo que lo reemplazará será, probablemente, algo mucho peor.

Philip Stephens

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