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Internacional

¿Cómo las guerras comerciales se convierten en guerras reales?

EE. UU. y China, las dos economías más grandes del mundo, se están deslizando hacia una confrontación.

El presidente de China, Xi Jinping, y el de Estados Unidos, Donald Trump

El presidente de China, Xi Jinping, y el de Estados Unidos, Donald Trump, han celebrado hasta el momento varios encuentros en los que se destacó su ánimo de llegar a acuerdos.

EFE/Nicolas Asfouri

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Portafolio
marzo 16 de 2018 - 07:54 p.m.
2018-03-16

Los fundamentos de la relación entre Estados Unidos y China se derrumbaron la semana pasada. Los acontecimientos clave fueron un enorme paso de los estadounidenses hacia el proteccionismo y un cambio en China hacia un gobierno de un solo hombre.

Durante los últimos 40 años, las dos economías más grandes del mundo han apostado por la globalización, basándose en entendimientos sobre cómo se comportaría el otro.

(Lea: Inminente guerra comercial opaca tensión en mercados emergentes

Los chinos asumieron que EE. UU. continuaría apoyando el libre comercio. Los estadounidenses creían que la liberalización económica en China eventualmente conduciría a la liberalización política.

Ambas suposiciones ahora están hechas trizas. El domingo, la Asamblea Popular Nacional de China (APN) firmó un cambio constitucional que permitiría al presidente Xi Jinping gobernar de por vida. Tres días antes, el presidente Donald Trump anunció aranceles sobre el acero y el aluminio y tuiteó que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”.

(Lea: Insensateces de Trump presagian más proteccionismo

Pero Trump ignora los peligros que implica desencadenar una guerra comercial. Esos riesgos no son simplemente de índole económica: una guerra comercial hace que sea más probable que, un día, EE. UU. y China puedan terminar en una guerra real.

Hasta ahora, las ambiciones geopolíticas de una China en ascenso han sido restringidas por la necesidad de mantener abiertos los mercados con Occidente. Pero si el proteccionismo de EE. UU. aumenta, entonces los cálculos de China cambiarán.

(Lea: El mundo acusa a Trump de atacar al libre comercio

Y, de hecho, hay muchas posibilidades de que los aranceles de Trump sean sólo la salva de apertura en una guerra comercial. Las medidas anunciadas la semana pasada son de naturaleza global y causan relativamente poco daño directo a China.

Sin embargo, es probable que los futuros aranceles, en particular los destinados a la propiedad intelectual, se dirijan más concretamente a Pekín. Después de todo, Peter Navarro, el jefe comercial de la Casa Blanca, es el autor de un libro titulado Muerte por China.

El desafío económico de Estados Unidos para China se produce al mismo tiempo que Pekín, más confiado, aumenta su propio desafío ideológico y geopolítico para Washington.

Durante los años Xi, China se ha embarcado en un ambicioso programa de ‘construcción de islas’ en el Mar de China Meridional, para reforzar sus reclamos territoriales y marítimos.

El objetivo más amplio es terminar con el dominio estadounidense del Pacífico occidental, donde se encuentran las rutas marítimas comerciales más importantes del mundo.

Al mismo tiempo, el nuevo autoritarismo de Pekín se está promoviendo no sólo como un método de gobierno adecuado para China, sino también como un modelo global alternativo a la democracia Occidental.

A medida que los dos países se deslizan hacia la confrontación sobre el comercio, el territorio y la ideología, es probable que aumente el sentimiento de agravio en ambos lados.

Los presidentes tanto chino como estadounidense son ambos nacionalistas que con frecuencia avivan sentimientos de orgullo nacional herido. Trump ha afirmado que el mundo se está riendo de EE. UU. y que China ha violado al país. Xi ha prometido presidir un ‘gran rejuvenecimiento’ del pueblo chino que finalmente enterrará el ‘siglo de la humillación’ que comenzó en 1849, cuando el país fue invadido y parcialmente colonizado.

El ascenso de líderes como Trump y Xi es un reflejo de cambios ideológicos más amplios en ambos países. Treinta años de salarios reales estancados o en descenso para la mayoría de los trabajadores estadounidenses han socavado ampliamente la creencia en la globalización y el libre comercio en EE. UU. Trump fue la voz proteccionista más fuerte en la campaña presidencial de 2016. Pero incluso su oponente, Hillary Clinton, se vio obligada a repudiar el acuerdo de libre comercio del Acuerdo de Asociación Transpacífico el cual había promovido fuertemente durante sus inicios .

Sucesivos presidentes estadounidenses también creyeron que el capitalismo actuaría como un caballo de Troya, que socavaría el gobierno de partido único dentro de China.
Como dijo una vez el expresidente estadounidense George W. Bush: “Comercien libremente con China; el tiempo está de nuestro lado”.

Los dirigentes políticos estadounidenses creían que una China más liberal sería menos propensa a desafiar a EE. UU. en el escenario internacional. Uno de los principios centrales del internacionalismo liberal es que las democracias no van a guerra entre ellas.

Pero los desarrollos políticos en la China de Xi han refutado las expectativas de la cosmovisión internacionalista liberal que dio forma a las sucesivas presidencias estadounidenses. China no se ha vuelto más democrática.

Tampoco está más dispuesta a vivir en silencio dentro de un orden mundial diseñado y dominado por Estados Unidos.

Estos cambios reflejan una creciente sensación de poder nacional dentro de China, que ha dado prominencia a nuevas ideas y pensadores. En la era anterior a Xi, a los líderes y académicos chinos les gustaba enfatizar la dependencia mutua entre su país y EE. UU. El argumento convencional era que el rápido desarrollo de China estaba teniendo lugar en el contexto de un mundo dominado por los estadounidenses y, por lo tanto, tenía poco sentido desafiar a ese país. Pero esta versión china del internacionalismo liberal ya no es común en Pekín.

Más recientemente, los intelectuales chinos han comenzado a argumentar que “el orden mundial liderado por EE. UU. es un esquema que ya no funciona”, en palabras de Fu Ying, presidente del comité de asuntos exteriores de la APN.

Esta nueva combinación de un EE. UU. proteccionista y nacionalista, y una China asertiva y nacionalista, es potencialmente explosiva. Pero también hay aspectos de la ideología de Trump que pueden hacer que el conflicto sea menos probable.

A diferencia de todos sus predecesores recientes, el presidente estadounidense tiene poco interés en promover la democracia en el extranjero. Es probable que Donald Trump no esté realmente preocupado por la movida de Xi hacia el gobierno de un solo hombre. De hecho, tal vez él sienta envidia.

Gideon Rachman

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