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Internacional

Donald Trump está jugando con fuego en el Medio Oriente

El traslado de la embajada a Jerusalén, junto con la retirada del acuerdo nuclear con Irán, le costará caro a EE. UU.

Jerusalén.

Desde el pasado lunes, muchas protestas se han desarrollado en contra de la apertura de la embajada de EE. UU. en Jerusalén.

EFE / Abedin Taherkenareh

POR:
Portafolio
mayo 18 de 2018 - 07:55 p.m.
2018-05-18

A primera vista, la apertura de la embajada estadounidense en Jerusalén parecía una calculada provocación. Donald Trump envió a la ceremonia a sus más cercanos familiares: Ivanka Trump y a su yerno, Jared Kushner. Ellos no mencionaron a los palestinos que protestaban contra el septuagésimo aniversario de la pérdida de su patria.

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El mismo día, el ejército israelí mató a docenas de manifestantes e hirió a miles de ellos. Mientras tanto, Mike Pence, el vicepresidente estadounidense, comparaba a Trump con el bíblico Rey David, quien derrotó a un poderoso enemigo enfrentándose a imposibles adversidades. En términos generales, fue un día con atroces resultados.

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Sin embargo, este especial ‘Trumpiano’ fue producto de la negligencia, no de un diseño. Si Trump hubiera querido enardecer los sentimientos arabistas, no pudiera haberlo hecho mejor. Ésa habría sido una explicación más tranquilizadora.

En la práctica, alienar a los palestinos era un daño colateral. Trump no pudo resistirse a la adulación - incluso hasta el enorme tamaño de las letras con su nombre en la placa de la embajada - generada por el evento. Tal es el amor del Trump por ‘la marca’, que él mismo está preparado para ser imprudente con su propia agenda.

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En lo alto de esa lista está su plan, aún por publicarse, para una solución de dos Estados al problema entre Israel y Palestina. Trump cree que puede tener éxito en el Medio Oriente, donde sus predecesores han fracasado. Mucho del mismo espíritu anima su próxima reunión con Kim Jong Un de Corea del Norte.

Sin embargo, el traslado de la embajada a Jerusalén directamente socava sus esperanzas de intermediar en una solución. Al quitar el estatus final de la Ciudad Santa de la mesa, Trump casi garantiza que los palestinos no estén dispuestos a volver a la mesa de negociaciones. Él también les está haciendo la vida más difícil a sus amigos árabes.

Los líderes árabes han estado acercándose cada vez más al reconocimiento del derecho de Israel a existir. El mes pasado, Mohammed bin Salmán, el príncipe heredero de Arabia Saudita, le dijo a Jeffrey Goldberg de la revista The Atlantic que él aceptaba el derecho a un Estado nación judío en al menos parte de su suelo ancestral.

Viniendo del custodio de La Meca, ésta fue una apertura radical. El príncipe heredero también dijo en una reunión judía en Nueva York que la cuestión palestina no figuraba entre los 100 principales temas para los saudíes comunes, según las personas que asistieron. Eso fue entonces.

Después de la ceremonia del lunes en Jerusalén, la cuestión palestina seguramente está de nuevo entre las 10 más importantes. Tal es la fortaleza del sentimiento árabe, que las embajadas de Estados Unidos en el Medio Oriente tuvieron que ser reforzadas con marines estadounidenses.

Si es así como Trump conduce la diplomacia, ¿qué necesidad hay de tener una guerra? Por desgracia, las perspectivas de una verdadera guerra están rápidamente aumentando. Trump las está alimentando con sus acciones.

En este sentido, él difiere de los anteriores presidentes estadounidenses. Incluso George W. Bush, quien desencadenó la “guerra elegida” de EE. UU. en Irak, transmitía cierta sensibilidad hacia la gente común árabe.

Trump se preocupa por los árabes ricos, particularmente aquellos en el Golfo. Ellos están contentos de tenerlo de su parte en el gran enfrentamiento entre sunitas y chiítas. Una cosa es que un presidente estadounidense intente resolver un conflicto sectario regional; otra es que escoja un bando en uno de ellos.

Los estudiantes de historia debieran examinar la guerra de los 30 Años librada en Europa entre católicos y protestantes. Hoy en día, el Medio Oriente se enfrenta a un espectro comparable.

EE. UU. ha perdido la voluntad de dirigir eventos en la región. El interés nacional dicta que, por lo tanto, debiera evitar que otra potencia lo hiciera.

Un presidente estadounidense diferente perseguiría lo que algunos llaman “equilibrio extraterritorial”. Eso significaría respaldar el poder de la minoría - en este caso Irán - en pos del equilibrio regional.

Trump está haciendo lo opuesto. Al retirarse del acuerdo nuclear con Irán, él está incitando al equipo que usa las camisetas sunitas. Él está dejándole el papel de árbitro al presidente ruso Vladimir Putin.

La diplomacia de terceros países siempre es difícil. En el Medio Oriente requiere la paciencia de Job. El punto de partida es entender que los israelíes y que los palestinos tienen un punto de vista profundamente arraigado. La historia ha agobiado a los judíos con un temor único y existencial por su propia supervivencia.

Nadie debería cuestionarlo. Los palestinos han sido expulsados de su suelo natal. Su reclamo no puede ser subastado. Un intermediario honesto comenzaría reconociendo estas posiciones mutuamente excluyentes.

De hecho, el mundo no espera mucho del plan de dos Estados de Trump. Está siendo elaborado por Kushner. Nadie pudiera haber inventado tal escenario.

Los observadores de Trump mantienen listas de verificación de sus promesas de campaña. Una de ésas fue trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén. Otra fue abandonar el acuerdo nuclear con Irán. En ambos casos, él le ha sido fiel a su palabra.

Pero la garantía en la que él realmente creyó es la que no puede cumplir: “Sólo yo puedo arreglarlo”, consideró Trump. Eso se está convirtiendo en una de las promesas más caras jamás hechas.

Edward Luce

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