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Internacional

¿Tiene un plan el nuevo presidente de Zimbabue?

Después de décadas al lado de Robert Mugabe, Emmerson Mnangagwa es ahora el líder.

Zimbabue

Años de despilfarro y explotación de los recursos económicos han provocado un endeudamiento crónico.

EFE

POR:
Portafolio
enero 26 de 2018 - 07:56 p.m.
2018-01-26

Hace unas semanas —y menos de un mes después de comenzar su nueva vida como expresidente— Robert Mugabe recibió una llamada telefónica bastante incómoda. Era su protegido, Emmerson Mnangagwa (también conocido como el Cocodrilo). Al nuevo presidente de Zimbabue se le acababa de pedir que firmara la lista de pasajeros para un vuelo a Singapur financiado por el Estado para que el hombre de 93 años se hiciera un chequeo médico. El séquito incluía a 38 personas.

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Mnangagwa, un hombre cuidadoso con la fisionomía de un boxeador profesional y la precisión conversacional de un abogado, preguntó por qué el padre fundador de la nación necesitaba 38 personas.

“Él me contestó: ‘Emmerson, no conozco esa lista. Sé que somos yo, mi esposa y mi familia’.


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“Yo le dije: ‘¿No? Ya conoces las nuevas directrices gubernamentales, es un gabinete más modesto.

“Él me dice: ‘Emmerson’”, Mnangagwa hace una pausa para causar un efecto cómico. “Él nunca me dice Señor Presidente. Simplemente me llama Emmerson”, apunta Mnangagwa sobre el hombre con el que ha tenido una relación de 54 años.

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Mnangagwa se recuesta en su asiento y se ríe. Resuena por toda la gran cabaña de techo de paja donde estamos almorzando, ya tarde, en Harare. Los asistentes y el personal de seguridad se unen con entusiasmo. Los zimbabuenses disfrutan la libertad de bromear en público sobre quien durante muchísimos años fue su autocrático cacique.

El Presidente relata cómo el desconcertado Mugabe —el hombre cuya mala administración económica provocó uno de los peores casos de hiperinflación desde la República de Weimar —eventualmente redujo su séquito a casi la mitad, llevándose un 767 de ida y vuelta a Singapur con solo 22 personas.

Una hora después de comenzar nuestra reunión, considero la pregunta cuya respuesta decidirá el destino de Zimbabue. ¿Es el político de 75 años de edad que está sentado a mi lado una especie de Gorbachov/de Klerk, apparatchiks que llegaron al poder con reputaciones de seguir la línea del partido, pero que luego presionaron para implementar reformas y aceleraron el colapso de los antiguos regímenes? ¿Es una versión zimbabuense de Paul Kagame, el líder autoritario de Ruanda quien valora el crecimiento económico sobre los derechos individuales? O, como veterano funcionario del Zanu-PF, ¿se mostrará reticente a oponer sus métodos corruptos?

Pregunto si Mugabe tendrá amnistía en caso de que haya una investigación sobre abusos durante su mandato. Un expresidente pierde la inmunidad que tenía en el cargo, admite Mnangagwa. Pero agrega que no ve “ninguna posibilidad de que lo enjuiciemos por nada. Él es nuestra figura paterna, nuestro padre fundador. Haremos todo lo que esté a nuestro alcance para que sea feliz”.

Y, sin embargo, Mnangagwa no deja duda de que no tiene tiempo ahora para su antiguo benefactor, lo cual no es sorprendente después del drama de fines del año pasado. En ocho semanas frenéticas apenas sobrevivió un aparente intento de asesinato mediante un cono de helado presuntamente envenenado; fue denunciado por Grace, la esposa de Mugabe, como la cabeza de una serpiente que tenía que ser aplastada; y tuvo que huir al exilio.

Luego, después de 15 días en Sudáfrica y una breve toma de poder por parte del ejército — golpe de estado es una frase que no se reconoce oficialmente en Harare estos días — Mnangagwa volvió a tomar posesión como nuevo presidente de Zimbabue después de la renuncia de Mugabe.

Ahora, en las últimas semanas se ha estado preparando para su debut en el escenario mundial en la reunión de líderes empresariales mundiales en Davos, donde se presentó como el hombre que sacará a Zimbabue de su condición de nación paria.

Mnangagwa ha elegido el restaurante Amanzi Lodge para nuestra cita. Cuando llega el camarero para tomar nuestra orden, el Presidente levanta la vista y dice: “Carne de cocodrilo no, por favor”.

“No soy un cocodrilo”, reflexiona. Dice que el apodo no le molesta. En la tradición zimbabuense, explica, su tótem familiar es un depredador aún más temible. En los últimos años, con el partido gobernante dividido entre sus aliados y la facción de Grace Mugabe, su cohorte era conocido como el ‘grupo Lacoste’, por el conocido logotipo de la compañía de ropa. Los cocodrilos, según él, son famosos por su paciencia estratégica, necesaria dado el tiempo que esperó a la sombra de Mugabe.

Para sus oponentes, sin embargo, son las poderosas mandíbulas las que mejor lo describen. El nuevo presidente de Zimbabue es un hombre duro. Fue jefe de inteligencia durante la dominación de Matabelelandia a principios de la década de 1980, cuando las fuerzas entrenadas en Corea del Norte mataron a unas 20.000 personas en la región sur.
También supervisó la viciada campaña electoral en 2008 cuando las fuerzas de seguridad reprimieron al opositor Movimiento para el Cambio Democrático después de que quedó claro que había derrotado a Zanu-PF en las elecciones parlamentarias y ganado la primera vuelta de la carrera presidencial.

Le pregunto cómo reaccionó cuando Mugabe se volvió contra él el año pasado. Me responde recordándome sus primeros encuentros durante su juventud en el movimiento de liberación en la década de 1960, cuando estaba a cargo de una unidad de sabotaje llamada Grupo Cocodrilo.

Mnangagwa apenas sobrevivió su paso por el Grupo Cocodrilo. Después de dinamitar un tren, fue capturado por el régimen minoritario blanco, fue colgado cabeza abajo como tortura, y luego pasó un tiempo en el corredor de la muerte antes de pasar una década en prisión. Se salvó de la horca porque estaba justo por debajo de la edad oficial de la mayoría de edad de 21 años. Eso provocó, me dice, su única controversia conocida públicamente con Mugabe, sobre la pena de muerte. Como presidente, impulsará su abolición.

Le pido que coma, pero pasa al otro drama de vida o muerte de su carrera: el enfrentamiento del año pasado con Grace Mugabe. Poco después de un mitin en agosto, Mnangagwa fue llevado de urgencia al hospital. Dijo que había sido envenenado. “Los médicos dicen que el veneno era una toxina de arsénico de metal duro. Les sorprendió que sobreviviera”.

Sus partidarios señalaron a Grace Mugabe y su facción G40, diciendo que él había sido víctima de un helado de vainilla envenenado. Pregunto quién fue el responsable.

“Sospecho quién lo hizo”, señala. “Ahora saben que yo sé”. Sea cual sea la verdad de este extraño episodio, la facción G40 ha sido objeto de la furia total del nuevo orden. Sus miembros han sido arrestados y se les han confiscado bienes. Otros han huido al exilio y los denuncian regularmente en la prensa estatal.

Hubo un último acto explosivo en este drama. Algunas semanas más tarde recibió una carta oficial de Mugabe en la que lo despedía. Esa noche, “agentes de los servicios de seguridad vinieron y dijeron: ‘Señor, somos parte de un grupo encargado de la tarea de eliminarlo. Debe irse ahora’”.

Huyó a pie a través de la frontera mozambiqueña con dos de sus hijos y terminó en Sudáfrica. Estaba allí cuando el ejército desempeñó un papel fundamental al intervenir para detener la usurpación del poder por parte del G40 y ponerle fin al gobierno de Mugabe.

Mnangagwa insiste en que los generales no lo contactaron antes de hacer su primera declaración sobre tomar el mando. Pero se sigue sospechando que él está alineado con los generales, muchos de los cuales se han beneficiado durante mucho tiempo del gobierno del Zanu-PF. El primero en anunciar la acción militar fue el general de división SB Moyo. Ahora, él es el nuevo ministro de relaciones exteriores, y fue nombrado en un informe de la ONU como beneficiario de la incursión de Zimbabue en el Congo hace casi 20 años. El nuevo vicepresidente, Constantino Chiwenga, es otro exgeneral nuevo, que fue jefe del ejército hasta hace un mes.

Zimbabue debe sostener elecciones parlamentarias y presidenciales para agosto. A nivel doméstico son una prueba crítica de su legitimidad. Para el mundo, la realización de elecciones libres y justas es una prueba crítica del compromiso de cambio y sería un primer paso clave para restaurar la credibilidad y obtener alivio de la deuda. “Con la nueva administración no me siento amenazado. Quisiera que vinieran las Naciones Unidas y la UE. Si solicitaran venir, estoy dispuesto a considerar su solicitud”.

El Presidente no había terminado. Sugirió que Gran Bretaña deseaba hablar sobre su reincorporación a la Mancomunidad después de casi dos décadas fuera. Añadió que él también lo deseaba y que buscaría discusiones al respecto después de una reunión de la Unión Africana en febrero. En cuanto al antiguo poder colonial, Gran Bretaña dijo que el Brexit podría unirlos.

El mensaje es claro, quiere abrir un nuevo capítulo, prácticamente sin condiciones. Cita a Alemania, España, Francia y, por supuesto, a Gran Bretaña, como posibles socios. No menciona a EE. UU., que ha sido cauteloso en evitar cualquier muestra de apoyo.

Describe un nuevo orden en el que Zimbabue se mantendrá cerca de China, “un país que nos ha apoyado en momentos difíciles”. Cuando planteo la preocupación expresada por el expresidente sudafricano Thabo Mbeki hace una década de que China podría desarrollar una relación al estilo colonial con África, la descarta. Pronto irá a Pekín para negociar “megaacuerdos en infraestructura y ferrocarriles”. Los años de despilfarro y explotación del partido gobernante de los recursos económicos han provocado un endeudamiento crónico, el aumento de los desequilibrios fiscales y una crisis de liquidez en Zimbabue. El FMI estima que la deuda externa es de US$9.400 millones, o el 52% del PIB, y se prevé que suba a más de US$10.000 millones este año.

Mnangagwa se ha comprometido a abrir el país a los negocios, aunque los inversionistas querrán verlo proceder de acuerdo a sus palabras. Reiteró que la ley de indigenización —que decretó que los inversionistas entregaran una participación del 51% a un socio zimbabuense— ya se derogó. “Toda la economía está abierta a excepción de dos minerales: diamantes y platino. El resto está abierto”.

Admite que la economía está terriblemente endeudada, pero descarta la necesidad de eliminar las notas de bonos, una forma de billete emitida en 2016, y en teoría vinculada al dólar estadounidense. Muchos empresarios quieren que se eliminen, para establecer claridad sobre los tipos de cambio y el suministro de dinero. Está de acuerdo en que los gastos del Gobierno son demasiado elevados antes de culpar descaradamente a las sanciones selectivas de occidente contra la élite en lugar de al fracaso del Zanu-PF en balancear un presupuesto. En cuanto a la tierra, la cual provocó las crisis económicas y políticas de los últimos 20 años, reitera su promesa de compensar a los agricultores que perdieron sus títulos.

La historia del sur de África ha estado marcada por movimientos de liberación que han permanecido en el poder demasiado tiempo, borrando la distinción entre partido y Estado y empobreciendo a sus pueblos. Cuando le menciono esta tesis, me dice “las nuevas generaciones están tomando el mando”, una afirmación en desacuerdo con la realidad de su nuevo gabinete.

He entrevistado a cinco líderes de movimientos de liberación y todos menos uno, han sido decepcionantes. Mnangagwa puede revertir esa tendencia. Pero eso requiere dos saltos de fe. Tendrá que deshacerse de la tradicional paciencia del cocodrilo. También tendrá que usar sus mandíbulas en contra de algunos de su propia especie.

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