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Para Uber y Facebook, mejor ser más humilde

A medida que la arrogante visión del ciberespacio se está volviendo obsoleta, las grandes compañías tecnológicas necesitan ser útiles.

Dara Khosrowshahi, nuevo presidente ejecutivo de Uber.

Empresas Por: Portafolio

“Pide perdón, no permiso” es una expresión que ha representado la actitud de las compañías de tecnología en la era del internet; alterando el statu quo sin desacelerar para considerar regulaciones. Pero la prohibición de Uber en Londres redujo a Dara Khosrowshahi, el director Ejecutivo de la compañía, a pedir ambas cosas: perdón y permiso.

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La disculpa de Khosrowshahi, la cual buscaba evitar la pérdida de la licencia de Uber, siguió al desdén inicialmente dirigido a la decisión por parte de los ejecutivos locales, liderados por Pierre-Dimitri Gore-Coty, el jefe de las operaciones europeas de Uber.

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Gore-Coty entró en acción con la habitual agresividad de Uber, alegando que mostraba que “Londres está cerrada a los negocios innovadores que les brindan opciones a los consumidores”.

Pero el directivo parece ser algo lento, y hoy en día se puede hacer una nueva afirmación: el ciberespacio está muerto. La creencia de que los gobiernos no sólo deben quitársele del medio a una tecnología que libera a los ciudadanos, sino que no pueden detenerla porque trasciende el mundo físico y la democracia en los países individuales, ya se ha vuelto obsoleta. Cuando tu regulador te indica algo, tú le prestas atención.

Los mensajes contradictorios de Uber ilustran un problema de las compañías tecnológicas.
Cualquiera que sea la debilidad del ciberespacio, fue una filosofía que impulsó a una generación de empresarios, dándoles un propósito en el desafiar a los gobiernos y a las grandes empresas. Ahora hay un vacío donde esa filosofía solía estar.

El profeta del ciberespacio fue John Perry Barlow — un exganadero de Wyoming y letrista de la banda Grateful Dead —, quien fusionó en un nuevo territorio del espacio digital las actitudes libertarias del oeste estadounidense con la convergencia de la tecnología y las telecomunicaciones. Los pioneros pudieron crear comunidades en el Viejo Oeste estadounidense, y también lo harían en el internet.

En 1996, Perry Barlow, en su ‘Declaración de independencia del ciberespacio’, les dijo a las autoridades: “Déjennos en paz. Ustedes no ejercen ninguna soberanía aquí”.

Tal y como decía Lawrence Lessig, un profesor de derecho de Harvard, en su libro ‘El código 2.0’, sería “la destrucción del estado que Marx había prometido, por medio de una sacudida de billones de gigabytes fulgurando a través del ciberespacio”.

Como sucedió con el marxismo, no ha funcionado en la práctica. Los gobiernos no se doblegaron ante la impertinente orden de Perry Barlow. Se enfrentan a rebeldes, así como a piratas informáticos, que operan fuera de las fronteras en los servidores remotos. Pero compañías como Google son lo suficientemente locales como para necesitar permiso para operar.

Esta tendencia ha aumentado en la era de la web 2.0, con Uber y Airbnb convirtiéndose en plataformas para la venta de activos como un recorrido en automóvil o una noche en un apartamento.

El reino virtual del ciberespacio se ha conectado con el mundo físico de la regulación. En las democracias, esos mundos deberían estar vinculados o, a pesar de todos los maravillosos comentarios acerca de la liberación digital, serían sólo un medio de evadir la ley.

La otra desilusión es que el ciberespacio estaba supuesto a empoderar a los pequeños colectivos autoorganizados para que pudieran enfrentarse a las grandes corporaciones.

A menudo ha sucedido lo contrario. Alphabet, Facebook y Amazon son enormemente poderosas, con sustanciales recursos económicos y altas valoraciones bursátiles. Uber es una empresa global, mientras que los taxistas de Londres, ya sea que tengan o no razón para oponérsele, son ‘peces pequeños’.

Esto se parece menos al ciberespacio de la imaginación de Perry Barlow que al de la imaginación de William Gibson, de cuya novela de ciencia ficción de 1984, ‘Neuromante’, se tomó el término. El espacio cibernético de Gibson era, tal y como lo describió Fred Turner, un profesor de Stanford, en su recuento histórico ‘De la contracultura a la cibercultura’, “un oscuro paisaje hiperindus-trializado…dominado por las grandes corporaciones”.

Vladimir Putin, el presidente de Rusia, es un experto en explotar las libertades del ciberespacio. En sus propias palabras ‘disruptivas’, él aseguró que había lanzado Rusia Today, la emisora de noticias y propaganda, para “romper con el monopolio anglosajón sobre los flujos de información global”. Una tecnología que transmite información rápida y económicamente también puede propagar noticias falsas.

Así es que, cuando Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, restó importancia a las acusaciones de que Rusia había manipulado su red para afectar las elecciones presidenciales estadounidenses calificándolas como “una idea bastante loca”, su postura no duró mucho.

La semana pasada él admitió que, lejos de existir por encima de la esfera política, Facebook había sido utilizada para distribuir 3.000 anuncios dirigidos y, potencialmente, para “socavar la democracia”.

Él y Khosrowshahi han comprendido la misma verdad: que no operan en una utopía tecnológica, sino en el mundo real, y que deben ceder ante los reguladores y ante la opinión pública.

“El tener una mala reputación conlleva un alto costo”, le aseguró el director ejecutivo de Uber a su personal londinense. También conlleva un alto costo el afirmar que cualquier cosa que moleste a otros es innovadora.

Si el ciberespacio está muerto, ¿qué lo remplaza? Las compañías tecnológicas ofrecen servicios que muchos quieren, tal y como lo demuestran las protestas en contra de que a Uber se le despojara de la licencia en Londres. Pero el abismo entre la arrogante visión de Perry Barlow y la realidad es extremo. Una misión más humilde — ser útil y confiable en vez de disruptiva — encajaría mejor.

Ésta es la historia de cada una de las olas de la tecnología. Comienza como un fenómeno deslumbrante y, a medida que se extiende a través de la economía, se vuelve más integrado y menos extraordinario. Cuando las compañías de tecnología admiten que no son excepcionales, el mundo está progresando.