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Ana María Carrasquilla

Becker y la crisis financiera del 2008

Ana María Carrasquilla
POR:
Ana María Carrasquilla
mayo 15 de 2014
2014-05-15 12:38 a.m.
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Gary Becker, uno de los más influyentes economistas de los últimos cien años, Premio Nobel de Economía y el principal exponente, junto con Milton Friedman, de lo que se conoce como ‘la escuela de Chicago’, quien nos enseñó cómo incorporar el análisis económico en temas tan diversos como la discriminación, el crimen, la familia, la educación y tantas otras facetas de nuestras vidas, murió el pasado 4 de mayo, a los 83 años, en Chicago.

En una de sus últimas entrevistas, concedida en el 2010 a John Cassidy, columnista de la revista The New Yorker, Cassidy le argumenta a Becker que la crisis financiera del 2008 hizo evidente el fracaso del principio fundamental de la escuela de Chicago, esto es, que los mercados siempre funcionan y, por tanto, la crisis produciría una revolución en la ortodoxia económica imperante, para dar paso al renacimiento del keynesianismo, una apuesta por la intervención pública directa en materia de gasto público, que permite cubrir la brecha o déficit de la demanda agregada.

Becker, con su usual lucidez y rigor lógico, argumentaba que, aun en el caso de la crisis financiera del 2008, los principios de la escuela de Chicago siguen siendo válidos.

Los mercados no son perfectos, pero son la mejor alternativa existente, ya que hacen un mejor trabajo que los gobiernos, y particularmente, los mercados financieros, generalmente funcionan, tanto así que es casi imposible ganarles. Becker confiaba en que este entendimiento elemental, no iba a alterarse con la crisis.

Más de cinco años después, el argumento de Becker resultó cierto.

Luego del paquete inicial de estímulos, las teorías keynesianas dieron paso a políticas de austeridad y reformas conservadoras, particularmente en Europa. La revolución de la teoría económica imperante, no sucedió.

Si uno conjuga varios conceptos, las bondades del modelo de la democracia occidental –de las que ya hablé en una columna reciente– con los principios generales de libre mercado de la escuela de Chicago, llegaría a una conclusión muy básica: en el largo plazo, la democracia, con una senda sostenible de gasto y de deuda pública, en la cual el gobierno interviene únicamente en los sectores en los que se requiere, junto con una economía de libre mercado, son los que han traído mayor bienestar colectivo y crecimiento económico a nivel global.

Las cifras hablan por sí solas: de acuerdo con un análisis del centro de estudios Heritage Foundation, el PIB por habitante de los países que gozan de plenas libertades económicas, ajustado por paridad de poder de adquisición, es de 45 mil dólares, mientras que en los países con libertades económicas reprimidas es de 6 mil dólares.

La lección del análisis de Becker sobre la crisis financiera del 2008, es que no debemos dejarnos llevar por las coyunturas para cambiar un modelo económico que, con algunas modificaciones y ajustes puntuales, es el que mejor ha funcionado y mayor riqueza y progreso ha traído.

Esto es especialmente crítico hoy, cuando existe el riesgo de una sobrerregulación de los mercados financieros globales.

Ana María Carrasquilla

Presidenta del Fondo Latinoamericano de Reservas

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