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Camilo Gaitán

El poder de un arma

No es el arma la que está al servicio de quien la usa, sino es el que la utiliza, que quiza, sin dar

Camilo Gaitán
POR:
Camilo Gaitán
julio 31 de 2009
2009-07-31 12:42 a.m.
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El avión aterriza de noche en Managua y desde arriba se divisan en la ciudad iluminaciones que parecen grandes árboles de Navidad con sus luces encendidas. Pero ya vamos llegando a la mitad del año y nos sorprende. Quizás sea la ineficiencia inevitable de la burocracia socialista, pensamos, que seguramente tuvo que atender otras prioridades revolucionarias.

Al día siguiente, camino a visitar la laguna de Apoyeque en las proximidades de la ciudad, dejamos la capital y pasamos al lado de uno de estos monumentos para descubrir - ya de día - que no se trata de árboles navideños, sino de instalaciones que el Gobierno de Ortega mandó poner en toda la ciudad para conmemorar los 30 años del triunfo de la guerrilla sandinista. "No hay mucho qué conmemorar", me dice mi acompañante, cuando indago por la celebración. "Ha pasado mucho tiempo y seguimos igual, pasando dificultades".

A lo largo de una carretera que podría ser la de cualquier país latinoamericano, yo aprovecho para preguntarle acerca del triunfo de los sandinistas y de cómo ella lo vivió. Su padre fue colaborador de la entonces guerrilla y estuvo preso en una de las temibles prisiones en las afueras de Managua, donde Somoza torturaba o mataba a todo el que se oponía a su despotismo. O simplemente a quien no era de sus afectos, pues ese motivo era también punible como ofensa de estado. Sin ser un combatiente activo, ayudaba en lo que podía y ella -entonces apenas una niña- recuerda bien la cohesión que se formó en contra de la tiranía y que los sandinistas encausaron bien, hasta su triunfo en 1979.

Años más tarde, y ya una mujer casada -me cuenta cuando pasamos por una enramada al lado de la vía, a través del que se ve un polígono de tiro- se fue aficionando al deporte y empuñó por primera vez un arma. "¿Usted ha disparado un arma?", me pregunta, a lo que respondo negativamente. "Es una sensación increíble", continúa, "te sientes diferente, con un poder infinito, no se piensa igual cuando se tiene un arma en las manos". La miro de reojo desde el puesto del copiloto y veo que su rostro se transforma, sus mejillas se han puesto súbitamente rojas y tengo la sensación momentánea de que he cambiado de acompañante, de que voy con otra persona en el carro.

La incomodidad, más que la curiosidad, me llevan a preguntarle nuevamente por la suerte del país y por la gesta de su actual presidente. "Daniel, me dice, se ha dedicado a la política para poder gobernar. Ahora hace pactos con cualquiera para mantenerse en el poder". Y me vuelve a hablar de las penurias por las que sigue pasando el pueblo nicaragüense, aún sin Somoza.

Después de ver desde arriba el impresionante paisaje de la laguna volcánica, vamos a Granada -la ciudad colonial por excelencia de Nicaragua- y damos una vuelta en lancha por las isletas del lago de Nicaragua, donde los ricos y famosos -que también los hay en el país- tienen envidiables casa de veraneo. Poco a poco siento que vuelven a ella, la espontaneidad y la amabilidad con las que me recogió horas antes en el hotel.

La timidez de una mujer joven que sueña con un futuro mejor se apodera otra vez de la expresión en su rostro, como si se hubiera librado del yugo siniestro que le impuso el recuerdo de un arma en la mano. Pues al contrario de lo que se cree -pienso yo- no es el arma la que está al servicio de quien la usa, sino es aquel que la porta, aquel que la usa, el que probablemente sin darse cuenta, se vuelve su títere, empieza a obedecer oscura e irracionalmente a sus designios.

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