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Camilo Herrera Mora
columnista

Nuestra economía es muy emocional

El consumidor está mojado, el comprador con gripa y todo lleno de barro después de la tormenta. Debemos levantar el estado anímico del mercado.

Camilo Herrera Mora
POR:
Camilo Herrera Mora
octubre 09 de 2017
2017-10-09 08:18 p.m.
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Mientras entramos a semana de receso, se entrega el Premio Nobel de Economía a Richard Thaler por sus trabajos en el componente sicológico en la economía, años después de haberle dado el mismo galardón a Daniel Kahneman por investigaciones en el mismo sentido.

La semana de receso es una de las cosas que demuestran nuestra irracionalidad económica. No existen fundamentos lógicos, históricos o culturales para tener este intervalo, pero se creó con la idea de hacer una pausa a mediados del semestre, emulando la Semana Santa. La idea se fundamenta en la necesidad del descanso y la diversión, pero olvidó completamente la jornada laboral de los padres y la productividad de las empresas.

Hace tiempo escribí en un ensayo, que Keynes se equivocó al plantear su concepto de consumo marginal, no por el concepto per se, sino por llamarlo ‘consumo’, ya que no se puede decir que esté en función de los precios y los ingresos, pero el ‘gasto’ sí. Desde entonces, se llama consumo de hogares a lo que se debía denominar gasto, y perdimos décadas de diferenciación de dos comportamientos económicos fundamentales: el acto de compra y el consumo.

Las razones por las que se compra algo son completamente diferentes a las de su consumo, y eso es lo que han demostrado Kahneman y Thaler por medio de la economía conductual, dejando ver que el ‘homo economicus’ no es un agente racional y que las variables económicas tienen un enorme componente emocional en su comportamiento, en el cual se puede afirmar que la dinámica del PIB es la suma de las decisiones emocionales de las personas, porque las inversiones, gastos y compras de los agentes están más en función del estado de ánimo, que de su ingreso disponible.

Hoy, vivimos esta realidad, pues las percepciones han superado la verdad de las variables económicas, influyendo en ellas, aumentando la incertidumbre y la desconfianza en los industriales y consumidores, pegándole a las inversiones y al gasto. Si se le dice a un inversionista que el país va mal este deja de invertir, más aún si se lo dice alguien que le genere credibilidad. Es sencillo: es mejor creer en una mala noticia que en una buena, porque la primera nos protege, mientras la segunda no nos sirve para nada.

Le han mentido tanto a la gente que, actualmente, los hogares creen más en esas falsedades que en los hechos que demuestran que ya pasamos lo difícil y que el ajuste macroeconómico lo sacamos barato gracias al trabajo de nuestras instituciones.

Ahora se puede decir que el consumidor está mojado, el comprador con gripa y todo está lleno de barro después de la tormenta. Debemos levantar el estado anímico del mercado, y eso se hace mostrando la verdad, pero estamos en un momento en el cual los candidatos dicen que el país está en crisis y que solo ellos nos pueden sacar de allí, con las mentiras y convenientes exageraciones de la campaña presidencial.

Es verdad que el tema comportamental define la economía desde siempre, como ocurrió con los tulipanes en Holanda, pero solo hasta ahora comienzan a reconocerlo académica y públicamente; y es necesario que en el país lo hagamos prontamente.

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