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Carlos Gustavo Álvarez
columnista

Bolívar, Libertador sanguinario

Frente a las imágenes majestuosas del Libertador Simón Bolívar, surgen siempre las mismas preguntas.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
agosto 04 de 2017
2017-08-03 09:44 p.m.
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Frente a las imágenes majestuosas del Libertador Simón Bolívar, surgen siempre las mismas preguntas. ¿Quién fue, en realidad, este prócer sempiterno, deificado recientemente en la República bolivariana? ¿Qué tanto sabemos de su historia, apabullados por cuadros y estatuas que no tienen ni parecido físico con quien las inspiró? Me adentro en disquisiciones sobre el vencedor de la Batalla de Boyacá. La reflexión es propicia por las situaciones en Venezuela y las raíces que sustentan sus dos dictaduras recientes en el pasado de un déspota.

Por las venas de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco corría sangre de maldad. Su padre, Juan Vicente Bolívar y Ponte carga una leyenda negra del siglo XVIII en sus extensas tierras de los valles de Aragua. Era conocido como un consumado violador y corruptor de menores de edad. Disfrutaba abusando de niñas indígenas. Cercano al medio siglo, se casó con María de la Concepción Palacios y Blanco, una rica heredera que bordeaba los 14 años.

El escritor e historiador Pablo Victoria ha escarbado en las sombras de Bolívar, y vertido sus hallazgos en polémicos libros. En 1813, el Libertador en ciernes confiesa que no tiene piedad con europeos y canarios. Por donde pasa, deja muerte y desolación. Hace fusilar a 69 españoles sin fórmula de juicio.

Su subalterno Juan Bautista Arismendi le sirve de instrumento para aplicar el llamado “Decreto de guerra a muerte”. En febrero de 1814, fusilan en Caracas a 886 prisioneros españoles. En la orgía de sangre caen después los enfermos internados en el hospital de La Guaira, cercanos al millar. Las referencias señalan que ante la ausencia de pólvora, la ejecución se producía con sables y picas. Las agonías se resolvían con pesadas piedras que aplastaban las cabezas moribundas.

Aseguran que su crueldad era patológica. En la hagiografía del héroe, se describen sus llegadas a las ciudades como paseos triunfales frente a bellas muchachas que le lanzaban flores y le coronaban, misma labor con la cual él les correspondía después de los bailes.

El anuncio de la presencia inminente de Bolívar solo producía pánico. Caracas, Pasto y Cartagena atestiguan los desmanes enfebrecidos de sus tropas, a las que autorizaba el ejercicio del horror. Su famosa llegada a Santa Fe no terminó exenta del saqueo y la crueldad.

Las decisiones que las personas toman corresponden en su gran mayoría a su tiempo, a su lugar y a la información que borbotee en sus mentes. La imagen de Bolívar es platónica. Cabalga en sus delirios y promesas de libertad, en su admirable campaña, en las mujeres seducidas y en su tránsito desolado hacia Santa Marta, para morir en una cama de pena.

El estudio de la historia obliga a confrontar puntos de vista. Según Pablo Victoria, Carlos Marx, en carta dirigida a Engels, fechada el 14 de febrero de 1858, asegura que Bolívar “es el canalla más cobarde, brutal y miserable”. Y añade: “La fuerza creadora de los mitos, característica de la fantasía popular, en todas las épocas ha probado su eficacia inventando grandes hombres. El ejemplo más notable de este tipo es, sin duda, el de Simón Bolívar”.

La historia, como ven, está hecha de muchas historias.

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