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Cecilia López Montaño

Entender el pasado para construir el futuro

El conflicto no es la única explicación del rezago industrial, sino la voluntad de los empresarios que esperan que el Estado resuelva su situación.

Cecilia López Montaño
POR:
Cecilia López Montaño
julio 09 de 2017
2017-07-09 07:37 p.m.
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El conflicto con las Farc y con los otros grupos guerrilleros ha sido estudiado tanto por colombianos como académicos y analistas extranjeros, quienes lo consideran muy particular por su baja intensidad, larga duración y su crueldad con la población rural del país. Sin embargo, mucho de ese conocimiento no ha sido debidamente apropiado, especialmente por sectores urbanos, que lo siguen viendo lejano o como una amenaza llena de puntos desconocidos. Por ello, se ha abierto un claro espacio para que amplios ramos del país sean tierra fértil para visiones oscuras sobre el futuro colombiano.

Esta realidad tiene graves consecuencias. Se subestima lo que significa el final de las Farc, con todas las limitaciones que se le quiera poner, pero con resultados positivos que ya son evidentes como la reducción de ataques de la guerrilla, de soldados heridos o muertos, y el logro de una tranquilidad en algunas regiones del país, blanco de ataques por parte de este grupo guerrillero. Claro que, en otras zonas como en el departamento de Chocó, la salida de la guerrilla no ha sido acompañada de la presencia requerida del Estado, y grupos de ‘paras’ y otros delincuentes las han ocupado y llenado de terror. Pero se desconoce todo lo que pasó durante esos largos años de conflicto y se ignoran sus verdaderas raíces, lo que se convierte se en una seria limitación para identificar las bases sobre las cuales se debe construir un futuro mejor para el país.

Manifestaciones en este sentido ya se están dando, cuando algunos de los más de 20 precandidatos salen a declarar que el conflicto o el posconflicto, no deben ser objeto de la campaña, sino se deben tratar temas de moda, como la corrupción. Pero resulta, que, precisamente, estos años de guerra no han sido neutros, en términos de estas y otras variables que nos definen hoy como una sociedad excluyente y desigual, y que, en este momento, como les pasa a muchos de nuestros vecinos, se profundiza por un crecimiento económico muy bajo. Que no se engañen quienes aspiran a ser presidentes de este país, el posconflicto empezó y no es ningún camino de rosas. Es la oportunidad de abordar los temas estructurales que han permanecido ocultos por décadas bajo el pretexto del conflicto, los cuales han acrecentado profundas brechas que alimentaron dicha confrontación y que han impedido que seamos un país mejor.

¿Ha tenido Colombia una verdadera democracia, cuando los que están en desacuerdo optan por la violencia para hacerse oír? ¿Cuándo se firman acuerdos de paz como el de la época del Frente Nacional, dejando por fuera a la izquierda y generando la semilla para 50 años de conflicto? No en vano el punto dos del Acuerdo con las Farc se refiere a la participación política con el fin de garantizar la apertura democrática. ¿Creen algunos de los precandidatos que pueden hacerle el quite a una reforma agraria y a una reactivación del campo, consagrados en el punto uno del Acuerdo, porque algunos cuentan con el apoyo de los latifundistas? No se equivoquen; la concentración de la tierra es parte de la historia colombiana, pero el país está saturado con esta expresión del feudalismo que persiste.

¿Puede volverse esta sociedad menos desigual con el bajo gasto social que tiene?, ¿con el poco peso de los impuestos sobre el PIB?, ¿con todas las filtraciones que tiene la política fiscal, gracias a los políticos y a las prebendas que obtienen ciertos grupos? Tampoco es posible evitar una profunda reforma del Estado y de sus políticas, si se quiere avanzar en el posconflicto. Hoy, es evidente que estas desigualdades, cuando ya no existan las guerrillas, se traducirán en manifestaciones públicas de descontento que el Gobierno no podrá evadir.

Pero ¿cómo va a responder el nuevo gobierno, si la base productiva del país no arranca, ni en el agro o en la industria? El deterioro del campo no solo obedeció a que este fue el escenario prioritario de la guerra, sino que causó el desplazamiento que contribuyó al deterioro de la agricultura campesina productora de alimentos y le permitió tomar tierra a la fuerza, a grandes plantaciones como la palma en el Urabá. ¿Les parecerá fácil a los precandidatos romper con este doloroso capítulo de nuestra historia?

Tampoco será posible impulsar la industria, y menos su cuarta revolución basada en las TIC, si se continúa pagándole poco a los trabajadores e impulsando la informalidad con claras estrategias. No hay disculpa para la poca inversión en tecnología e innovación que caracteriza las políticas públicas y las estrategias empresariales. No es posible aumentar la productividad con trabajadores poco educados y con una atención mediocre en salud. El conflicto no es la única explicación del rezago industrial, sino la falta de una clara política pública y una voluntad de los empresarios nacionales que siguen esperando que el Estado les resuelva su situación. No avanzamos en competitividad, y cambiar esa tendencia no es una tarea menor.

Uno de los capítulos más dolorosos e ignorados en el país, es el del sufrimiento de las mujeres durante este conflicto. Su débil posición en esta sociedad colombiana no nació en la guerra, pero sí las llevó a extremos tan violentos y vergonzosos que es mucho lo que se tendrá que hacer para frenar las consecuencias que persisten, y que se siguen expresando como violencia contra la mujer. La igualdad de género, y no esa absurda ideología de género, tendrá que ser una prioridad, porque las colombianas están saciadas de la injusticia en que viven, de los techos de cristal que las frenan y de sus hogares con padres ausentes.

En síntesis, desconocer lo que sucedió en estos últimos 50 años llevará a sembrar las bases para nuevos conflictos e impedirá emprender las reformas inaplazables. Se acabó la disculpa de las Farc, y ojalá pronto la del Eln.

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