¿Pantano en el desierto libio? | Opinión | Portafolio
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César González Muñoz

¿Pantano en el desierto libio?

Estados Unidos ha tenido, evidentemente, una gran reticencia a zambullirse en un pantano libio, tan

César González Muñoz
POR:
César González Muñoz
marzo 22 de 2011
2011-03-22 11:24 p.m.
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El gatillo que hizo disparar las revueltas populares en Egipto y otros países de la región tiene más que ver con el precio y los racionamientos del pan, que con la visión de una democracia liberal o de una república islámica. ¿Quién puede demostrar que lo que reside en el alma colectiva de los egipcios es el sueño de una sociedad democrática? Francamente, uno sólo escucha esta afirmación en labios de los agentes de la diplomacia gringa y europea. En Egipto acaba de celebrarse un referendo sobre la reforma de la Constitución. La participación electoral fue del orden del 40 por ciento, ciertamente mayor que el promedio durante la era de Mubarak, pero precaria para una consulta popular con este objetivo radical. La mayoría de los votantes aprobó las reformas propuestas, que básicamente consisten en limitar a dos periodos la permanencia del presidente y a reducir el uso del Estado de Emergencia como instrumento legislativo. Vienen ahora elecciones parlamentarias y después la del presidente. Todo ello deberá ocurrir este año. Veremos. Ello le dará mayor claridad al rumbo previsible de la sociedad egipcia. Para un observador no experto, pero dotado de una buena dosis de escepticismo, los acontecimientos de Libia en los últimos días han dejado una densa estela de interrogantes. La historia de las cruzadas –las intervenciones– internacionales por la libertad, por la democracia, por la fe, por toda suerte de objetivos altamente meritorios, está cubierta de fracasos, resultados opuestos a los propósitos, episodios muy duros para la gente chiquita. Recordemos, al desgaire, algunas cruzadas recientes: Irak 1991 y 2003, Bosnia-Herzegovina 1992, Vietnam, Bahía de Cochinos, las intervenciones soviéticas y norteamericanas en Afganistán… todas han sido, en menor o mayor grado, expediciones al corazón de la oscuridad, para no hablar de las guerras directamente impulsadas por las ganas coloniales de controlar activos valiosos. Todas lo son, dice el sabio práctico. La Organización de Naciones Unidad ‘autorizó’, la semana pasada, una intervención internacional en Libia, con el objetivo explícito de proteger a la población civil contra la agresión de las fuerzas militares del coronel Gadafi. De inmediato estos actos de protección tomaron la forma de ataques contra objetivos militares usados por las fuerzas del Coronel contra los ‘rebeldes’. ¿Alguien sabrá quiénes son los rebeldes, qué piensan de la libertad y de la democracia, cuáles son sus objetivos estratégicos más allá de la derrota, la expulsión, o la decapitación de Gadafi, quiénes los han armado, dónde está su comando central? Estados Unidos ha tenido, evidentemente, una gran reticencia a zambullirse en un pantano libio, tan espeso como el iraquí, el afgano, o el vietnamita. Espera que los europeos y los países del golfo Pérsico (más Egipto) asuman. Pero nadie sabe cuáles serán los próximos actos en esta tragedia, ni sus actores estelares. La secretaria Clinton ha dicho que “estamos con el pueblo de Libia”. ¿Sabe ella qué hay dentro de esa entidad? ¿Es el pueblo libio una unidad, a la que sólo se le oponen Gadafi, sus vírgenes pretorianas y sus hombres en armas? ¿Cuál es la importancia de las tribus ancestrales libias y la hondura de sus conflictos? ¿No es acaso Libia una sociedad tribal? Hay que soportar las licencias del lenguaje diplomático; pero la siguiente declaración de Obama es alucinante: “Gadafi perdió la confianza de su propio pueblo, y la legitimidad para conducirlo”. ¿Las tuvo alguna vez el Coronel? ¿De verdad el Departamento de Estado consideró algún día a Gadafi como gobernante legítimo? ¿Cuántos hay como Gadafi, que merecerían entonces una buena estrujada militar? Busco el alivio del diccionario del diablo, de Ambrose Bierce: “diplomacia. El arte de mentir a favor del país de uno”.

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