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César González Muñoz

A robar al Gobierno

Desde hace siglos se entiende que el papel del Gobierno en una sociedad libre consiste en atemperar

César González Muñoz
POR:
César González Muñoz
marzo 08 de 2011
2011-03-08 11:49 p.m.
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En Colombia viven pequeños grupos que se han enriquecido, y se enriquecen, desviando fondos públicos para su beneficio privado. Cuando la ley coge a alguno de estos individuos, su prestancia social se mantiene incólume hasta el día en que entra a la cárcel… si es que a la cárcel va. Mientras más ‘prestante’, el personaje tiene más probabilidad de purgar su pena en casa, rodeado del cariño de los suyos y de sus amigos, y saliendo a echar una cana al aire.
Pero la crítica social debe ser completa: la voluntad de robar a los contribuyentes llega a todos los escalones de la pirámide. Sólo que la gente chiquita que está dispuesta a hacer trampa no tiene mayor alcance. Así, en el fondo, más que indignación pública por la inmoralidad de los corruptos en gran escala, lo que se impone es un sentimiento de rabia ante la mayor potencia de los ladrones de arriba. Por esta vía, la corrupción en gran escala le da bríos a la inmoralidad de poca monta monetaria.
En el país se dijo que la corrupción debía reducirse a sus justas proporciones. Julio César Turbay estaba admitiendo que no existe la sociedad ideal desde el punto de vista de la moralidad pública. Propongo que entendamos a Turbay, hombre pragmático, como un miembro de la corriente dominante de la filosofía política contemporánea, que abandona el ideal de la sociedad perfecta, compuesta por individuos virtuosos, incapaces de interferir en los logros de los otros. En ausencia de ese ideal, la mejor agenda resulta ser la de buscar algún equilibrio entre los objetivos de las diferentes comunidades al interior de las sociedades y en la sociedad global.
El filósofo liberal Isaías Berlin concluye que la búsqueda impetuosa de la sociedad ideal puede conducir a un estado de violencia extrema y al fracaso en la construcción de una vida social relativamente apacible. La cita preferida de Berlin, del filósofo alemán Manuel Kant, es: “Del fuste torcido de la humanidad jamás ha salido nada íntegramente recto”.
Una voz como la de Berlin hoy podría, eventualmente, decir algo como “me da mucha pena, pero el grado de corrupción en la sociedad colombiana la hace inviable y más violenta. En este campo, y en muchos otros, Colombia está lejos del equilibrio incierto que propongo como plataforma de filosofía política liberal. Me gustaría cambiar la expresión justas proporciones por proporciones de equilibrio, el mínimo crítico para no caer en más violencia”.
Es claro que el asalto del presupuesto público no puede tener justificación ni alabanza alguna. La corrupción es fuente de toda suerte de fracasos estatales y además es fuente de un cinismo ciudadano inmanejable sobre la legitimidad del Estado y de sus agentes. ‘A robar al gobierno’ es expresión usada en peleas callejeras. Ojalá llegue el día en que los transeúntes la consideren un ultraje.
Don Miguel Nule resultó medio Kantiano y pupilo de Berlin. Dice que la corrupción es inherente a la naturaleza humana. Desconozco el significado judicial de esa afirmación, pero pienso que el hombre ahí no dice mentira. El combate a la corrupción debe partir del reconocimiento de esa verdad. La ira santa de algunos comentaristas frente a la afirmación de Nule no tiene bases históricas, ni morales, ni siquiera religiosas.
Desde hace siglos se entiende que el papel del Gobierno en una sociedad libre consiste en atemperar los espíritus animales de la población. Buenas regulaciones administrativas y un duro y eficaz sistema judicial son instrumentos esenciales. Pero el esfuerzo no se puede concentrar en el organigrama estatal; una nueva ética privada, una nueva ética pública y un severo temor a la ley son necesarios para mejorar la plana.

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