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Ricardo Ávila
Editorial

Condición indispensable

La economía colombiana mejoró su ritmo entre enero y marzo, pero la incertidumbre política sigue pesando en las estadísticas.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
mayo 15 de 2018
2018-05-15 09:12 p.m.
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Hay dos maneras de mirar el reporte entregado por el Dane ayer, con respecto al comportamiento de la economía colombiana durante el primer trimestre del 2018. Para los optimistas, la mejora de casi un punto porcentual en la actividad productiva confirma que lo peor quedó atrás y es el preámbulo de cifras superiores. Para los pesimistas, el dato es mediocre, pues la base de comparación era baja –e incluso cayó frente a la que se había publicado originalmente–, con lo cual las dudas persisten.

En ambas posturas hay algo de razón. El guarismo de 2,2 por ciento muestra que el viento sopla a favor con mayor fortaleza. Que nueve de las doce actividades examinadas estén en positivo es destacable, y permite mirar con algo de optimismo el futuro cercano. No hay duda de que la confianza del consumidor al alza, la disminución de los intereses y la menor inflación implican una importante mejora del entorno.

A lo anterior hay que agregar la subida en los precios del petróleo, que no solo se siente en el monto de las exportaciones, sino que atrae mayores inversiones que se tasan en centenares de millones de dólares. Que en un ambiente internacional lleno de complejidades se hayan podido disminuir los sobresaltos que amenazan a otras naciones, no es poca cosa.

Sin embargo, también es verdad que tres motores cruciales todavía no arrancan y siguen en negativo. Tal vez la mayor desilusión de todas la encarna la construcción, que en algún momento llegó a presentarse como el renglón llamado a ser el más dinámico de todos. Los tropiezos en el segmento edificador comenzaron a ser evidentes desde el año pasado, debido a la saturación de la oferta de vivienda y oficinas. Ahora la inquietud reside en las obras civiles que no levantan cabeza, a pesar de las buenas expectativas que despiertan las concesiones de cuarta generación.

En lo que atañe a la minería, el oro viene de capa caída, si se toman como referente los descensos en las exportaciones del metal amarillo. No obstante, un avance eventual de la categoría depende primordialmente de que la producción petrolera suba, lo cual no será fácil por la ausencia de nuevos hallazgos. Los mayores precios del crudo deberían conducir a la reactivación de campos que no eran rentables con el barril por debajo de los 60 dólares, pero eso no ocurrirá de la noche a la mañana.

La lista de desafíos la cierra la industria, que no sale de la recesión que parece haberse vuelto la norma. Aunque el declive es menos pronunciado que antes y la presencia de la Semana Santa en marzo no ayudó, la verdad es que la reactivación que algunos pronosticaban aún no se ve. Además, la revaluación del peso se convierte en una nueva amenaza al quitarle competitividad a las manufacturas nacionales.

Mirando hacia adelante, es indispensable que el consumo interno levante cabeza. Para que eso suceda será necesario que concluya la temporada electoral, pues tanto decisiones relacionadas con la compra de bienes como con proyectos productivos se han aplazado hasta tanto no se conozca el nombre de quién se ceñirá la banda presidencial el 7 de agosto.

A este respecto, la inquietud más grande es que el comportamiento del desempleo afecte la capacidad adquisitiva de los hogares colombianos. Las estadísticas con respecto a la población ocupada muestran todavía una expansión, pero las cosas pueden cambiar de un momento a otro.

En consecuencia, no se puede cantar victoria ni decir que la crisis ya pasó. Es indudable que el PIB anda a mayor velocidad y que el arranque del año permite anhelar un repunte más sólido en el segundo semestre. Para que eso pase, la condición indispensable es que el cambio de Gobierno resulte bien, pues aquí se volverá a comprobar que, en lo que atañe a la economía, la política importa.

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