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Ricardo Ávila
Editorial

Lecciones en amarillo

La mala hora por la que pasan quienes poseen licencias de taxi en Nueva York, deja lecciones sobre las disrupciones de la tecnología.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
septiembre 11 de 2017
2017-09-11 08:54 p.m.
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Cualquier persona que haya visto una película que transcurre en Nueva York, sabe que el paisaje urbano de la reputada ‘capital del mundo’ incluye la vista de la estatua de la Libertad, la panorámica del Central Park o la imagen del icónico Empire State, que en su momento fuera el rascacielos más alto del mundo. En esa categoría también están los taxis de color amarillo, inmortalizados igualmente por Hollywood, ya sea a la hora de mostrar encuentros entre desconocidos, escenas de acción o romances con todos los finales posibles.

Sin embargo, a juzgar por la evolución de los tiempos, es probable que el conocido ‘cab’ quede solamente reducido a un recuerdo cinematográfico. El motivo es la irrupción de la tecnología, que tiene a los transportadores tradicionales en serios problemas.
Aplicaciones como Uber, Lyft, Via, Gett y Juno, se llevan hoy en día a la inmensa mayoría de los pasajeros, debido a que ofrecen servicio puerta a puerta y precios, en ocasiones, más atractivos que los carros de siempre.

Nadie tenía en mente hasta hace poco, que las cosas fueran a cambiar de manera tan radical. Desde los años treinta del siglo pasado, las autoridades neoyorquinas limitaron el número de vehículos con permiso de operación de taxi, que son identificables gracias a un escudo o medallón que está pintado en la parte exterior del vehículo. Durante décadas, esa cantidad de licencias se mantuvo casi constante, llegando a un máximo histórico de 13.605 a finales del 2014.

Mientras la oferta estuvo limitada, la demanda siguió aumentando. Ese era el motivo por el cual era casi imposible conseguir un amarillo vacío cuando llegaba la lluvia, a pesar de que lo normal era que cada taxi trabajara casi las 24 horas, con cortas pausas para el respectivo cambio de conductores.

A pesar de las quejas del público, el sistema enriqueció a los propietarios de las licencias originales que ganaban por punta y punta. Cuando hace tres años se subastaron 350 medallones, la ciudad obtuvo 359 millones de dólares de ingresos, que no es una suma menor.

Ahora, las cosas son muy diferentes. Según un artículo de ayer del diario The New York Times, el valor de la licencia puede haber caído hasta unos 150.000 dólares, una cantidad importante que, de todas maneras, es una novena parte de los 1,4 millones que se llegaron a registrar en el 2014.

La explicación de la descolgada es clara: el número de carreras diarias de taxi registradas en julio pasado ascendió a 277.042, unas 55.000 menos que doce meses atrás.
Claramente, la competencia de las aplicaciones, que operan 63.000 automóviles de todo tipo en la metrópoli, amenaza con quebrar a los taxistas, tal como sucede en Chicago, Boston o San Francisco, en donde también la tecnología tiene contra la pared a los conductores de antes.

Mas allá del desenlace de una historia que no parece encaminada a un final feliz, el caso sirve para traer a colación el impacto de las disrupciones y sus múltiples consecuencias. Por ejemplo, en Bogotá, en donde las licencias de taxis son 52.000 desde hace años, el llamado cupo vale usualmente más que el vehículo que lo utiliza y se tasa en cerca de 100 millones de pesos.

En respuesta, no faltará quien diga que lo que sucede en el Distrito Capital no se puede comparar con Nueva York, por la sencilla razón de que aquí ciertas aplicaciones son descritas como ilegales, dando origen a multas gubernamentales y operativos policiales. No obstante, dicha interpretación es miope, pues desconoce realidades incuestionables.
La mala hora por la que pasan quienes poseen licencias de taxi en Nueva York, deja lecciones sobre las disrupciones de la tecnología
Una de ellas es que las innovaciones acaban imponiéndose, tarde o temprano, por más barreras que se usen. Otra es que el valor que provenía de las barreras de entrada puede desaparecer de la noche a la mañana. Cualquier negocio que ignore esas lecciones corre el peligro de enfrentar las angustias que hoy preocupan a los taxistas neoyorquinos.

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