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Ricardo Ávila
Editorial

Un buen termómetro

Si bien el balance para la cartera comercial es esperanzador, lo cierto es que el escenario actual sigue siendo complejo.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
julio 12 de 2018
2018-07-12 08:45 p.m.
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Después del largo y profundo proceso de ajuste que experimentó la economía colombiana, tras el choque de los términos de intercambio del periodo 2014-2016, la inversión presentó una fuerte moderación, hecho que terminó, como era natural, transmitiéndose a la dinámica crediticia. Si bien las carteras de consumo y microcrédito mostraron un ajuste relativamente ordenado –la segunda altamente sensible al ciclo económico–, el comportamiento del segmento comercial, hoy en terreno negativo, resulta inquietante no solo por su importancia sistémica (56 por ciento de la cartera total), sino porque se constituye en un termómetro del riesgo y del clima empresarial.

El acotamiento de los canales de inversión y el menor impulso de la demanda interna acabaron restándole tracción al crédito comercial, particularmente en los segmentos pyme y construcción, todo ello en un escenario de mayores riesgos crediticios y un deterioro sostenido en el clima y la confianza de los inversionistas. Adicionalmente, elementos asociados a la pausa en los ritmos de los desembolsos para financiar los proyectos de infraestructura 4G y a la normalización de la base estadística, producto de la absorción de una compañía de financiamiento dedicada al leasing por un banco comercial, terminaron contribuyendo al pobre desempeño.

Resultan inquietantes también los deterioros en la calidad crediticia que han acompañado la moderación del crédito comercial, asociados no solo a efectos propios del ciclo, sino a hechos puntuales que guardan relación con el sector corporativo y de infraestructura. Factores como la liquidación de Electricaribe en el 2017, los procesos de insolvencia de cuatro compañías del sistema de transporte masivo de Bogotá y los problemas relacionados con el proyecto Ruta del Sol II, acabaron generando una reestructuración de la cartera y un deterioro en sus niveles de morosidad, que hoy se encuentran en 4,7 por ciento.

Sin embargo, las perspectivas de cara al cierre del 2018 lucen positivas y apuntan a un escenario de recuperación sostenido en medio de un balance de riesgos acotado y un contexto macroeconómico benigno. En efecto, factores asociados a la menor incertidumbre política en materia inversionista, unos términos de intercambio más favorables, el anclaje de las expectativas inflacionarias y los efectos rezagados de la política monetaria expansiva le permiten al mercado prever una recuperación sostenida de la actividad productiva en el corto y mediano plazo. Hoy, el mercado también descuenta un mayor dinamismo de la industria, asociado a la reactivación de los canales de inversión y del comercio y el transporte, lo que, por supuesto, alimenta estas mejores perspectivas.

Estos ritmos de recuperación, que permiten esperar crecimientos de la cartera comercial cercanos al 5 o 6 por ciento real en el 2018, dependerán de la recuperación del sector de la construcción e infraestructura, la política monetaria de la Reserva Federal y el diferencial de tasas frente a países emergentes, y la volatilidad de los precios del crudo en los mercados globales, factores que podrían restarle impulso a la confianza empresarial.

Si bien el balance es esperanzador para ese segmento, fuertemente golpeado por el choque externo y la coyuntura local, lo cierto es que el escenario actual sigue siendo complejo y retador para la construcción de agendas económico-políticas, decisivas para la estabilidad macroeconómica y financiera. De allí la importancia de que el nuevo equipo de gobierno diseñe una hoja de ruta proclive a recuperar aquellas tasas de inversión superiores al 30 por ciento que permitan impulsar el tejido económico y empresarial del país.

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