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Ricardo Ávila
Editorial

Ver para creer

La revolución en materia de infraestructura puede sonar a eslogan oficial, pero las obras terminadas sirven para silenciar a los escépticos.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
mayo 09 de 2018
2018-05-09 07:47 p.m.
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Tal vez sea la impopularidad del Gobierno o el ánimo de convencer a los votantes de que la próxima administración hará las cosas de manera diferente, pero en general los candidatos a la presidencia de la República se apartan de prometer continuidad en caso de triunfar en las próximas elecciones. Sin embargo, es de esperar que una vez los colombianos escojan al que llegará a la Casa de Nariño el 7 de agosto, regrese la sensatez y se abandone el ‘síndrome del primer día de la creación’ que lleva a echar a la basura las cosas buenas que deja quien entrega la banda tricolor.

En contra de lo que dice la oposición, un análisis desapasionado revelaría una lista importante. En el plano social, por ejemplo, el programa ‘De Cero a Siempre’ merece seguir adelante, pues es una herramienta fundamental en la lucha contra la pobreza. A su vez, la estrategia de tecnologías de información y comunicaciones va bien, pues apunta a cerrar la brecha digital.

Y en lo que atañe a la economía, no hay duda de que es clave continuar por la senda trazada en materia de infraestructura. El escándalo de Odebrecht tendió un manto de duda sobre el sector y varios emprendimientos no cumplen el cronograma original, pero cuestionar el progreso institucional alcanzado sería un error descomunal, tanto como quitar el pie del acelerador en las concesiones de cuarta generación.

Que el modelo colombiano haya recibido múltiples alabanzas en los escenarios internacionales, dista de ser una apreciación patriotera. La prueba más reciente de que somos un caso digno de imitación es Argentina, que aspira a modernizar sus carreteras replicando el esquema adoptado aquí: buena estructuración de los proyectos, reglas de juego claras, exigencias de aportes de capital a los ganadores de licitaciones y pago contraentrega de las obras, tras una interventoría.

Dicho esquema permitió adelantar un programa valorado en 45 billones de pesos, que incluye 30 proyectos adjudicados, encargados de desarrollar 5.000 kilómetros de vías. La construcción de 72 túneles, 979 puentes y viaductos, y 937 kilómetros de dobles calzadas supera con creces lo adelantado recientemente por Brasil y México.

Lo anterior no quiere decir que el camino esté despejado. Las cinco iniciativas en las que participa Carlos Solarte deben ser cedidas a terceros, mientras que en otros casos hay obstáculos que van desde el licenciamiento ambiental, hasta la reticencia de los bancos nacionales a la hora de asumir nuevos riesgos.

No obstante, 14 contratos consiguieron ya sus cierres financieros y la Agencia Nacional de Infraestructura considera que el número subirá a 21 antes de que termine el año. El aporte de fondos de inversión privados, las entidades internacionales y la Financiera de Desarrollo Nacional ha servido para superar varios cuellos de botella.

El argumento más elocuente es constatar sobre el terreno que las promesas empiezan a convertirse en realidades. En cuestión de meses será entregada la concesión Alto Magdalena que une a Girardot con Puerto Salgar a lo largo de 194 kilómetros, la cual permitirá conectar la zona occidental del país con la Ruta del Sol. De manera secuencial, vendrán más frutos que serán recogidos por el próximo Gobierno.

En tal sentido, es contraproducente cuestionar las vigencias futuras o el propio sistema empleado. De hecho, sería ideal que el Ministerio de Hacienda le dé luz verde a tres iniciativas que hacen fila, si el espacio fiscal lo permite: los accesos a Bogotá por el norte, el tramo entre Villeta y Guaduas y la doble calzada entre Buga y Media Canoa.

Mientras eso ocurre, hay que seguir apoyando una estrategia que vale la pena. Puede ser que no vayamos a tener autopistas como en Suiza y Alemania, pero el salto que viene es descomunal. Quien no lo crea, puede ir a verlo con sus ojos.

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