1 / 7
Contenidos vistos este mes
Disfrute de contenido ilimitado sin costo
¿Ya tiene una cuenta? Ingrese
Ya completó los artículos del mes.
Sabemos que le gusta estar informado Disfrute de acceso ilimitado al contenido, boletines noticiosos y más beneficios sin costo.
¿Ya tiene una cuenta? Ingrese Volver a la portada
Ricardo Ávila
Editorial

Un sueño posible

Si el país consigue replicar el avance que tuvo entre la visita del Papa en 1986 y la actual, daríamos un salto a la prosperidad. 

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
septiembre 11 de 2017
2017-09-10 03:23 p.m.
http://m.portafolio.co/files/opinion_author_image/uploads/2016/02/09/56ba4e7b94041.png

La frase es de cajón, pero cae como anillo al dedo. Y es que decir que la visita del papa Francisco a Colombia es de verdad histórica solo le hace justicia a una gira llena de simbolismos y contenidos, a lo largo de la cual el pontífice hizo todo lo que estuvo a su alcance para que la semilla de la paz germine y la reconciliación sea una realidad entre unos y otros.

La asistencia multitudinaria a cada una de las apariciones del sucesor de San Pedro permite encender una luz de esperanza con respecto al devenir de una nación que a veces se preocupa más por mirar hacia atrás que hacia adelante, atrapada en sus rencores y rabias profundas. De ahí que los mensajes dirigidos a las víctimas y a los jóvenes sean tan importantes, si de lo que se trata es de recorrer una senda distinta a la que plantea la polarización presente.

Constatar si el anhelado cambio acaba teniendo lugar, es algo que solo se sabrá con el paso de los años. El corte de cuentas podrá hacerse en el futuro cuando venga otro inquilino del Vaticano, quizás dentro de tres décadas, bajo el supuesto de que los viajes papales mantengan la misma periodicidad observada hasta ahora.

El giro es posible. Quien lo dude no tiene más que darle un repaso a la evolución de la realidad colombiana desde 1986, cuando el entonces presidente Belisario Betancur recibió a Juan Pablo II en medio de circunstancias mucho más complejas que las actuales. Aparte de que la economía andaba por el carril lento y la inflación se mantenía en dos dígitos, la amenaza guerrillera estaba presente, junto con el enorme peligro que representaban los carteles del narcotráfico para las instituciones.

“Incorporar lo dicho por Francisco con respecto a la paz, la reconciliación y el cierre de brechas sociales, es algo indispensable”.

COMPARTIR EN TWITTER

Más de un ciudadano ha echado esas oscuras épocas al baúl de los recuerdos, pero vale la pena señalar que la tasa de asesinatos superaba los 50 por cada 100.000 habitantes, con una clara tendencia hacia el deterioro. Medellín ya encabezaba las clasificaciones mundiales como la ciudad más violenta del planeta, mientras que Pablo Escobar era la personificación del ‘patrón del mal’, como lo llamaría una serie televisiva después.

De regreso al 2017, es incuestionable que la Colombia de ahora es muy distinto. No solo la tasa de homicidios nacional es menos de la mitad, frente a la de 31 años atrás, sino que el progreso en materia económica y social es incuestionable. Medido en dólares corrientes, el Producto Interno Bruto se multiplicó ocho veces en ese lapso, mientras que el ingreso por habitante –ajustado por la paridad de compra– es cuatro veces mayor.

Al mismo tiempo, y por primera vez en la historia del país, el tamaño de la clase media supera al de la población por debajo de la línea de pobreza. Los índices de escolaridad o la esperanza de vida están más arriba que nunca. Incluso la informalidad laboral es la menor desde que se llevan estadísticas.

Semejantes logros no quieren decir que las cosas estén en su punto ideal. Falta un trecho inmenso para que los colombianos puedan decir que viven en una nación justa y próspera. El talante ampliamente pesimista que revelan las encuestas refleja la desesperanza ante la corrupción, la inseguridad ciudadana o la falta de credibilidad en los líderes políticos o los tres poderes públicos.

Sin embargo, un ejercicio de extrapolación muestra que para mediados del siglo, el país de entonces puede haber resuelto varios de los interrogantes más difíciles que enfrenta ahora. Pensar en la eliminación de la pobreza extrema, la existencia de una infraestructura decente o en que nuestra economía se asemeje a la de la España actual no es descabellado en absoluto.

Para que ello suceda, es obligatorio que las grandes divisiones que se ven hoy en día, queden atrás. Incorporar los mensajes principales del papa Francisco con respecto a la paz, la reconciliación y el cierre de las brechas entre los que mejor viven y los que no, es la manera de arrancar ese desafiante camino con el pie derecho.

Ricardo Ávila Pinto
ricavi@portafolio.co
@ravilapinto

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado