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Gabriel Rosas Vega

La codicia, signo de destrucción

Los límites de la economía mundial son nuevos y se derivan del tamaño sin prece- dentes de la poblac

Gabriel Rosas Vega
POR:
Gabriel Rosas Vega
marzo 09 de 2011
2011-03-09 11:55 p.m.
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Estaba listo para escribir una nota sobre la larga historia de la siempre frustrada reforma del sistema monetario internacional. No obstante, cuando me encontraba dispuesto a producirla, llegó a mi mesa de trabajo un artículo publicado en El País, de Madrid, escrito por Jeffrey Sachs, muy ilustrativo para los tiempos que corren. Por eso, aplacé el tema monetario y más bien me propuse hacer una versión de tal escrito.
Tomando como referencia una frase de Gandhi: “hay suficiente en la Tierra para las necesidades de todos, pero no suficiente para satisfacer la avaricia de todos”, el profesor sostiene que esta visión se está poniendo a prueba hoy, como nunca antes. En efecto, el mundo está alcanzando límites globales en el uso de los recursos y estamos sintiendo los golpes cada día en forma de inundaciones, sequías y tormentas catastróficas. Nuestro destino depende ahora de si cooperamos o somos víctimas de una codicia autodestructiva.
Los límites de la economía mundial son nuevos y se derivan del tamaño sin precedentes de la población y la expansión nunca vista del crecimiento económico en casi todo el planeta. En la actualidad, 7.000 millones de personas habitan la Tierra, en comparación con los 3.000 millones de hace medio siglo. Hoy, el promedio de ingreso per cápita es de 10.000 dólares; pero en el mundo desarrollado es de alrededor de 40.000 dólares y de unos 4.000 dólares en los países en desarrollo. Eso significa que la economía mundial está produciendo aproximadamente 70 billones de dólares por año, en comparación con 10 billones en 1960.
La economía de China está creciendo alrededor del 10 por ciento anual. India lo hace casi a la misma velocidad. África, por largo tiempo la región de crecimiento más lento, muestra una tasa promedio del 5 por ciento. En general, los países en desarrollo crecen al 7 por ciento anual y las economías avanzadas alrededor del 4,5 por ciento.
Sin embargo, hay otra cara de la moneda. La economía mundial crece a un 4,5 por ciento por año y, a ese ritmo, se dirige a duplicar su tamaño en menos de 20 años. La economía actual de 70 billones de dólares llegará a 140 billones antes del 2030 y a 280 billones antes del 2050.
El planeta no podrá sustentar físicamente este crecimiento exponencial si dejamos que la codicia tome la delantera. Incluso hoy, el peso de la economía mundial ya está aplastando la naturaleza, agotando rápidamente los suministros de recursos energéticos de combustibles fósiles, mientras que el cambio climático resultante ha conducido a una gran inestabilidad en función de precipitaciones, temperatura y tormentas extremas. La situación es muy preocupante. Por un lado, hay más bocas que alimentar y con mayor poder adquisitivo y, por otro, las olas de calor, sequías, inundaciones y otros desastres provocados por el cambio climático están destruyendo los cultivos y reduciendo la oferta de cereales en los mercados. El uso de aguas subterráneas se está agotando, tornando más agobiante el impacto de este recurso.
El desastre es inevitable, a menos que cambiemos. Si nuestras sociedades se rigen por el principio de la avaricia, con los ricos haciendo todo lo posible para enriquecerse aún más, la creciente falta de recursos producirá una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres y muy posiblemente a una lucha más violenta por la supervivencia. Así, entonces, la alternativa es un camino de cooperación política y social, a escala nacional e internacional.

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