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Gonzalo Restrepo L.
columnista

Es obligación de Colombia darle la talla a los niños

Las mediciones nos tienen que servir para decidir qué necesitamos hacer definitivamente diferente, y que requerimos asumir con total seriedad.

Gonzalo Restrepo L.
POR:
Gonzalo Restrepo L.
enero 10 de 2018
2018-01-10 08:17 p.m.
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Los resultados publicados de la Encuesta Nacional de la Situación Nutricional (Ensin 2015), muestran avances, pero también tareas que aún no se han asumido con la urgencia que revisten. Resaltamos como positiva la mejoría en la prevalencia de desnutrición crónica en niños de 0 a 4 años, que bajó 2,4 puntos porcentuales con respecto a la medición del 2010, al pasar de 13,2 a 10,8 por ciento. Sin duda, este ha sido un logro real del actual gobierno.

Conocemos las implicaciones y el complejo engranaje que se tiene que activar para mover cada milésima. Como líderes de la causa nacional Gen Cero –primera generación con cero desnutrición en menores de cinco años para el 2030–, nos enfrentamos cada día ante el desafío de reducir la cantidad en miles, del total de niños que en Colombia inician su existencia con un rezago letal: el hambre que no los deja desarrollar normalmente, y que si no se resuelve en los primeros 1.000 días de su existencia, impedirá su crecimiento adecuado.

Un menor con desnutrición crónica puede tener baja estatura con respecto a la edad. La talla que no es. Eso es lo notorio, porque lo que no se ve es lo que sucede con su cerebro, que no crece como debe por la falta de los alimentos adecuados y suficientes. El estado nutricional de nuestra primera infancia, visto en conjunto, tiene aspectos notorios por mejorar y otros tantos que no estamos alcanzando a ver bien como país.

Superado el escollo de no tener información, ahora la Ensin 2015 ratifica tristes evidencias que conocimos con la Encuesta Longitudinal Colombiana de la Universidad de los Andes (Elca), relacionadas con el momento de la vida, en las cuales la mayor afectación existe en cuanto a desnutrición crónica: de 0 a dos años, es decir, los primeros 1.000 días. Paradójicamente, es el lapso en el cual el impacto de la atención tendrá el mayor efecto si es integral, y oportuna.

Cabe reconocer que la desnutrición crónica mejora en todas las regiones, pero varias de ellas siguen teniendo una prevalencia alarmante, es decir, solamente están menos peor. Más inquietante que esto es constatar que las brechas entre niños del campo y la ciudad aumentan en vez de reducirse, y que el estado nutricional de los niños indígenas sigue igual de mal que en el 2010. Indicadores de que nos falta conexión real con los ejes para fomentar la prosperidad en el campo y la equidad como país.

Sin duda, las mediciones nos tienen que servir para decidir qué necesitamos hacer definitivamente diferente, y que requerimos asumir con total seriedad.

La nutrición infantil no puede seguir siendo subestimada o quedar relegada en los planes de desarrollo de los territorios. Como sociedad no podemos seguir siendo inferiores ante las necesidades apremiantes de la primera infancia. Tenemos que mostrar más voluntad y mejorar la pertinencia de las iniciativas.

Los niños merecen que les demos la talla con decisión.

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