1 / 7
Contenidos vistos este mes
Disfrute de contenido ilimitado sin costo
¿Ya tiene una cuenta? Ingrese
Ya completó los artículos del mes.
Sabemos que le gusta estar informado Disfrute de acceso ilimitado al contenido, boletines noticiosos y más beneficios sin costo.
¿Ya tiene una cuenta? Ingrese Volver a la portada

Capitalismo y democracia

Gustavo Valdivieso
POR:
Gustavo Valdivieso
marzo 27 de 2013
2013-03-27 05:43 a.m.

El último número de la revista Foreign Affairs incluye un artículo del profesor Jerry Muller sobre ‘Capitalismo y desigualdad’. En el que concluye, de manera predecible, que la desigualdad es inherente al capitalismo y que tratar de erradicarla puede ser, al mismo tiempo, “muy costoso y fútil”, pero también que es necesario reducirla mediante un razonable Estado de Bienestar, algo que en su país, Estados Unidos, gran parte de la población no acepta.

Menos comunes son varias de las reflexiones que hace Muller sobre las fuentes de la creciente desigualdad en sociedades desarrolladas: diferencias individuales, familiares y de grupo que no son eliminadas, sino potenciadas, por el acceso igual a educación, dado que individuos que proceden de ciertos contextos toman más ventaja de la educación que otros, por ejemplo, los hijos de padres menos educados o de familias más estables.

Pero más allá de su fuente, las conclusiones son claras: el Estado de Bienestar logró un “equilibrio temporal” en las sociedades capitalistas, en que el dinamismo del modelo económico no fue una grave fuente de inseguridad para los menos afortunados y, a cambio, los gritos de revolución perdieron impacto. Ese equilibrio temporal se está debilitando. La profundización de ese debilitamiento, si no se evita, producirá inestabilidad. En resumen: el capitalismo necesita niveles reducidos de desigualdad.

El capitalismo también necesita democracia, y democracia que no solo se reduce a elecciones, sino que incluye competencia real por el poder y cumplimiento de normas. Donde un grupo es dueño del poder político es perfectamente posible que condicione también la competencia económica, como lo vemos entre nuestros vecinos -y en ocasiones en la misma Colombia- cuando grandes fortunas se levantan con la complacencia del poder, aunque la oposición a ese poder puede llevar a la quiebra. Lo grave es que el mismo capitalismo, si genera desigualdad y empobrece a sectores amplios de la población, debilita la democracia (de este fenómeno abundan los ejemplos actuales).

Colombia tiene tanto capitalismo como democracia, pero necesita más de ambas cosas. Necesita más capitalismo en muchas regiones más allá de las grandes ciudades, donde hay poca presencia de la banca, pocas cadenas, pocas empresas pequeñas y medianas. Allí donde la inversión pública es el motor principal de la economía no hay verdadera competencia, y los políticos son al mismo tiempo los empresarios. Allí donde pocas empresas son las fuentes de riqueza ocurre algo similar. También necesitamos más democracia no solo en esas regiones marginadas, aunque principalmente en ellas, para cimentar su capitalismo en participación ciudadana, pérdida de miedo al poder -incluyendo el poder ilegal- y control ciudadano sobre la actividad económica.

Dinamizar los fiscos regionales, una propuesta que ya está sobre la mesa, ayuda a crear más capitalismo (si mayores ingresos se transforman en mayor inversión en diversos sectores) y mayor democracia, pues las discusiones sobre impuestos generan opinión pública. Se requieren, además, más empresas, ojalá empleos más estables -pues la inestabilidad reduce la participación- y una justicia más temida que desestimule la corrupción.

Esto nos permitirá un movimiento hacia el momento ideal del capitalismo: aquel en que los hombres y las mujeres no temen al poder, ni de los gobiernos ni de los oligopolios, y se sienten capaces de crear lo que quieran.

Gustavo Valdivieso

Nuestros columnistas

día a día
Lunes
martes
Miércoles
jueves
viernes
sábado