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Alí Babá y sus discípulos

El Estado colombiano se resiste a ser reformado; y cuando lo hace, como en el caso de la suspensión

Jaime Lopera
POR:
Jaime Lopera
marzo 08 de 2011
2011-03-08 12:19 a.m.

La parálisis por análisis parece estar contaminando hoy, como un virus de reciente data, a todas las oficinas de la administración pública. A medida que crecen las noticias sobre investigaciones y condenas sobre corrupción, y que la nueva ‘ley Vargas’ empieza a conocerse, miles de decisiones van en camino de estancarse. En consecuencia, los acuerdos para la prosperidad van a demorarse más de lo previsto.
Naturalmente, es mejor cuidarse: ‘cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar’. Pero las escandalosas y patéticas revelaciones de Semana sobre el carrusel de jubilaciones de magistrados del Consejo de la Judicatura indican que hay un grupo de malaconsejados que se han atrevido a desafiar a la opinión pública –no obstante las razones que quieran exhibir y el daño que están haciendo a los demás servidores públicos. Y la protesta sube de tono.
Cuando estos enormes disparates ocurren, con el rechazo unánime de la gente, los servidores públicos se están encargando, ellos mismos, de estimular la rebelión contra el Estado. Este se demerita y quienes lo encarnan, los gobiernos, también sobrellevan. De esta manera, la burocracia, que vive de la ubre presupuestal, es un enemigo interno dentro de la propia organización estatal que le solventa sus necesidades. Y ‘dormir con el enemigo’ propicia de inmediato la idea de erradicarlo, de echar a patadas a los causantes de semejante injusticia.
Bajo tales circunstancias, aun los más enconados enemigos del neoliberalismo llegarían a tolerar que muchas funciones públicas se entreguen a los privados. Saben que tampoco son inmunes al delito, pero la tercerización y las concesiones, y demás figuras operativas, cobrarían una vigencia inesperada; y, por cierto, a la vuelta de la esquina están esperando los gemelos del Convenio Andrés Bello, de los Iicas y demás excentricidades.
El Estado colombiano se resiste a ser reformado; y cuando lo hace, como en el caso de la suspensión de los tres ministerios en el Gobierno anterior, le van surgiendo nuevos tentáculos que succionan y triplican el presupuesto e incrementan las nóminas paralelas, como lo acaba de advertir la Red de Veedurías.
Milton Friedman explicaba que la resistencia de los sectores privilegiados origina lo que él llamó “la tiranía del status quo”: los grupos que se benefician con los subsidios y protecciones (empresarios, sindicalistas, campesinos), hacen causa común con los políticos que buscan sus votos y con los funcionarios públicos que viven de ello. Este es el famoso ‘triángulo de hierro’ que frena el cambio en todas partes.
Las cifras sobre la corrupción en Colombia son verdaderamente alarmantes: los aprendizajes del narcotráfico están allí, vivitos y coleando.
Pero la furia de los ciudadanos es creciente, mucho más cuando se sabe de miles de empleados públicos de las llamadas ‘ías’ que no dan pie con bola. Lo que enardece son los costos y la inutilidad de los organismos de control, ellos mismos atropellados por su incoherencia y sus disparates. Y es allí donde debe ocuparse con preferencia el Congreso y el Gobierno antes que venga la sedición.
Como Alí Babá no tiene quién lo vigile y se pasea orondo por los pasillos oficiales, hay que decir, en palabras de Sabato, que el pesimismo, para mantenerse vigoroso, necesita de otro impulso “producido por una nueva y fatal desilusión”. Con los magistrados electorales prosigue la nuestra.

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