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Jorge Mario Eastman Vélez

Guerra y paz

Jorge Mario Eastman Vélez
POR:
Jorge Mario Eastman Vélez
septiembre 01 de 2013
2013-09-01 11:48 p.m.
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Como en un juego de adolescentes mentirosos, los dirigentes del establecimiento colombiano desperdiciamos más de 40 años analizando, mañosa y epidérmicamente, la gravedad de nuestro conflicto armado. Con desinformación, casi calculada, la confrontación la resumimos a un simple enfrentamiento entre soldados regulares e insurgentes ‘sin causa’ (denominados, también, ‘bandoleros’ y ‘facinerosos’ por la ultraderecha a través de la llamada ‘mano negra’). La táctica del avestruz fue característica de nuestra estrategia cuando no la sibilina frase: “silencio (…) enfermo grave”. Cada quien de los que tuvimos algún cupo en la dirección del país, pública o privada, somos responsables, en mayor o menor grado, ya sea por acción u omisión.

Pensábamos y actuábamos sobre una base facilista: la ‘guerra’; aunque se desarrollaba en nuestro propio territorio, era un problema de ‘otros’ que había de resolverse, tarde o temprano, en nuestro favor y, por consiguiente, nada más obvio que sin ceder un ápice en nuestros privilegios. Olvidábamos que el 60 por ciento de nuestros compatriotas no satisface sus necesidades básicas. Continuábamos, de esta manera, alimentando el statu quo, escudados en la trajinada fórmula del Marqués de Lampedusa: cambiar, de forma que todo siga igual.

Se requiere, entonces, un alto en el camino con el fin de partir de una verdad bien difícil de aceptar: estamos en guerra no declarada, no conocemos al enemigo, ni siquiera a nosotros mismos, tal como lo recomendara Sun Tsu. Hasta llegar al convencimiento de que, por razones de múltiple índole –históricas, sociológicas, económicas y hasta geográficas–, ninguna de las partes se encuentra en condiciones de derrotar al adversario. Es decir, una especie de ‘empate de fuerzas’, para utilizar el lenguaje de los ‘violentólogos’.

A finales de los años noventa, el Gobierno tomó la iniciativa de aterrizar en la realidad y escoger: ‘guerra total’ o negociación política. Para optar por lo uno o lo otro, había que hacer a un lado la mitomanía y sentarse a dialogar, porque la paz es muy costosa, pero menos onerosa que la guerra y, además, no se logra sino a punta de concesiones mutuas. Esto, precisamente, es el comienzo de lo que hemos llamado el ‘Proceso de paz colombiano’, el mismo que hoy convoca, por diferentes razones, la atención y el interés inmediato de la comunidad internacional.

Al respecto, recogemos las palabras del constituyente de 1991 Otty Patiño, cuando afirma: “Construir una mesa de paz es construir un campo de vida para todos, superando la dualidad excluyente y antagónica de la guerra. Ello significa un reconocimiento del conflicto con una mirada distinta, donde no todas las dimensiones de este son contrarias, donde no todo es negociación, donde es posible que los actores de la vida y la muerte se miren de nuevo y descubran, en sí mismos, y en los otros, nuevas posibilidades de identidad y convivencia”.

Adenda: si Gina Parody tiene éxito en el Sena, será más temprano que tarde alcaldesa de Bogotá.

Jorge Mario Eastman Vélez

Exministro delegatario y exembajador de Colombia en EE. UU.

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