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Jorge Mario Eastman Vélez

¿Qué pasa con los sobornadores?

Jorge Mario Eastman Vélez
POR:
Jorge Mario Eastman Vélez
junio 23 de 2013
2013-06-23 09:48 p.m.
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En el 2004 –va para una década–, el fugaz secretario general de la OEA de apellido Rodríguez decidió entregarse a la justicia al entender que el engaño del asilo no era procedente.

Es muy posible que su huida de dos semanas la haya aprovechado para reacomodar tanto sus cuentas bancarias como las de sus compinches.

Los medios informativos de todo el planeta corrieron a condenarlo, pues las pruebas en su contra eran tan contundentes que no había que esperar el llamado debido proceso.

Sin embargo, resulta desconcertante y, hasta sospechoso, que muy pocos hayan acompañado sus señalamientos contra el delincuente con la condena pública a sus sobornadores.

Definitivamente, América Latina está siendo devorada por la corrupción, y, en caso de no reformar a fondo su sistema político, será inviable más temprano que tarde.

Ante situaciones como esta, Mauricio Botero consideró en Portafolio, con sobrada razón, que para los sobornadores el destino indicado es la Corte Penal Internacional.

En esta misma columna, bajo el título ‘El soborno transnacional’, con motivo de la bancarrota multimillonaria de la Enron, no vacilamos en calificar este delito como una especie de ojiva nuclear contra la estabilidad y ética democráticas de nuestro subcontinente.

Jugando al gato y al ratón, los dos máximos agentes de la corrupción, es decir, los sectores público y privado, han eludido siempre su responsabilidad compartida en el estado de podredumbre actual. Uno y otro se inculpan recíprocamente con el fin de concluir, cada cual a su manera, que esto de la corrupción es un pleito entre ‘buenos y malos’, léase el escándalo de Interbolsa.

En los países poderosos, ambos sectores obran con más alambicamiento y tortuosidad; en el subdesarrollo, por el contrario, delinquen a punta de zarpazos, al escampado, hasta en las cámaras legislativas. En los primeros existe una justicia relativa, pero temida y eficaz; en los segundos, si se habla con rigor, solo opera para los de ‘ruana’.

La gente del común, que es, al fin de cuentas, la víctima terminal, poco o nada puede hacer ante este tablero de ajedrez, porque el resultado casi siempre es el mismo: tablas y, luego, un aplazamiento eterno del debate.

No obstante, las cosas han empezado a cambiar desde que Albert Gore, por instrucciones del presidente Clinton, convocó en 1998 la primera conferencia en la historia sobre un tema mucho más que tabú: la corrupción oficial y, lo que no estaba previsto, su maridaje con renombradas empresas transnacionales. En esa ocasión fue cuando explotó la bomba, al descubrirse que el latrocinio generalizado de las esferas oficiales, a través de la ‘mordida’, la ‘coima’ y el ‘serrucho’, ha sido en connivencia con algunos a nivel presidencial: incluyendo criminales de guerra como Miloševi, genocidas como Pinochet, narcotraficantes como Fujimori y su siniestro siamés Montesinos y, en fin, con maestros del mercado de armas como Videla y Menem.

Adenda: la corrupción es el caldo de cultivo más preciado por el terrorismo.

Jorge Mario Eastman Vélez

Exministro delegatario y exembajador en EE. UU.

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