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Juan Benavides Estévez

Desarrollo del Casanare

Juan Benavides Estévez
POR:
Juan Benavides Estévez
abril 01 de 2014
2014-04-01 02:47 a.m.
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Con motivo de los debates presidenciales de hace 4 años, escribí un artículo de política pública sobre los principales retos institucionales del desarrollo de la Orinoquia. En ese texto se recordaba que esta región es un vasto territorio que ocupa la vertiente oriental de la cordillera de los Andes con un 30,4% del territorio nacional, que con una pendiente muy acentuada, llega rápidamente a un piedemonte fértil y luego a una llanura extensa.

El territorio se divide en dos grandes regiones separadas por el río Meta. La margen occidental, que incluye al Casanare, está formada por extensas llanuras inundables y concentran la actividad petrolera. La ganadería extensiva, que es una adaptación a las condiciones ecológicas (lluvias e inundaciones entre abril y octubre, sequías fuertes el resto del año), ocupa más del 85% del área del Casanare. El coeficiente Gini, basado en tierra para el Casanare en el 2004 era aproximadamente del 81% (muy desigual), del mismo orden de magnitud de los países con conflictos de tierras.

Por el pequeño tamaño del mercado interno y síntomas de enfermedad holandesa a nivel local por la producción de hidrocarburos, hay que darle un empujón a la agroindustria para llegar a los mercados domésticos y de exportación. Esto requiere seguridad, derechos de propiedad claros, infraestructura y nueva gobernanza. El posconflicto debe acomodar explotaciones que compensen por su escala las desventajas de fertilidad y las grandes distancias a los centros de consumo.

La creación de escala en la producción agropecuaria añadiría un segundo enclave a la región (la producción de hidrocarburos es el primero). Por otra parte, los enclaves deben hacer un enorme esfuerzo para generar capital social y aportar a la sostenibilidad ambiental de la región. El capital social se logra con la consolidación de productores de tamaño mediano, proveedores de insumos y servicios, el comercio y las universidades regionales. Esto se alcanza con alianzas concretas, con metas de largo plazo.

La sostenibilidad ambiental del Casanare requiere la reinvención de las intervenciones económicas en el territorio. Por un lado, las nuevas inversiones agroindustriales deben basarse en aceptar los ciclos del agua, usar investigación y desarrollo genético, reorientar las regalías para entender la hidrología y el funcionamiento de los ecosistemas, los posibles impactos del cambio climático, y aprender a gestionar el suelo. Por otro lado, las explotaciones de hidrocarburos pueden cofinanciar la creación de un tanque de pensamiento sobre recursos naturales y desarrollo local en la región, trayendo expertos mundiales que transfieran conocimientos prácticos de ingeniería y gestión ambiental de alto nivel, y aumenten el saber científico sobre los problemas ambientales.

Existe un galimatías institucional en el que varios ministerios sectoriales, los POT, los Pomca y las CAR tienen agendas contradictorias y traslapadas en su llegada al territorio. Tan triste como la muerte de miles de animales por la actual sequía del Casanare, es la avalancha de opiniones irresponsables y la actitud de los entes de control, buscando culpables. El desarrollo del Casanare requiere un acuerdo conceptual y fiscal entre las autoridades nacionales y regionales, la definición de un estilo de desarrollo basado en incentivos positivos para innovación y sostenibilidad, y una gobernanza que logre priorizar y gerenciar proyectos concretos, más allá de emitir normas, castigar a funcionarios públicos o multar a empresas visibles.

Juan Benavides

Analista

benavides.jm@gmail.com

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