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Juan Lucas Restrepo Ibiza
columnista

Agricultura ideológica

En la agroecología, la agricultura de precisión, los bioinsumos microbianos y otras aproximaciones, está el balance que andamos buscando. 

Juan Lucas Restrepo Ibiza
POR:
Juan Lucas Restrepo Ibiza
mayo 03 de 2017
2017-05-03 08:39 p.m.
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Emmanuel Macron es una luz de esperanza para que el próximo domingo los franceses -en su segunda vuelta presidencial- opten por el centro, y el mundo cuente con un nuevo líder que trate de hacerle contrapeso a los discursos intolerantes de las extremas derechas e izquierdas que pululan por estos días. En lo agrícola, pasa un poco lo mismo.
Pululan los discursos radicales frente a las formas de producción, cuando la sostenibilidad agrícola también está en el centro.

Los devotos de la agricultura orgánica son radicales y presentan su modelo como la fórmula salvadora, mientras que en la orilla opuesta los de la revolución verde solo ven posible alimentar la humanidad con su modelo intensivo en insumos de origen fósil.

Ni la una ni la otra. La agricultura orgánica es fantástica para atender mercados de nicho que están dispuestos a pagar más por su producción, o en situaciones particulares en las que logra acceder a insumos orgánicos abundantes y baratos. Pero no tiene, por lo menos aún, los niveles de eficiencia suficientes para asumir que se pueda tratar de una solución estructural para alimentar eficientemente a la humanidad.

Por otro lado, la revolución verde, que logró, afortunadamente, incrementos importantes en la productividad y la oferta de alimentos en las últimas décadas, es un modelo que se agota. Su uso indiscriminado de insumos no renovables tiene un límite. Sus tasas de mejora de la productividad son cada vez menores y sus efectos ambientales, en términos de degradación de recursos naturales, son negativos y acumulativos. Tampoco es el modelo que nos va a llevar a alimentar a 9.5 billones de humanos en el 2050.

Los devotos de las semillas nativas también, a veces, se encierran en un discurso antimonopolio y plantean que estos materiales de siembra son la gran solución, y, por otro lado, los seguidores de los transgénicos los venden como la panacea. Aquí también hay que buscar un balance.

Las semillas nativas o criollas son valiosas para ofrecerle al mercado productos diferenciados, en situaciones en las que modelos de producción bajos en insumos son convenientes económicamente, y son importantes en territorios en los que se asocian con tradiciones culturales particulares. Pero su productividad es baja frente a otras alternativas como las semillas mejoradas convencionales, por lo que no son una solución para todos.

Las semillas transgénicas tampoco son el remedio. Aunque, en la mayoría de casos, han demostrado ser seguras para los consumidores y disminuido la carga de agroquímicos en los sistemas productivos, los consumidores siguen teniendo prevenciones frente a ellas, que serán difíciles de superar. Igualmente, cada día es más frecuente ver cómo las plagas, las enfermedades y las malezas frente a las que fueron diseñadas, van generando resistencia frente a estas tecnologías y teniendo nuevos problemas.

Hay dogmas, también, con un toque de irracionalidad, que enfrentan los modelos productivos de pequeños productores, a los que etiquetan como ‘campesinos’, y grandes productores, mal llamados ‘agroindustriales’, como si ambos tipos de producción no fueran complementarios y necesarios.

El centro en agricultura se escribe con C de conocimiento. La ciencia es la que tiene que brindar las soluciones para alimentarnos eficientemente y proteger los recursos naturales para generaciones futuras. En la agroecología, la agricultura de precisión, la edición genética, los bioinsumos microbianos y otras aproximaciones, está el balance que andamos buscando. Sin dogmas. ¡Suerte Emmanuel!

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