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Marcela Junguito Camacho
Columnista

Don Agustín, el visionario de la escuela nueva

Ojalá no tengamos que esperar un siglo más para que estos principios de la educación al fin se cumplan.

Marcela Junguito Camacho
POR:
Marcela Junguito Camacho
septiembre 25 de 2017
2017-09-25 08:50 p.m.
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La semana pasada asistí a la cumbre Líderes por la Educación, y lo que allí oí me recordó lo que hace más de un siglo propuso Don Agustín Nieto Caballero para la educación del país. Los conferencistas hablaron de paz, sentido de comunidad, bienestar y aprendizaje, temas todos que ese visionario de la escuela nueva ya desarrollaba apenas iniciado el siglo XX.

En el evento se dijo que la educación nos puede acercar a la paz. Educar es, en el más amplio sentido de la palabra, formar ciudadanos. En el marco de nuestro contexto actual, ese ejercicio debe apuntar a crear renovadas y, hasta ahora, inéditas ciudadanías. Decía Don Agustín que “el buen ciudadano debe representar una fuerza que ayude a levantar el espíritu de la sociedad”. Pienso que la fuerza de ese buen ciudadano o ciudadana residirá en su capacidad de convivir con el otro, entre más distinto y distante, mejor oportunidad ofrecerá para que aprendamos de nuevo a hacer comunidad.

Se explicó también que el bienestar de los estudiantes impacta positivamente su desempeño académico y su vida en general. Ya Don Agustín hablaba de una formación holística, en la cual el aire libre, la naturaleza, el contacto directo con los fenómenos estudiados y el interés de los estudiantes eran, en su opinión, la clave del aprendizaje: “La escuela nueva (…) ha creado el tipo de vida natural y sana que ha guiado nuestros pasos: una vida activa y alegre, animada en todo momento por trabajos y juegos en consonancia con los intereses vitales y permanentes de la niñez y la juventud”.

Esa idea de aprender haciendo, tan de moda hoy, ya estaba clara en la visión de Don Agustín: “Dewey ha dicho que la escuela antigua era la escuela de la gente sentada, y que esta escuela nueva es la de la gente que se mueve. Lo de antes era un auditorio; lo de hoy es un laboratorio. Antes se escuchaba; ahora se trabaja. Se comenzaba antes por presentar la palabra, luego la imagen, por último el objeto. No se llegaba siquiera a la actividad, al experimento. Ahora la experiencia –el contacto con el objeto– es lo primero. Viene luego lo demás”. Cuánto tiempo hubiéramos ganado de haber seguido todos las enseñanzas de Don Agustín.

Se habló también sobre enseñar a los estudiantes a pensar y en fomentar el gusto por el aprendizaje como dos pilares de la enseñanza. Acerca de esto, escribía Don Agustín: “La escuela nueva no busca resultados inmediatos, no prepara gente para sorprender a los incautos el día de un examen de fin de año. Su norma, olvidado o no en parte lo aprendido, es la de asegurar que en el individuo quede la disciplina del aprendizaje” (42).
Y aún: “La escuela vieja se contentaba con instruir, ¡y de qué modo! Era la del magister dixit. En la nueva está el educador, más preocupado por hacer pensar y discurrir a sus alumnos, de enseñarles a estudiar y a aprender, que de transmitirles conocimientos inmodificables” (45). Ojalá no tengamos que esperar un siglo más para que estos principios de la educación al fin se cumplan.

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