La sal y el oro | Opinión | Portafolio
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Mauricio Cabrera Galvis

La sal y el oro

El problema no es que la regalía de la sal sea muy alta. Lo absurdo, inexplicable e inequitativo es

Mauricio Cabrera Galvis
POR:
Mauricio Cabrera Galvis
marzo 08 de 2011
2011-03-08 12:12 a.m.
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En la época de los chibchas, la sal era igual o más importante que el oro. De hecho, en el altiplano cundiboyacense no había ningún yacimiento de oro, de manera que todos los adornos y el polvo de oro que cubrían al cacique de Guatavita cuando se sumergía en la laguna del mismo nombre eran hechos con material importado que se conseguía mediante trueque con tribus de otras regiones, a las que les pagaban con panes de sal. Se dice que Jiménez de Quesada encontró estos panes en poblados del Río Grande de la Magdalena, y siguiendo la ruta de la sal llegó a la Sabana de Bogotá.
Aunque parezca increíble, hoy en día el Estado colombiano sigue pensando que la sal es más valiosa que el oro, y sigue actuando como el Zipa, cuya principal fuente de riqueza eran los impuestos a las minas de sal Zipaquirá, Nemocón, Sesquilé y Tausa. Sólo así se explica que la explotación de la sal tenga que pagar hoy una regalía más alta que la del oro, la plata y cualquier otro mineral.
Como se sabe, las regalías son la contraprestación económica que recibe el Estado por la explotación de un recurso natural no renovable. Para los minerales preciosos se determina sobre el valor de la producción en boca de mina así: para el oro y para la plata el 4 por ciento, para el platino el 5 por ciento y para el oro en aluvión el 6 por ciento. Para la liquidación de regalías, el valor del gramo oro, plata y platino, en boca de mina, es del 80 por ciento del precio internacional promedio del último mes.
Siguiendo la tradición chibcha, la sal es más valiosa que el oro, razón por la cual la regalía para la extracción de sal, tanto terrestre como marítima, es del 12 por ciento del valor de la producción en boca de mina, es decir, el triple que la de los minerales preciosos. Un indígena wayuu, que apenas subsiste sacando sal en las salinas de Manaure, paga más regalías que lo que pagaría la Greystar si el Gobierno comete la estupidez de concederle licencia para destruir el páramo de Santurbán y las fuentes de agua de Santander.
El problema no es que la regalía de la sal sea muy alta, pues la actual no desestimula la producción. Lo absurdo, inexplicable e inequitativo es que la tarifa de la regalía del oro sea tan baja, sea la misma para cualquier volumen de producción y no aumente con el precio del mineral. En 10 años, el precio de la onza troy de oro ha pasado de 270 a 1.400 dólares, y la tarifa de la regalía sigue siendo la misma, o sea que de la bonanza de precios a Colombia sólo le han tocado las migajas.
A la explotación del oro se le debería imponer un esquema de regalías similar al del petróleo. En este caso, la compañía petrolera tiene que ceder una parte de la producción al Estado, que puede llegar hasta el 50 por ciento; la regalía va del 8 al 25 por ciento dependiendo del tamaño de la producción, y tiene que ceder entre el 30 y el 50 por ciento del incremento de los precios. Estas condiciones no son de la Venezuela del socialismo del siglo XXI, sino de la ronda Colombia del 2010, y no espantaron a los inversionistas.
Adenda: en las pasadas elecciones presidenciales el Partido Verde rechazó cualquier alianza con el Partido Liberal y el Polo, a pesar de sus afinidades programáticas. Para la Alcaldía de Bogotá, Peñalosa acepta gustoso el apoyo electoral de Uribe a pesar de las profundas diferencias ideológicas y éticas que ha denunciado Mockus. Si la sal se corrompe…

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