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Óscar Mendoza P.

Lecciones de los ‘burros’ con plata

Óscar Mendoza P.
POR:
Óscar Mendoza P.
diciembre 20 de 2013
2013-12-20 01:04 a.m.
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Desde pequeño he escuchado esta frase en diferentes escenarios: ‘ese es un burro con plata’. Siempre me causó curiosidad cuál era el punto de enlace entre el semoviente y el metálico. Y, sobre todo, porque a veces la frase iba acompañada de ese tonito burlón que en comunicación pesa más que la palabra y es menos poderoso que el lenguaje no verbal.

Que ‘no pasaron por una universidad’. La mayoría se ha graduado con honores en la universidad de la vida, empezando su aprendizaje del quehacer productivo desde la niñez. También he conocido gente con muchos títulos y estudios que no son capaces de ganarle al mercado ni un peso en actividades diferentes a la empleabilidad y un escritorio.

Que ‘fulano de tal no sabe ni firmar, ni leer, ni escribir’. Estoy seguro de que lo hacen de una manera diferente, porque si algo saben es ‘leer’ el mercado, identificar las oportunidades de negocio, entender las necesidades insatisfechas de los clientes y montar negocios donde a ningún letrado se le ha ocurrido, desarrollando habilidades extrañas para muchos, como la intuición o el sentido común.

Que ‘mire cómo se visten, dónde viven o el carro que usan’. En una sociedad en la cual es más importante parecer que ser, este estoicismo combinado con una buena dosis de ‘me importa cinco lo que piensen de mí’ es, sencillamente, encantador. No perciben ningún valor agregado en gastarse 300 mil pesos semanales en ‘tanquear’ una camioneta de 4.000 cc; competir con otros papás a ver cuál pagó el bono más caro de colegio; tener un potrero como casa en un estrato alto, con sobrecosto de administración, servicios e impuestos; usar ropa de marca; vivir pendiente del Facebook del vecino, pagar el mercado con una colección de tarjetas de crédito; dormir con el smartphone en vibrador debajo de su almohada, o buscarse un empleo para tener que ‘marcar’ tarjeta y recibir órdenes. Indudablemente, hoy son bichos raros.

Saben desde jóvenes que gusto es sinónimo de gasto y que, por ende, los gustos se pagan con las utilidades y no con el capital. No les creyeron mucho a las abuelas que decían ‘tener casa no es riqueza, pero no tenerla qué pobreza’, a diferencia de 20 millones de colombianos que sí creímos en la historia. Para ellos, comprar es enterrar el capital de trabajo. Porque eso es el efectivo, capital de trabajo, para invertir, trabajar y multiplicar. Saben que el mayor desperdicio son los intereses que en exceso cobran los actores del sistema financiero, en un modelo anacrónico que hoy tiene a cerca de la mitad de la humanidad en condiciones de pobreza. Por eso pagan de contado. Y todavía usan la alcancía. Saben que el nombre del juego es trabajando, ahorrando y arriesgando. Saben que esos negocios al estilo InterBolsa, de alta rentabilidad y bajo riesgo, no existen. No comen entero. Tienen plan b. Siempre trabajan con los sectores más dinámicos de la economía y desinvierten en cuestión de días protegiendo su capital. Definitivamente, los burros somos otros.

Óscar Mendoza

Consultor empresarial

omendoza@constructordesuenos.com

 

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