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Educación superior de calidad

La educación superior tiene que ser una herramienta para cerrar brechas sociales.

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julio 12 de 2017
2017-07-12 09:25 p.m.
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La mejor forma para un Estado de reducir la desigualdad social y regional es brindar acceso equitativo a oportunidades de movilidad social para toda la población. Esta igualdad depende, de manera esencial, de la calidad de la educación recibida por los ciudadanos. En términos de educación superior, el sistema de control de calidad en Colombia está compuesto de dos niveles: uno obligatorio, llamado ‘Registro Calificado’, y uno voluntario con el que se reconoce el esfuerzo por alcanzar la alta calidad, denominado ‘Acreditación’. El Consejo Nacional de Acreditación (CNA) coordina este último.

Las tendencias observadas en el esquema de acreditación son agridulces. Por un lado, después de 19 años de implementación, 47 instituciones y 1.030 programas han sido acreditados –lo que representa 16 y 13 por ciento del total, respectivamente–, el modelo es reconocido por el sistema colombiano, y el CNA se ha ganado una merecida reputación a nivel nacional e internacional, donde cuenta con la prestigiosa certificación Inqaahe.

No obstante, su cobertura, lejos de ser homogénea, no reconoce la diversidad: mientras 38 de las 82 universidades son acreditadas, solo 9 de las 207 instituciones restantes han alcanzado este status. En términos regionales, el panorama no es mejor, dado que menos del 2 por ciento de los municipios del país cuentan con una institución acreditada. Además, el modelo está mostrando signos de saturación, como lo evidencia la caída en la entrada de nuevos programas y la creciente tasa de negación (ver Tendencia Económica #172 de Fedesarrollo).

El modelo de acreditación está basado en una lógica única y flexible que define, de manera general, los criterios de evaluación, pero deja a discrecionalidad de las instituciones el establecimiento de metas para su proceso de mejoramiento y autoevaluación. Aunque este modelo fue muy pertinente para las etapas iniciales del sistema e incentiva un proceso autónomo de mejoramiento, en la práctica ha otorgado mucha discrecionalidad y ha generado que se instale un solo concepto de calidad en los pares evaluadores y en los consejeros: la universidad de investigación.

El CNA debe asumir su rol de guía de la calidad, y ser capaz de dar línea a todo un sistema diversificado y heterogéneo. Recientemente, se han hecho avances importantes como la incorporación de un octavo consejero para programas técnicos y tecnológicos, el esfuerzo de valoración de la totalidad de licenciaturas y la incipiente construcción de lineamientos diferenciados para la formación virtual y a distancia.

Pero el modelo debe repensarse para capturar y entender la diversidad de la educación superior en el país, separarse del concepto unívoco de universidad de investigación y resaltar los esfuerzos que hacen las demás instituciones, en particular las regionales, en sus otras dos funciones misionales, la docencia y la extensión. Podría pensarse en un nuevo modelo que otorgara de una a tres estrellas, dependiendo de cuántas funciones misionales pueden ser acreditadas por el CNA, y cambiar el objeto de evaluación, de procesos a resultados del aprendizaje. O crearse otro nivel ‘plus’ de acreditación, que le demande a las universidades con acreditación de 10 años, a las que el sistema ya les quedó pequeño, mayor esfuerzo de mejoramiento y proyección internacional para alcanzar un nivel máximo de acreditación.

La educación superior tiene que ser una herramienta para cerrar brechas sociales, por lo que la meta final de todo sistema de calidad debe ser incentivar el mejoramiento continuo de forma diferenciada para la totalidad de la oferta de educación superior del país, sin importar su nivel, metodología o ubicación geográfica.

David Forero
Investigador de Fedesarrollo

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