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El galeno Marín

Suena bien eso de tenerla clara, de saber, sin titubeos, el qué y el para qué. Pero para muchos no es tarea fácil.

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mayo 18 de 2017
2017-05-18 09:00 p.m.
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“Galeno, galeno, tu vas a ser galeno…”, le susurraba al oído todas las noches su padre, acercándose a la cama mientras Deimer dormía, deseando que fuera médico cuando grande. Y así fue. Deimer estudió medicina en la Universidad Libre de Barranquilla. El día del grado, su papá se subió a la tarima con él para celebrar el acontecimiento, que era como cumplir un sueño paternal.

Deimer Marín nació en el Tablazo, Guajira, el 12 de septiembre de 1964. Desde niño participó en festivales vallenatos de la costa norte de Colombia y se ganó varios premios, como el Festival Sabanero de Sincelejo o el Festival del Retorno. Llevaba la música en el alma y en los huesos.

El eco de las palabras de su padre lo llevó a ejercer como médico por unos años. Sin embargo, al poco tiempo, abandonó el oficio y se dedicó a la política. Pero cuando se vio enfrentado con la decisión de hacer carrera limpiamente o ser un corrupto más –según me dijo un día en la calle–, decidió cambiar de profesión de nuevo. Se dedicó a la música, que era su pasión. Y desde esa época se convirtió en reconocido intérprete y compositor.
Y con su música, con ese tono vivaz y prosa caribe, ha hecho gran bien a muchos pacientes del corazón, más bien del que hubiera hecho como galeno. Porque la pasión por el oficio, cualquiera sea, irradia a los demás y contagia su nobleza.

Ken Robinson lo llama El Elemento (2010), aquel motor interior que nos lleva a encontrar espacios y situaciones en los que fluimos de modo natural y realizamos actividades con alto nivel de competencia y profesionalismo. Ese es el secreto, según Robinson: que cada persona encuentre su elemento y, una vez allí, fluir en armonía con la vida, con lo que somos y podemos dar. Otros llaman a eso vocación, el llamado interior para el cual se supone que estamos hechos o predestinados.

Pero la cosa no es tan fácil. A veces encontramos nuestro oficio, lo que nos mueve, lo que nos ilusiona, y eso hace una gran diferencia. Pero no todo es armonía, no puede serlo. La pendiente sigue siendo larga, porque alrededor la vida es compleja. Incluso, hay algunos como yo que no tenemos claro para qué estamos acá en la tierra o qué es lo que realmente nos mueve. Mejor dicho, hay a quienes nos cuesta más eso de encontrar el elemento; nos tardamos años; incluso, sospecho, hay varias cosas o razones que nos mueven al mismo tiempo y es posible que nuestra esencia sea el diletantismo de saberes u oficios.

Sin duda, suena bien eso de tenerla clara, de saber sin titubeos el qué y el para qué. Pero para muchos no es tarea fácil. ¿Quiere eso decir que estamos perdidos? Sospecho que no. Creo que esa condición nos puede dar un poco más de prudencia y perspectiva ante los que se consideran convencidos y apasionados por lo que hacen. Creo que podemos ayudar a curar corazones desde diversas aptitudes. Podemos aportar desde una posición escéptica, cartesiana, si se quiere. La existencia de dudas no impide saber que hay diversas formas, no retóricas, de salvar vidas o mejorar de forma discreta la existencia de alguien.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia

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