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Las estrellas del almirante

La batalla por recuperar la honra se libra con la determinación de contar la historia de nuevo, con el apoyo y confianza de los que se tiene cerca.

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junio 15 de 2017
2017-06-15 10:39 p.m.
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En la lápida del Almirante Kimmel, en el cementerio de la Academia Naval de Maryland, hay gravadas cuatro estrellas que colocaron sus familiares al momento de su muerte. Las mismas que le fueron arrebatadas en 1941 cuando el gobierno de Estados Unidos le pidió la baja, luego del ataque a Pearl Harbor. El 7 de diciembre de ese año, Japón lanzó el ataque al puerto que acabó con la vida de 2.403 personas y averió 19 buques, incluyendo 8 acorazados.

Kimmel era, entonces, comandante de la Flota de Estados Unidos. Diez días después, la Comisión Roberts, convocada por el presidente Roosevelt, determinó que era culpable por error de juicio y negligencia en el cumplimiento del deber. Fue despojado del mando y le fueron retiradas sus estrellas.

Según Summers y Swam (2106), la Comisión Roberts no fue una corte marcial, sino una comisión investigadora que se dedicó a buscar evidencias para acusar al oficial, violando el debido proceso. El gobierno de EE. UU. consiguió un chivo expiatorio con el fin de ocultar una confabulación para que Roosevelt le declarara la guerra a Alemania, Italia y Japón.

Hay evidencias de que las interceptaciones de las comunicaciones japonesas habían sido decodificadas desde un tiempo atrás. El gobierno americano conocía con anterioridad la inminencia del ataque, así como la fecha en que ocurriría. Los historiadores sostienen que se cometió una injusticia. De esa manera, junto con las estrellas, el honor de Kimmel se desvaneció. Y así murió, sin la posibilidad de recuperar su honra.

Al almirante le arrebató el honor un ardid político. A muchos otros, a tantos otros más cercanos, la injuria y la calumnia en el debate público, un fallo judicial amañado, los medios de comunicación o las redes sociales con acusaciones temerarias. Es una pelea desigual, en la cual quien golpea primero, tiene el eco fácil de la proclama mediática, de la sospecha inicial, de la onda expansiva de los ciudadanos que dudamos de casi todo.

De allí que sea tan difícil restituir la honra. Sembrada la duda, la prueba en contrario requiere un esfuerzo mayor que casi nunca es correspondido por el cubrimiento mediático de la acusación, ni proporcionalmente resarcido por quienes promovieron la difamación.

El honor, aquel sentimiento de dignidad propia ante el deber, esa cualidad moral íntima, no se recupera fácilmente. Es quizá algo parecido a una violación. No hay forma de volver al estado inicial y lo único que queda es el amor propio para sobrellevar el impacto emocional. Ni si quiera un fallo judicial posterior ni una compensación económica. Nada, absolutamente nada, hace que la situación sea como antes.

Supongo que esa misma frustración fue la que animó a Rodrigo Díaz, El Cid, cerca del año 1200, a escribir 3.735 versos. Su cantar es un poema épico que narra el tortuoso proceso de recuperación de su honra perdida, a causa de la intriga de mentirosos que llevaron al rey a confiscar sus heredades en Vivar.

La persistencia y el coraje de algunos es lo único que permite aliviar lo que les fue arrebatado. La batalla por recuperar la honra se libra con la determinación de contar la historia de nuevo, con el apoyo y confianza de los que se tiene cerca. Y, a veces, también con mucha prosa y algo de poesía.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia

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