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La necesidad del ritual

No todos los ritos son aceptables. Pero cuando son genuinos y respetuosos, permimiten reivindicar el valor intrínseco de los actos que representan. 

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agosto 23 de 2018
2018-08-23 08:45 p.m.
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Todos tenemos nuestro truco. Aquel por medio del cual hacemos que los instantes de la vida adquieran sabor, tengan sentido. La forma como preparamos el café en las mañanas o destapamos una botella de vino a la hora de la cena; la manera como agarramos el libro y prendemos la luz para leer o nos acomodamos para ver una película en Netflix; los instantes de calentamiento antes de iniciar el recorrido en bicicleta o trotar diez kilómetros, y así con las manías de cada quien.

En los oficios pasa algo similar. Mason Currey recoge muchos de los comportamientos de escritores, artistas, científicos e inventores en su libro acerca del tema, publicado en 2014, Rituales Cotidianos. Cada escritor se inventa su propio ritual. Truman Capote, por ejemplo, escribía unas cuatro horas al día y realizaba dos versiones a lápiz antes de mecanografiar el manuscrito definitivo. Escribía en la cama y en el cenicero no podía dejar tres colillas al mismo tiempo.

En ocasiones, el ritual se convierte en algo indispensable, así como la búsqueda es la que da verdadero sentido al encuentro. Los ritos que enmarcan una ceremonia, son lo escalones que van llevando al momento culminante. Su valor radica en ser la manifestación exterior, simbólica, de un acontecimiento en el cual creemos o al que otorgamos un profundo valor intrínseco. Son el atuendo y la prosa que engalanan la celebración, un sacramento, el aniversario, un acto solemne.

Los grandes emprendimientos de la humanidad siempre han tenido un enorme valor intrínseco que los lleva a convertirse en imperios, conglomerados, o ideologías. Casi siempre acompañados de rituales y símbolos que otorgan enorme poder persuasivo y de pertenencia. Las banderas, los himnos, el lenguaje, la forma de saludar, los uniformes o atavíos. Pero los imperios y las grandes empresas se derrumban cuando, ya establecidos, sus objetivos iniciales son olvidados y reemplazados por vagos comportamientos y actitudes superfluas.

Lo mismo ocurre a veces con ceremonias religiosas o civiles, con la toga de los jueces y la función resolutoria de conflictos de las cortes, con la autoridad doctrinaria de los maestros, con la labor de curar a los enfermos de los médicos. Cuando pierden su sentido intrínseco, el ritual se convierte en rutina.

Nada más despreciable que aquellos ritos vacíos de contenido y llevados a cabo por alguien que no cree en ellos, como quien va a un funeral a conversar ruidosamente sin reparar en el dolor ajeno, como quien funge de representante de Dios en la tierra y es un depredador sexual, como quien habla de transparencia en un acto político y roba a dos manos.

No todos los ritos son aceptables, como los que involucran la degradación de las personas que participan en ellos. Pero cuando son genuinos y respetuosos, permiten reivindicar el valor intrínseco de los actos que representan. De esa manera trascienden el acto físico o material que los define, como lo hace una buena taza de café que se convierte en el primer momento memorable del día.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia
jaimebermu@gmail.com

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