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Raquel Bernal Salazar
Análisis

La brecha de género: de superhéroes y princesas

De manera explícita e implícita, es crítico que los padres y los educadores promovamos la igualdad en nuestros hijos, para que sean neutros al género.

Raquel Bernal Salazar
Opinión
POR:
Raquel Bernal Salazar
julio 12 de 2017
2017-07-12 09:39 p.m.
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Ya es bien conocida la brecha de género en el mercado laboral, tanto en términos de participación laboral, como en salarios. En Latinoamérica, solo la mitad de las mujeres en edad de trabajar participan en el mercado laboral, y llegan a ganar hasta 25 por ciento menos que sus pares masculinos con características similares. En algunas disciplinas y carreras, el problema se ha exacerbado en vez de haber mejorado con el paso del tiempo. Este es el caso de los académicos, particularmente en las áreas de economía, ingeniería y sistemas. Una profesora titular en Economía, ganaba 95 por ciento del salario de su par masculino, con características similares en 1995, y 75 por ciento en el 2015.

Se ha argumentado que estas brechas de género podrían estar relacionadas con diferencias en ventajas comparativas, brechas de productividad, diferencias biológicas y de preferencias, o discriminación. Ninguna de estas teorías ha encontrado suficiente sustento empírico. Las brechas de género se exacerban durante la etapa de fecundidad activa de las mujeres y podrían estar relacionadas con la mayor carga asociada con el embarazo, parto, lactancia y responsabilidad en el cuidado de los hijos.

Varios países han implementado políticas de familia que son neutras al género, con el propósito de disminuir estas brechas, como la elegibilidad de licencia parental tanto para padres como para madres en igualdad de condiciones. En teoría, estas políticas podrían contribuir a la solución, al reducir el estigma relacionado con la utilización de esta licencia solo por parte de las mujeres. Sin embargo, la evidencia sobre la efectividad de estas políticas es mixta. Por ejemplo, un estudio de Heather Antecol, Kelly Bedard y Jenna Stearns, muestra que las políticas parentales implementadas en universidades americanas y, en particular, en departamentos de Economía, tuvieron efectos adversos sobre las profesoras jóvenes. En la academia americana, un profesor asistente tiene un máximo de seis años antes de ser evaluado para posible promoción a profesor asociado.
De no ser ascendido, pierde su empleo en esa institución. La política en cuestión establece que estos seis años se pueden extender un año por cada hijo nacido durante este periodo. El estudio muestra que a partir de la implementación de esta política, los profesores asistentes hombres que la tomaban tenían una probabilidad 19 puntos porcentuales mayor de ser promovido a profesor asociado en su primer empleo, mientras que las mujeres que tomaban el beneficio tenían una posibilidad de 22 puntos porcentuales más baja de lograrlo.

La política exhibe una clara asimetría, pues las mujeres que accedían al beneficio acarrean gran parte de los costos del nacimiento del hijo, pero la ayuda es idéntica para padres y madres. Este ejemplo particular tiene evidentes problemas de diseño, pero, en principio, las políticas neutras al género podrían tener los efectos esperados si están bien planteadas.

Sin embargo, la prescripción de política sigue siendo esquiva. No sorprendentemente, creo que la solución está en la atenuación de estereotipos de género desde la primera infancia. Con frecuencia, encuentro a las niñas en el regazo de la maestra y a los niños dispersos explorando los espacios del aula cuando visito jardines infantiles en Colombia.
Observo a las niñas jugando con las muñecas y a los niños con los bloques de construcción. Los padres tenemos gran responsabilidad en la formación de estos estereotipos y lo que se considera ‘adecuado’ por género. El niño resiste el golpe de la caída, pero la niña no, la niña se disfraza de princesa y el niño de súper héroe, las niñas hacen piñatas de spa y los niños de fútbol. Los padres y los maestros de primera infancia debemos cambiar estos comportamientos. Tanto niños como niñas deben embarrarse, jugar con bloques, escalar, experimentar, y está bien si se lastiman al jugar, y también que lloren o que no lloren.

Un estudio reciente, publicado en la revista Experimental Child Psychology, mostró que los jardines infantiles con claras metodologías neutras al género, en Suecia, dan como resultado niños que son más neutros al género (no distinguen actividades femeninas de masculinas) y no segregan por género al jugar. También es claro que los niños aprenden por observación más que por instrucción. Otro análisis de Kathleen McGinn, Mayra Ruiz y Elizabeth Long Lingo, indica que las hijas de madres trabajadoras tienen mayores probabilidades de estar empleadas durante la adultez, tener cargos ejecutivos y ganar más que las hijas de madres no trabajadoras. De la misma manera, es más probable que los hijos de madres trabajadoras pasen tiempo con sus hijos y a cargo de labores domésticas que los hijos de madres no trabajadoras. De manera explícita e implícita, es crítico que los padres y los educadores promovamos la igualdad en nuestros chiquitos para que ellos, durante la adultez, puedan ser realmente neutros al género.

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