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Crisis del mundo árabe: desafío diplomático

Dada su condición de miembro del Consejo de Seguridad, Colombia no puede ser un espectador distante

Redacción Portafolio
POR:
Redacción Portafolio
marzo 10 de 2011
2011-03-10 11:47 p.m.

Hasta hace dos meses el mundo árabe era casi un terreno inexplorado en la agenda mediática colombiana. Sin embargo, la magnitud de la crisis desatada en Túnez y la comprobada capacidad de réplica de las movilizaciones de la sociedad civil hicieron ineludible la aproximación a esta parte del mundo. Pese a la ‘euforia revolucionaria’, el derrocamiento de mandatarios fue sólo el comienzo, por lo cual el análisis de estos temas no será una tarea coyuntural para la academia y los medios, menos aún para la diplomacia colombiana.
Dada su condición de miembro del Consejo de Seguridad, Colombia no puede ser un espectador distante de los hechos que hoy convulsionan a los países árabes. Por el contrario, enfrenta el reto de asumir posiciones coherentes, así como de impulsar debates sobre las posibles estrategias que permitan un liderazgo de la Organización, en la resolución de las crisis y en el acompañamiento al proceso de transición política de estos países; para ello, sería necesario el concurso de sus diferentes agencias.
Este reto se hará aún mayor en el mes de abril, cuando Colombia asuma la presidencia del citado Consejo. La agenda propuesta para este escenario resalta como uno de sus temas prioritarios la consolidación de la paz, integrando los conceptos de seguridad y desarrollo. Aunque la propuesta colombiana está dirigida a la configuración de unas misiones de desarrollo para Haití, es posible pensar que la ‘agenda de desarrollo’ orientada a una construcción institucional pudiese llegar a ser replicable en otros contextos. Quizá incorporando dicha estrategia al acompañamiento que Naciones Unidas brinda a los países árabes sumados a esta llamada ‘ola de revoluciones’ en su tránsito a la democracia.
En momentos de crisis y profundas transformaciones como los que hoy experimenta el mundo árabe, se manifiesta una exigencia o al menos una expectativa de la comunidad internacional frente a la actuación de Naciones Unidas. La funcionalidad y la eficacia de la Organización han sido puestas en entredicho en múltiples ocasiones; Kosovo, Sierra Leona, Sudán, por citar sólo unos casos; por ello, una vez más se reclaman respuestas efectivas del multilateralismo.
Libia es hoy un capítulo urgente en la agenda del Consejo de Seguridad, por lo que la diplomacia colombiana tendrá que asumir una posición clara en los debates que allí se desarrollen. Promover la aplicación efectiva de las sanciones y motivar en los países latinoamericanos, no sólo el rechazo, sino el total aislamiento político al régimen libio por la violación a los derechos fundamentales de su pueblo, son algunos de los compromisos de nuestro país.
Además de la aplicación de sanciones, la diplomacia colombiana deberá valorar un concepto básico, cuya efectividad ha sido cuestionada en la agenda de seguridad de Naciones Unidas, se trata de la ‘responsabilidad de proteger’. Este concepto, que se propone en el 2004 a través del documento ‘Un mundo más seguro: la responsabilidad que compartimos’ por el Grupo de Alto Nivel sobre las amenazas, los desafíos y el cambio, convocado por el entonces secretario general Kofi Annan, resalta el liderazgo que debe asumir la Organización en aras de la seguridad internacional y de los pueblos.
Con la crisis en Libia, se retoma esta reflexión y se abre la discusión sobre la facultad de Naciones Unidas para emprender una intervención y las estrategias que allí se desarrollarían. Gareth Evans, experto en la agenda de seguridad del ente rector, hace un llamado al Consejo de Seguridad a trabajar este caso bajo la perspectiva de la responsabilidad de proteger.
Pero, ¿qué representa para Colombia este concepto?, ¿su aplicación es coherente con los principios contenidos en su agenda de política exterior? El compromiso de sumarse a la discusión de estrategias que den respuesta a la reiterada reclamación internacional por una acción más efectiva de la Organización debe conducir a un reconocimiento de la responsabilidad de proteger. No obstante, en el marco de estas discusiones, Colombia deberá llamar la atención en que este va más allá de la intervención y que involucra una agenda en temas de carácter humanitario e institucional.
Por otra parte, uno de los debates de mayor controversia en los que Colombia deberá pronunciarse lo constituye el tema de establecer una zona de exclusión aérea, que si bien no se ha oficializado como propuesta en el marco del Consejo de Seguridad, es posible que se plantee en las discusiones de los próximos días. Aunque en el proceso de toma de decisiones de temas tan sensibles como estos el criterio definidor resulta ser el poder de veto de alguno de los miembros permanentes (EE. UU., Rusia, Reino Unido, Francia y China), lo cierto es que la posición que asuma Colombia dará cuenta de la coherencia de su discurso.
Otro de los retos que tendrá que enfrentar la diplomacia colombiana será mantener consistente su apuesta por el multilateralismo frente a las posiciones que puedan surgir de los Estados considerados prioritarios en su agenda de política exterior. No está de más preguntarse por la posición que debería asumir Colombia ante un escenario en el que EE. UU. quisiera emprender una acción unilateral como sucedió con Irak, o una acción impulsada por la Otán. Ante estos posibles escenarios, la legitimación de los canales de Naciones Unidas debería ser la respuesta y la condición de miembro del Consejo de Seguridad tendría que primar sobre su aspiración de aliado de EE. UU.
La coherencia colombiana también se pondrá a prueba con la posición que asuma frente a la propuesta venezolana de liderar una comisión en aras de la resolución de la crisis libia. El ánimo conciliador de Colombia frente a su vecino y ahora país ‘amigo’ no puede ir en detrimento de un análisis crítico de una propuesta que, para este efecto, carece de viabilidad y puede generar mayor polarización.
El caso libio no puede plantearse como un debate ideológico; la comunidad internacional está siendo testigo de una guerra civil y por esta vía de una crisis humanitaria. Así, en un claro distanciamiento de la posición venezolana, Colombia debe ser consistente al señalar que los interlocutores válidos se encuentran en la sociedad civil y las fuerzas políticas de oposición libias; frente a Gadafi sólo puede plantearse su salida del poder.
Este es sin duda un momento histórico para Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad en la tarea de llevar su agenda de paz y seguridad de la retórica a las estrategias. Para Colombia, más que un privilegio, se trata de un compromiso internacional a través del cual puede ser un actor propositivo en la resolución de esta crisis e incluso liderar posiciones en los países de la región. Una de ellas, el reconocimiento de los canales multilaterales, su pertinencia y funcionalidad; así lo ha hecho Brasil, al señalar en recientes declaraciones su completo apoyo a las iniciativas que surjan de la aplicación de principios de la Organización.
Este será un año determinante para la diplomacia colombiana dado que podrá involucrarse de lleno en la agenda internacional. Sin embargo, el compromiso va más allá de su paso por el Consejo de Seguridad; la diversificación de las relaciones internacionales de Colombia, expresada como lineamiento de la política exterior empieza por la tarea de comprender el mundo en la complejidad de sus contextos y traducir ese conocimiento en estrategias pertinentes para aquellos a quienes Colombia quiere tener como interlocutores en el ámbito bilateral y multilateral.

MAGDA LORENA CÁRDENAS.

Miembro de la Red colombiana de Relaciones Internacionales.

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