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Ricardo Ávila
brújula

Esto es lo que hay

Un mensaje de optimismo con respecto a la posibilidad de que Colombia sea admitida como el país número 36 de la Ocde.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
enero 23 de 2018
2018-01-23 08:09 p.m.
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Un mensaje de optimismo con respecto a la posibilidad de que Colombia sea admitida como el país número 36 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde), que tiene sede en París, fue el que envió ayer el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas. Su entusiasmo tiene que ver con el nivel de las reuniones que sostuvo en la capital francesa antes de viajar a Davos, en donde participa en las deliberaciones del Foro Económico Mundial.

Pero más allá del mensaje formal sobre los encuentros sucedidos, tal vez lo más importante es haber dejado en claro que hemos cumplido con la mayoría de las tareas establecidas para formar parte de una entidad que se precia de examinar y diseminar las mejores prácticas en lo que concierne al manejo gubernamental. No menos trascendental puede resultar el haber dicho con franqueza que ya no hay espacio para el tire y afloje que entorpece la ‘luz verde’ que falta en tres comités temáticos, después de haberla recibido en una veintena.

Y es que si bien hay asuntos pendientes, el tiempo se está acabando. Dejar la posibilidad de entrar a la Ocde en manos de un futuro gobierno puede llevar a que quien ocupe la Casa de Nariño en agosto no lo considere prioritario, sobre todo si decide hacer un corte con las metas que en su momento estableció Juan Manuel Santos. En tal sentido, el mensaje subyacente es una especie de “ahora o nunca”, a sabiendas de que a la institución multilateral le conviene ampliar su membresía y tener una mayor voz en América Latina. Falta ver si países como Estados Unidos, que se ha comportado como un verdadero ‘palo en la rueda’ entienden el mensaje y ponen en segundo plano sus intereses individuales.

La posibilidad de que no recibamos la aprobación sería una pérdida de esfuerzo, tiempo y dinero. Es verdad que sentarse con las naciones que hacen las cosas bien no garantiza que incorporemos esos buenos ejemplos a las políticas internas, pero al menos les pone presión a las administraciones que vienen, pues compararse con los mejores siempre es un buen ejercicio.

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