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Rodolfo Segovia S.
columnista

Varita mágica embolatada

Iván Duque es un economista competente. Sabe que su primera tarea es eliminar la brecha producto.

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
julio 18 de 2018
2018-07-18 07:52 p.m.
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El presidente electo ha dicho que el crecimiento económico es una prioridad. Aplauso. El quid está en el cómo. No hay varita mágica. Hasta don Sancho Jimeno, el héroe de Cartagena en 1697, hizo sus pinitos. Nacido a orillas de Bildasoa, cruzó la frontera para descubrir por qué Francia tenía cada día más recursos y le cascaba parejo a España. Regresó sin teoría y con el magín rebotado.

Los economistas han intentado aprender de las lecciones históricas para encontrar la fórmula del crecimiento. Trastabillan. No hay econometría relevante que permita armar modelos sobre datos concretos. El asunto es complejo porque tiene que ver con esa gran desconocida: la naturaleza humana.

En macroeconomía, la profesión ha hecho portentosos avances. Con grandes números a su disposición para teorizar, han armado instrumentos creíbles. Se conoce cómo interactúan las variables y cuáles son sus restricciones. Cualquier país serio sabe aplicar disciplina macroeconómica y, cuando la ignora, termina en Maduro. La microeconomía es otro cuento. Ahí la cosa es más entreverada que cueva tailandesa.

Desde cuando con la Revolución Industrial comenzó a ser evidente que el desarrollo económico existe y es medible, apareció la inquietud sobre cómo reproducirlo en distintos ambientes geográficos y humanos. Se le debe a Schumpeter el único principio sobre el crecimiento universalmente aceptado: sin innovación y las actividades que la desarrollan se cae en la estagnación. Sobre casi todos los demás factores existen desacuerdos. O en casi todos. También hay acuerdo sobre el corolario de Schumpeter: la educación para amaestrar tecnología y estimular emprendimiento. Pero dígaselo a Fecode que, en Colombia, rehúsa aceptar simples mediciones de resultados por maestro.

Se ha teorizado en el pasado que la acumulación de capital cierra la brecha entre países ricos y países pobres. Mucha inversión y ayuda extranjera, acompañada por la transmisión de conocimiento, sería la fórmula. Ha resultado insuficiente. Para complementar la visión, se han añadido factores culturales e institucionales. Lo desestimulante es que son tantas las variables que es casi imposible cuantificarlas. Y si no se pueden medir, no existen, al menos son invisibles para un modelo práctico de desarrollo económico.

Con humildad y con las matemáticas en remojo, habría que regresar a la economía política, la de la visión filosófica, para investigar la naturaleza del crecimiento, incluidos los elementos políticos y culturales que lo restringen. Adam Smith universalizó el ánimo de lucro, pero no se preocupó, no era su papel, por determinar también cuáles son los incentivos permisibles en cada sociedad, y cómo medirlos.

Iván Duque es un economista competente. Sabe que su primera tarea es eliminar la brecha producto, esa diferencia entre el potencial de la economía y crecimiento real. Ese potencial, por cierto, es una luz en el éter, que puede ir intensificándose, ampliándose, en la medida en que, aparte de la coyuntura, se fijen metas de largo plazo como política de Estado y se adhiera a ella dentro de la gobernabilidad económica atada a lo social y lo político. Menudo empeño para del presidente ad portas, sin tener cómo colgarse de las certezas que da la teoría.

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