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Rodolfo Segovia S.
columnista

Trump en la intimidad de sus compatriotas

Parte de las todavía mayorías blancas, abrumadas y que se saben en franca pérdida demográfica, se han colgado de Trump como de una percha salvadora.

Rodolfo Segovia S.
Opinión
POR:
Rodolfo Segovia S.
febrero 16 de 2017
2017-02-16 10:49 p.m.
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La prensa afecta al Partido Demócrata hace mucho ruido y, a veces, pasa la raya de lo malevolente. Trump, claro, es blanco fácil. Sus maneras y su talante parecen caricaturas. En los programas gringos de la TV de media noche, los Jimmys (Kimmel de la ABC y Fallon de la NBC) trapean con él. Son tan divertidos como ver ganar a la Selección. Pero muchísimos de los que ríen con los gracejos se identifican con el muro y las órdenes ejecutivas antimigratorias. No lo confiesan, pero aplauden la enconchada.
Toda América, se sabe, es un continente de gentes nuevas, llegados a someter o exterminar, don Sancho Jimeno, el héroe de Bocachica en 1697, por ejemplo.

Al principio, se diferenciaban, aunque apenas, en apartes del bagaje ideológico. En los Estados Unidos, sin embargo, los blancos instauraron un modelo revolucionario de organizar la sociedad. Modelo al principio endeble, que se templó en su guerra contra el poder colonial. Eso lo marcó y lo marca, sobre todo después del éxito en ir vertiginosamente de océano a océano. Quienes proclamen ser defensores del modelo fundacional tienen una audiencia prefabricada.

Trump es defensor. En cambio, la cuasiteocracia intelectual del noreste y la costa pacífica gringas anda en un limbo desorejado. Donald puede ser una aberración, pero cabe recordar que los demócratas han sufrido palizas electorales mucho más grandes en el congreso y en las gobernaciones estaduales que en la disputa por la presidencia.

El cuento del modelo va junto con la naturaleza blanca y cristiana del oleaje migratorio de la historia inicial de los Estados Unidos como república independiente. Los valores de los recién llegados no eran muy distintos que los de los raizales. Estos los aceptaron tapándose la nariz, seguros de poder domesticarlos. Y así fue. A principios del siglo pasado, el presidente Teodoro Roosevelt lo definió con precisión: bienvenidos los inmigrantes siempre y cuando vengan a convertirse en americanos.

Atrás deben quedar filiaciones foráneas, costumbres disonantes o lealtades confusas. En general, casi todos aceptaron las reglas, si bien en ocasiones y en defensa propia, la integración fue convulsa. La toma democrática del poder político por inmigrantes en contra de los bramines bostonianos fue tema de novelas.

La pretensión de algunos de los nuevos a ser distintos es lo que produce revulsión. En ese sentido, la inmigración latina a los Estados Unidos ha sido ejemplar. Su aspiración, cuando los dejan, es a ser gringos y hacerse al sueño americano. Y en general lo logran, si bien el camino es más largo para los de color más café. Los inmigrantes forzosos e internos, los negros, también la han tenido dura, pero sin deseo mayoritario de disentir. Sin opción, aceptaron los valores del modelo. El lio ha sido el que, por ser tan distintos, los acepten a ellos. En pocas culturas en el mundo, empero, hubiera podido darse sin revolución el milagro, todavía en marcha, de los derechos civiles en la segunda mitad del siglo XX.

En la intimidad, parte de las todavía mayorías blancas, abrumadas y que se saben en franca pérdida demográfica, se han colgado de Trump como de una percha salvadora. Después de tanto convivir con retos al todavía exitoso modelo, algunos cargados de violencia, quieren un alto. Es la magia que les ofreció Donald. Se desencantarán y reirán menos cuando constaten que ni el deslastrado personaje ni las heterodoxas recetas funcionan.

Rodolfo Segovia
Exministro - Historiador rsegovia@sillar.com.co

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