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Yerry Mina, de domiciliario a goleador

Este jueves el jugador hizo el gol con el que la Selección Colombia clasificó a la segunda ronda del mundial de fútbol. Aquí su historia.

Yerri Mina

La alegría de Yerry era la que más contagiaba a sus compañeros.

AFP

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junio 28 de 2018 - 03:19 p.m.
2018-06-28

A una hora de Cali, saliendo hacia el sur, en medio de los cultivos y pasando Santander de Quilichao en el municipio de Guachené, norte del Cauca, sus habitantes no salían del júbilo que había traído el amanecer del jueves 11 de enero de 2018 donde los medios de comunicación decían que Yerry Mina, uno de sus hijos más queridos, era el nuevo jugador del Barcelona.

El sonido de la música se hizo sentir durante toda la mañana, como si las fiestas del seis de enero hubieran continuado, pero el silencio llegó al pueblo justo al medio día cuando el sol picaba más fuerte y los noticieros nacionales mostraban la historia del futbolista colombiano. Nadie se la quería perder.

(Lea: Colombia se clasifica a la segunda ronda del mundial de fútbol

A unas cuadras del parque principal, y en medio de una calle sin pavimentar, don José Euclides Mina, padre del jugador de 23 años, se alistaba para viajar a España y acompañar a su hijo en la presentación, quizá, la más importante de su vida.

Con el pecho inflado de orgullo por su hijo, recibía los abrazos de los vecinos y algunos curiosos, mientras tartamudeaba que “aún no lo podía creer”.

(Lea: Los mejores momentos de la clasificación de Colombia frente a Senegal

“Es algo supremamente increíble, es el sueño más grande que uno como padre puede tener para sus hijos. Yerry siempre fue un soñador, un niño alegre, humilde, pero sobre todo inteligente”, cuenta.

Es que don José y sus otros nueve hermanos llevan desde la cuna el deporte en la sangre. El fútbol se convirtió en la respuesta para los ratos de ocio y una cancha embarrada la testiga de sus más grandes proesas.

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El talento de Jose Euclides bajo los tres palos hicieron que llegara a ser portero del Deportivo Cali y el Once Caldas, un ejemplo que Yerry siempre vio desde niño.

“Volví al municipio para ser formador de los muchachos porque sabíamos que había talento. A Yerry le gustaba mucho vernos entrenar desde que era bebé y se enamoró de la cancha”, dice.

En Guachené la mayoría de niños juega con los pies descalzos, dicen que sentir que el balón pringarle sus dedos les da más fuerza y mejoran su patada. Yerry no fue la excepción.

“Cuando no había contrato con la administración municipal para enseñar yo buscaba trabajo como limpiador en los cultivos de caña. La plata no alcanzaba para algunas cosas, entonces fue cuando Yerry cogió su bicicleta, se paró frente a la tienda y comenzó a hacer domicilios. De a 200 y 500 se rebuscaba la plata para las cosas”, recuerda don José Euclides.

Y es que Yerry fue llevado por su madre a la cancha cuando tan solo tenía cinco años de edad.


Vivían a una cuadra del 'escenario de los sueños' en la casa 8 -13, ubicada en la carrera 4 con calle 14. Sabía que el talento que tenía su hijo debía ser desarrollado.

Para los entrenadores, Yerry iba a ser un gran arquero pues creían que ese talento había heredado de su papá, por eso siempre le colocaron guantes y lo ubicaron debajo de los tres palos.

Su primer entrenador, Seifer Aponzá, recuerda que su primer debut no contó con la mejor de las suertes.

“Al principio pensamos que iba a ser portero, pero de algún bar o algo así porque no tapaba nada. En su primer partido le metieron cinco goles bien bobos, entonces nos miramos entre nosotros y lo decidimos sacar hacia la mitad de la cancha”, recuerda Seifer.

Los entrenamientos comenzaban en la mañana, al medio día se hidrataban para soportar el calor y evitar los mosquitos que salían de los cañaduzales. La alegría de Yerry era la que más contagiaba a sus compañeros.

“Su forma de bailar y sonreír daban alegría al grupo. Cabe recordar que no era tan bueno, pero le puso mucha dedicación. Un 25 de diciembre, mientras todos los niños estaban en otras cosas, él me fue a buscar a la casa a pedirme que lo entrenara y fue donde dije: ‘este muchacho está hecho para cosas grandes’ y así fue”, recuerda Seifer.

Con una población aproximada de 24.000 personas, en Guachené se respira la palabra fútbol en sus 23 veredas. Ese jueves no fueron pocos los que se vistieron con la camiseta del Palmeiras y el Barcelona.

“Hoy le pedimos al Gobierno Nacional que nos ayude a fomentar el deporte, a que fije su mirada como lo ha hecho el resto del mundo y construya más escenarios deportivos en Guachené, un municipio que es una mina de oro en el fútbol, de aquí salen los mejores jugadores del país. En cinco años estaremos viendo el nuevo semillero conquistar las grandes ligas”, dice don Seifer.

A los 12 años Yerry le cogió más confianza al balón, sus pases eran más certeros y sus corridas eran más largas. Comenzó a salir desde la parte trasera del campo, pasaba a medio campista y hasta delantero. Sus goles eran coreados en el municipio y a los pocos años en el Deportivo Pasto, el equipo que lo vio debutar.

“Estaba alegre el día que se lo llevaron, buscó salir del municipio pero para regresar con las manos llenas para su gente. La Fundación Yerry Mina hoy atiende a más de 100 niños y niñas en Guachené, pues él dice que todos aquí tenemos que salir adelante”, recuerda su padre.

Yerry, que según su padre se llama así por la serie animada del gato y el ratón, comenzó a brillar. Cuando fue llamado por el profesor Nestor Pékerman a la Selección Colombia, una nueva fiesta se prendió en el pueblo.

“Todos el pueblo armó una rumba frente a los televisores. Cuando Yerry pisó la cancha vestido del amarillo de Colombia el pueblo parecía que se iba a caer”, cuenta su entrenador.

El pasado mes de diciembre Yerry visitó a su familia. Cuentan que no transitaba en carro, sino que le gustaba caminar a pie y que les regaló juguetes a los niños del pueblo.

A los más adultos les compró lechona y tamales y colocó música para bailar el ritmo de la salsa choke.

Finalizando el 2017 el jugador convocó a varios de sus colegas a un ‘picado’ en la cancha que lo vio crecer. Miguel Ángel Borja, Andrés ‘Manga’ Escobar, Leyvin Balanta y Victor Montaño lo acompañaron ante cientos de espectadores.

“Su llegada al Barcelona es un regalo de Dios. Antes nos juntábamos a ver los partidos por televisión pensando en Europa, ahora nos sentaremos a ver a Yerry ser grande entre Messi, Suárez y Piqué”, dice su padre.

MARIO BAOS

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