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Andrés Oppenheimer

El caótico gobierno de Donald Trump

El peligro es que muchos países perderán la paciencia y mirarán hacia China y Rusia como socios mucho más confiables. 

Andrés Oppenheimer
POR:
Andrés Oppenheimer
marzo 19 de 2018
2018-03-19 05:41 p.m.
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Minutos después de saber que el presidente Trump había despedido a su secretario de Estado Rex Tillerson, la semana pasada, un reciente exembajador mexicano en Estados Unidos tuiteó que el caos “total” en la Casa Blanca hace muy difícil para su país dialogar con Estados Unidos.

Es una queja cada vez más frecuente en todo el mundo. Estados Unidos, que durante mucho tiempo ha sido un símbolo de estabilidad y seriedad, se está pareciendo a una república bananera o -mejor dicho- a un país serio que está siendo gobernado por un presidente errático, o mentalmente inestable.

Tillerson, expresidente de Exxon Mobile, fue el quinto alto funcionario de la administración en ser despedido o renunciar en apenas dos semanas. Días antes, el principal asesor económico de Trump, Gary Cohn, la directora de Comunicaciones, Hope Hicks, y el asesor personal del presidente, John McEntee, habían renunciado o habían sido echados.

Desde que Trump asumió el mando, se han ido de la Casa Blanca más funcionarios recién nombrados que en cualquier otra administración recién entrada al gobierno de la historia reciente. Entre los funcionarios de Trump que se han marchado están el exjefe de estrategia de la Casa Blanca Steve Bannon, y el exjefe de gabinete de Trump, Reince Priebus.

Por cierto, casi todas estas salidas habían sido ampliamente anticipadas por la prensa. Una y otra vez, Trump denunció a la prensa de diseminar “fake news” (noticias falsas) por publicar estos reportes, y afirmó que “no hay caos, solo gran energía” en la Casa Blanca. Y una y otra vez, la prensa probó estar en lo correcto.

En los círculos diplomáticos de América Latina, el caos en la Casa Blanca de Trump está causando preocupación. El mes pasado, Tillerson había realizado su primera gira oficial por América Latina, y había discutido la crisis venezolana y muchos otros asuntos clave con varios presidentes de la región.

Ahora, los funcionarios latinoamericanos se preguntan si estuvieron perdiendo el tiempo hablando con él.

Para peor, siete de los nueve puestos principales en el Departamento de Estado están vacantes, o a punto de quedar vacantes por renuncias que ya han sido anunciadas.
“Para México, se ha vuelto muy difícil e impredecible interactuar con un país que ha caído en una crisis administrativa tan profunda, y donde los altos funcionarios cambian casi todas las semanas”, me dijo el exembajador mexicano en Washington, Arturo Sarukhan, después de mandar por Twitter su comentario sobre la salida de Tillerson.

Cuando entrevisté al presidente de Chile, Rafael Piñera, poco antes de su toma de posesión la semana pasada, y le pregunté sobre la afirmación de Trump de que una guerra comercial sería buena para Estados Unidos, Piñera me dijo que “el mundo está al revés”. Recordó que en la reciente reunión del Foro Económico Mundial en Davos, el presidente chino Xi Jinping se presentó como un adalid del libre comercio, mientras que Trump defendió las políticas proteccionistas.

Piñera, que al igual que Trump figura en las listas de los hombres más ricos del mundo, no se estaba refiriendo al caos en el gobierno de Trump. Pero su comentario reflejaba una opinión generalizada entre los funcionarios latinoamericanos de que este es un Estados Unidos diferente del que han conocido durante décadas.

El estilo de liderazgo despótico de Trump me recuerda al del presidente venezolano, Nicolás Maduro, quien, según informes de prensa, despidió o reasignó a más de 80 miembros de su gabinete entre el 2013 y el 2015, y varias docenas más desde entonces. A menudo, Maduro anuncia sus despidos por Twitter sin que los funcionarios lo sepan por anticipado, igual que lo que hizo Trump con Tillerson.

Para los aliados de Estados Unidos en todo el mundo es difícil hacer planes con un gobierno tan inestable como el de Trump. El peligro es que muchos países perderán la paciencia, y mirarán hacia China y Rusia como socios mucho más confiables. Puede que no simpaticen con sus gobiernos dictatoriales, pero los verán como más previsibles para hacer planes a largo plazo en temas como el comercio, las inversiones o el medioambiente.

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